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El Rom Baro ha muerto, ¡viva el Rom Baro!

El Rom Baro ha muerto, ¡viva el Rom Baro!

La muerte de Thomas Shelby en Peaky Blinders: El hombre inmortal es en realidad un suicidio asistido con tintes freudianos, no es el punto final de la aclamada serie de la BBC creada por Steven Knight. Para regocijo de sus seguidores, Netflix ha anunciado que habrá una doble secuela, dos nuevas temporadas ambientadas en los años cincuenta, con Jamie Bell, el actor y bailarín que nos sedujo en Billy Elliot, como Duke Shelby. El Rom Baro ha muerto. ¡Viva el Rom Baro! El rostro ascético de Bell encaja con el personaje, y personalmente me convence más que el de Barry Keoghan, pero echaremos en falta los magnéticos ojos azules de Cillian Murphy. La continuación de la historia plantea un desafío si pretende alcanzar el nivel que tuvo en sus inicios y una posibilidad de satisfacer la curiosidad de los fans. ¿Por qué Tommy mató a Arthur? ¿Qué ha sido de su esposa y de su otro hijo? ¿Por qué la matriarca del clan se suicidó echándose al canal?…

A razón de un episodio por noche, lo bueno hay que dosificarlo, acabo de ver esta serie monumental con sus luces y también algunas sombras, que por su ambientación histórica me recuerda a Boardwalk Empire. Tengo la impresión de que los Shelby son unos parientes lejanos, unos primos en segundo o tercer grado, a los que prefieres no tratar, pero cuyas hazañas sigues con pasión en las páginas de sucesos, temiendo que te inviten a una de sus bodas o funerales que suelen acabar con un baile de balas.

"Tommy es el guía, ideólogo y planificador, Arthur el hombre de acción entre la furia asesina y el fervor místico y John el perfecto soldado que obedece las órdenes con eficacia"

Incluso en las estirpes más selectas afloran individuos socialmente reprobables, ovejas negras, bichos raros, criminales que sus parientes repudian o intentan proteger. Aunque no es tan frecuente, en hogares rotos y ambientes míseros pueden surgir grandes líderes, santos y héroes. El clan de mestizos irlandeses gitanos, los Shelby, es un caso aparte. Cortados por distinto patrón, la identidad de sus miembros encaja perfectamente sin dejar grietas ni fisuras. Como un sólido muro de mampostería. Como las piezas de un arma bien engrasada. Una granada. Una piña destructiva. Tommy es el guía, ideólogo y planificador, Arthur el hombre de acción entre la furia asesina y el fervor místico, y John el perfecto soldado que obedece las órdenes con eficacia y sin rechistar. El benjamín, Finn, llega tarde a la fiesta pero enseguida aprende a trenzar los pasos. Los traumas que arrastran por las penalidades que pasaron en la guerra luchando en la oscuridad de los túneles no justifica su tendencia a la sangre que tal vez comparten por herencia genética, el gen guerrero, un talante belicoso y destructivo hacia los demás y hacia sí mismos. Saber más sobre su madre daría más pistas. Y luego está la tía Polly, reina gitana y hechicera, la única capaz de pararles los pies, una mujer de rompe y rasga que ha hecho una armadura con sus cicatrices. Las otras féminas, la independiente hermana Ada y las esposas, desmienten el concepto de sexo débil y terminan ocupando posiciones de poder. «Somos una empresa moderna», dice Tommy.

"Atormentado por los recuerdos de la guerra y la pérdida de su mujer, Grace, de cuya muerte se siente culpable, la figura de Thomas Shelby es el astro rey de una compleja galaxia humana"

A partir de antiguas crónicas de las páginas de sucesos, la banda de Birmingham, los Billy Boy escoceses y personajes históricos como el rey de las apuestas de los hipódromos, Sabini, o la sindicalista Jessie Eden, Knight ha creado un portentoso drama en torno a la ambición, la traición y la muerte. Un relato de largo aliento que es lección de geografía e historia, pues sin salir de Inglaterra abarca desde Rusia a Nueva York, pasando por Irlanda. La primera mitad del siglo XIX contada desde la mirada voraz de un hombre que lo quiere todo, que no renuncia a nada. Atormentado por los recuerdos de la guerra y la pérdida de su mujer, Grace, de cuya muerte se siente culpable, la figura de Thomas Shelby es el astro rey de una compleja galaxia humana. Un ser plagado de contradicciones.

Casi todos los adversarios a quienes se enfrenta son dignos de su talla. «Seguiré hasta que encuentre al hombre que pueda vencerme». Con el histriónico y parlanchín judío Alfie Solomon (Tom Hardy) entabla una suerte de amistad que da pie a conversaciones profundas sobre la vida y la muerte. Mi preferido es el mayor Campbell (Sam Neill), exponente de la hipocresía victoriana, con el que se bate en un duelo en torno a bella Grace. La familia de refugiados rusos cargados de joyas y los mafiosos italianos neoyorquinos ansiosos de venganza mantienen la fuerza narrativa en la tercera y cuarta temporada, aunque sin alcanzar el nivel de las dos primeras, y en la quinta y la sexta la serie empieza a hacer aguas. Un patrón que suele repetirse en las series de larga duración, achacable a la fatiga del creador y a la exigencia de productividad: a más episodios, más pasta.

"La serie acuña un estética y un estilo peculiar que ha saltado a la moda, como el corte de pelo que lucen los hermanos. Gorras, cuchillas y cuellos duros"

Las figuras del líder de la Unión Británica de Fascistas, camisa negra y saludo romano, Oswald Mosley, y su perversa prometida Diana me resultan rígidas y estereotipadas. El ansia de protagonismo político de Tommy, un hombre movido por la ambición desmesurada, ávido de libras y poder, encaja con el personaje, pero chirrían sus ansias de redención moral  —«de este mal saldrá un bien»—, así como su creencia en supersticiones gitanas, maldiciones y hechizos incompatibles con su mentalidad pragmática.

La serie acuña una estética y un estilo peculiar que ha saltado a la moda, como el corte de pelo que lucen los hermanos. Gorras, cuchillas y cuellos duros. Caballos, barcazas y caravanas gitanas usadas de crematorios. Cerveza, whisky irlandés, ginebra y ron. Cocaína, láudano y opio. Naves industriales iluminadas por lluvias de chispas y llamaradas. Sombrías calles grises y pubs abarrotados. Todo envuelto en una música diabólica que se adapta al brutalismo de la historia. La singularidad visual se plasma hasta en la manera de caminar de los protagonistas, balanceando los brazos muy separados del cuerpo para ganar volumen, como hacen los gatos al erizarse ante posibles enemigos. Los diálogos dejan frases para el recuerdo: «Nos adentramos en un mar de sangre, y cuando dejas de hacer pie hay que aprender a nadar». «Matar puede ser un acto de bondad». «Son muertos flotando, déjalos pasar». «Habrá una guerra y uno de los dos morirá».

"Tommy se come la pantalla y reina como Rom Baro, pero su personalidad es monolítica"

Si son de larga duración, y buenas, claro está, las series resultan más adictivas que la media, pues a medida que el guión profundiza en la psique de los personajes, el vínculo con ellos se hace más íntimo, especialmente con “esa” o “ese” con los que te identificas o te interpela directamente. Arthur Shelby es mi personaje fetiche, por sus oscilaciones, múltiples matices y ese fragmento de humanidad que pervive en su mente desquiciada por el abuso de todo tipo de sustancias: «El mirlo ya ha cantado», y se carga al viejo torturado. Tommy se come la pantalla y reina como Rom Baro, pero su personalidad es monolítica, un adicto al trabajo que avanza cual apisonadora, mientras Arthur es la bola loca de un pinball. El hecho de que Paul Anderson, el actor que interpreta al hermano mayor, tuviera problemas con las drogas lo hace más patético, igual que la muerte de Helen McCrory, la combativa Polly, tras luchar contra el cáncer aporta emotividad a su personaje.

Cuando te aproximas al desenlace de una historia de larga duración en la que te has implicado emocionalmente se experimentan dos sensaciones contrapuestas: el deseo de conocer lo que va a pasar y la pena anticipada por tener que decir adiós a unos seres imaginarios que te han hecho vivir excitantes vidas paralelas. Puedes volver a verla o releerla, sí, pero ya no será igual. Algo parecido deberían sentir los voraces lectores de folletines del pasado: la magia del relato que no cesa. Hay que acariciar esos momentos cada vez más raros debido a la deriva de las plataformas, que apuestan cada vez más por la cantidad sobre la calidad. Lo mismo que ocurre hoy día en casi todos los ámbitos.

Antes de poner punto final felicito a los actores de doblaje, a los de esta serie —espléndidos los de Sam Neill y Tom Hardy—, y a los de este país en general, amenazados por la IA e infravalorados injustamente, ya que sus bien timbradas voces entonan la banda sonora humana del filme y nos lo hacen inteligible. ¡Cuántas veces el atractivo de una persona se disipa al abrir la boca y empezar a hablar! ¡Cuántas estrellas del cine mudo tuvieron que retirarse cuando la palabra hablada acompañó a la imagen! Los dobladores merecen una doble ovación.

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