Son muchas las noticias que nos llegan en estos días del Festival de Cannes. Tras todas ellas, yo recuerdo a la Isabelle Adjani del año 83. Aquella primavera, la intérprete, que a fe mía ha expresado como muy pocas esos momentos terribles en que la lucidez vuelve fugazmente a quienes han perdido el juicio —y la enajenación ni te cuento cómo la representa, “hipócrita lector, mi prójimo, mi hermano” (Charles Baudelaire)—, mi favorita iba a recoger su segundo César a la Mejor Actriz, por su creación de Eliane Wieck, una mujer sensual, como lo era entonces la intérprete que la encarnaba en Verano asesino (1983), la cinta de Jean Becker —el hijo de Jacques—, que la llevó a La Croisette en aquella ocasión.
Remontándome poco más que un lustro —lo que entonces, en la flor de mi edad, me parecía una eternidad— volvía a disfrutar con la contemplación de Isabelle Adjani en aquella velada en que me había prendado en la calle Fuencarral de Madrid, en la sesión de las diez del cine Proyecciones. Fue cuando la descubrí entre las sombras de Nosferatu, el vampiro de la noche (Werner Herzog, 1979).
No muchos, pero aún faltaban unos años para mi entrega cinéfila. Mas, por el momento, solo era un espectador muy aplicado. Ya en el pórtico de mi cinefilia, me fue dado el Nosferatu (1922) de Murnau, y entonces sí, comprendí la razón de que Isabelle me calase tan hondo: aquella noche en el Proyecciones, unos años antes, su creación de Lucy Harker fue a ratificar el canon de Drácula —ajeno al que Tod Browning impondría en su adaptación de 1931— que las circunstancias obligaron a adoptar a Murnau, el mismo al que, ya en épocas más recientes, el año pasado, habría de volver Luc Besson con su propio Drácula, con mucha más gloria de la que se le ha reconocido.
Mis queridísimas cintas de terror —a veces psicológico, a veces gótico, a veces fantaterror patrio…—, por más que las revise, me siguen descubriendo inquietudes al cabo de los años. Hace apenas unos días, después de tantos visionados, me ha sido dado el de una copia digitalizada de La bruja vampiro (1932) —que, por supuesto, ya atesoro—, esa sobrecogedora adaptación de Carmilla de Sheridan Le Fanu debida a Carl T. Dreyer. Y finalmente, al descubrir al tipo de la guadaña junto al embarcadero del río, tal y como el maestro sueco lo rodó —o todo lo parecido que las actuales técnicas de digitalización nos lo permiten—, he comprendido que el río es un símbolo de la Estigia y todas las alusiones de aquel plano.
Cuando al fin me fue dado el Nosferatu de Murnau y su Ellen —el personaje equivalente a la Lucy de Isabelle, allí incorporado por Greta Schröder— no me sedujo, recordé la belleza que rezumaba mi favorita en su creación de la víctima del vampiro. Al punto comprendí por qué al gran Edgar Allan Poe —“deidad y referencia de toda ficción diabólica” (Lovecraft)— le magnetizaba la hermosura de algunas muertas…
En fin, creo que estaba en el 12 o 13 de mayo del año 83. A lo que voy, es a ese día en que Isabelle tuvo un problema con los fotógrafos que quisieron retratarla en el Chemin des Étoiles, algo así como el paseo de la fama de aquella. Ella se negó —solo poso para unos cuantos— y al día siguiente, cuando llegó la hora de la alfombra roja, los reporteros gráficos dejaron sus cámaras en el suelo y miraron para otro lado.
Esa, y un plante muy semejante que le hicieron a Paul Newman unos años antes, han sido las únicas veces en las que los flases no han iluminado a una estrella en la alfombra roja de Cannes. No será mi menda quien critique en modo alguno a un fotógrafo de prensa. Recuerdo con tanto cariño a varios, de los muchos con los que he trabajado a lo largo de los últimos cuarenta años, que no podría hacerlo. A lo que voy es a una entrevista que entonces, tras el plante, le hicieron a la actriz para una televisión en el interior de un barco. Fue entonces cuando vi sonreír a Isabelle Adjani por primera vez. No sé si sería cierta, porque las actrices, como debe ser, cuando hay gente delante, siempre están interpretando. El caso fue que la vi sonreír como en la vida normal, como una chica de los años 80, y me quedé maravillado.
Aunque es un filme anterior, descubrí Diario íntimo de Adela H (François Truffaut, 1976) unos meses después de Nosferatu, el vampiro de la noche. Siempre tan romántico, la verdadera historia de Adèle Hugo, hija del autor de Los miserables (1862) inspiró al antiguo azote de Cahiers du Cinéma una de sus películas más arrebatadas, y a Isabelle Adjani la primera de sus grandes alienadas. La segunda de las hijas de Victor Hugo era una excelente pianista, hasta que perdió la cabeza tras enamorarse perdidamente de un oficial británico, Albert Pinson, incorporado por Bruce Robinson en la película. Cuando él la pidió en matrimonio, ella le rechazó a instancias de su padre, ferviente nacionalista que nunca hubiera admitido un yerno extranjero. No obstante, Adèle H. siguió a su amado de guarnición en guarnición. Primero a Halifax (Nueva Escocia, Canadá), donde se hacía pasar por su esposa, después a las islas Barbados, donde, totalmente enajenada, vagaba por las calles sin reconocer a nadie. Muy por el contrario, una esclava liberada sí que la reconoció y como Victor Hugo había sido un destacado abolicionista, le escribió poniéndole al corriente del estado y el paradero de su hija. El escritor la mandó a buscar y la recluyó en una casa de salud para los restos. Adela H. en la cartelera española, con esas gafas oscuras con las que vagaba por las calles de Bridgetown —la capital de Barbados—, medio siglo después de su creación, sigue siendo la mejor de las desquiciadas de Isabelle Adjani.
Tampoco la vi sonreír en Driver (Walter Hill,1978), en la que daba vida a una testigo comprada, una de esas colocadas deliberadamente en un lugar determinado para ser testigos presenciales de un crimen y luego, preguntadas por la policía, negar al verdadero culpable.
El quimérico inquilino (1976) fue un filme de Roman Polanski sobre la novela homónima de Roland Topor, un terror psicológico sobre un tipo que cree que sus vecinos se han confabulado por volverle loco. En sus secuencias, Isabelle interpretaba a una chica de los 70, con las gafas grandes y los pantalones anchos. Allí era ella la que contribuía al delirio de un desdichado.
Probablemente, la más grande de las desquiciadas incorporadas por mi admiradísima Isabelle Adjani sea la Anna de La posesión (Andrzej Zulawski, 1981), una berlinesa poseída por un ser extraterrestre, un monstruo que la deja encinta. Todo un body horror que, a buen seguro, David Cronenberg ha de incluir en la filmografía ideal de la Nueva Carne. Aún recuerdo a la actriz dando vida a aquel personaje, corriendo y gritando enloquecida por las desoladas calles del Berlín anterior a la caída del muro.
Bruno Nuytten, el director de fotografía de La posesión, se inició como realizador en La pasión de Camille Claudel (1988). Claudel era antigua colaboradora y amante de Auguste Rodin, aquí interpretado por Gérard Depardieu. Emocionaba verla levantarse el pelo del cuello y posar para él en actitud poco decorosa porque “los perfiles se aprecian en las sombras”. Tras su relación con el escultor, Camille también acabó alienada para los restos, y habría de proporcionar a Isabelle otra de sus grandes lunáticas: “Somos dos fantasmas en un páramo yermo, luchando cuerpo a cuerpo en el barro”, comentan cuando todo su pretendido amor se viene abajo.
Finalmente recuerdo a Isabelle Adjani en su creación de la reina Margot —Margarita de Valois— en La reina Margot (Patrice Chéreau, 1994). En aquella recreación de la matanza de la noche de San Bartolome, en aquellas secuencias sobrecogedoras, recuerdo a su personaje, reina de Navarra, copulando contra las paredes como una prostituta de la calle, manchada por la sangre de los hugonotes.
Tras aquel del 83, que era el segundo, vinieron tres César más. Isabelle Adjani es una de las actrices más laureadas de la historia del cine. Pero a mí me conmueve porque ha recreado la alienación y la locura como casi nadie.


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