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Svalbard, de Jordi Soler

El subtítulo de este ensayo sirve tanto para comprender el significado de su propio título como para saber su contenido: De las cosas que van a servirnos cuando llegue el fin del mundo. Una pequeña joya de bibliófilos.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Svalbard (Siruela), de Jordi Soler.

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Cuando llegue el fin del mundo va a sernos más útil una semilla que un iPhone. En la espesa conversación, que acapara hoy tertulias y páginas de periódico, sobre los daños y los beneficios que produce la inteligencia artificial, cabría hacer esta pregunta: cuando llegue el fin del mundo y se extingan las fuentes de energía y la Red, ese tinglado del que cuelga nuestra vida, quede desactivada, ¿de qué van a servirnos la inteligencia artificial y sus subproductos? Lo que va a servirnos entonces, si acaso, es la inteligencia ordinaria, ese patrimonio extraordinario de la especie del que ya echaban mano Tales de Mileto y, antes, el primer hombre que consiguió domesticar el fuego.

En la isla de Spitsbergen, que es parte del archipiélago de Svalbard, en Noruega, a 1300 kilómetros del polo norte, hay un enorme depósito de semillas en el que se conservan un millón de variedades, de seis mil especies distintas, que provienen de todos los rincones de la tierra. En el último siglo ha desaparecido el 75% de las especies vegetales del planeta, de aquí la urgencia del acopio, aunque el alcance del proyecto va más allá del abasto alimentario y es probable que llegue hasta el mismo fundamento de la especie, al grado cero, al punto en el que tendremos que comenzarlo todo otra vez.

Este enorme depósito bunkerizado, conocido como Bóveda Mundial de Semillas de Svalbard (Svalbard Global Seed Vault), es el arca de Noé que va a resistir el cataclismo, el desasosegante páramo que dejaría el colapso de ese entramado virtual que rige y organiza nuestras vidas, esa súbita oscuridad en la que nos encontraríamos, solos y a la intemperie, tratando de alumbrar el entorno con una vela, no como Diógenes, que buscaba al hombre verdadero con su lámpara, sino como la víctima de una catástrofe que busca entre los restos de lo que fue su vida.

Svalbard es una palabra noruega que significa «costa u orilla fría», lo cual, además de acentuar la sensación de intemperie y la oscuridad de la noche polar, funciona como el punto cardinal hacia el que nos dirigimos: ya vamos hoy rumbo a Svalbard, hacia la costa fría, hacia ese infierno que nos presenta Dante, en el noveno círculo, como un paraje secuestrado por el hielo. «El noveno círculo» podría haber sido el título de este libro, pero me gusta más la concisión, la sonoridad y la extrañeza que produce la palabra Svalbard.

Lo que se guarda en esta bóveda es una copia de seguridad del reino vegetal, un respaldo físico que tiene más posibilidades de resistir el cataclismo que el tumulto de datos que abarrota la nube, que, como a todas las nubes, puede, en cualquier momento, llevársela el viento.

Hay aquí un planteamiento elemental: por más que avance la tecnología, y aunque tengamos la impresión de que el universo digital nos libera del cuerpo y de sus necesidades, seguimos arraigados a la materia, exactamente como lo hemos estado desde el principio de los tiempos.

Pongámonos en el día después del fin del mundo: el último sobreviviente, abriéndose paso en las tinieblas, con su iPhone inservible pesándole en el bolsillo, llegará al arca y cogerá una semilla, ese prodigio tecnológico cuyos circuitos generan la vida, y, como hizo el primer agricultor de la especie, comenzará a sembrar la tierra: inaugurará, de nueva cuenta, la historia de la humanidad.

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Autor: Jordi Soler. Título: Svalbard. Editorial: Siruela. Venta: Todos tus libros.

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