Los mimos no son como nosotros. Me refiero a los que vienen del otro lado. Su mimesis es perfecta, casi no se les puede distinguir cuando hacen sus trucos y actúan en plena calle. Si te siguen el paso, por un instante es como si tuvieras un gemelo o un doppelgänger caminando a tu lado. Peor aún, como si anduvieras junto a un espejo tridimensional. Tampoco son los únicos «artistas» que han cruzado desde esa boca dorada que se abre al final del paseo, entre el cañizo, en mitad de las obras de restauración. Han aparecido trapecistas y saltimbanquis, tragasables y magos. Los payasos son los que más atemorizan a la gente, con su sonrisa torcida y sus dientes desiguales apenas visibles con todo ese maquillaje exagerado. Son itinerantes, como los circos. Y bien podrían emular de algún modo a esos espectáculos de freaks tan prohibidos hoy y que tanto auge tuvieron el siglo pasado en Norteamérica y parte de Europa. De seguir vivo, sería más que probable que Barnum sacara provecho de ellos, como hizo en su día con todos aquellos hombres y mujeres deformes o con ciertas particularidades excepcionales. Como digo, no están siempre en el mismo sitio. No más de una semana. La puerta aparece en un lugar, hacen lo suyo y desaparecen por donde vinieron hasta que las noticias anuncian la aparición de esa misma puerta dorada en alguna otra parte del mundo. No importa lo lejos que esté de su anterior visita. Tampoco que se trate de un lugar turístico o un desierto. Viven por el arte, no por el público. Se mimetizan con el entorno y se dejan llevar durante siete días. Ya está. Sin más pretensiones. Es lo que parece. Porque, como siempre, saber no sabemos nada sobre ellos ni sobre sus intenciones.
Los magos realizan una suerte de magia extraña que no se parece en nada a la que estamos acostumbrados. Nuestros ilusionistas tratan de descifrar en vano sus trucos y, en ocasiones, viajan desde muy lejos con la idea de encontrarse con ellos y aprender de cerca sus técnicas. Nunca lo consiguen. Son demasiado enrevesados. Tanto que ni los más reputados magos de nuestra tierra son capaces de asegurar que aquello no sea verdadera magia: palomas que se convierten en caballos, monedas que no dejan de brotar de los bolsillos, cabello que cambia constantemente de color, espacios vacíos que surgen en sus vientres abriéndose como ventanas a otros mundos. Nada de eso tiene que ver con lo que nadie conoce aquí. Ahora bien, si los payasos resultan perturbadores por su histrionismo, sus bocas demasiado anchas y sus caras pintadas y los magos por el misterio que los envuelve, hay otros artistas que son aún más inquietantes por el modo en que desarrollan su arte: son los performers o ejecutantes. Son totalmente impredecibles. Nadie sabe cómo van a actuar en cada nuevo lugar que visitan. Y es ahí a donde voy. Porque su performance es tan turbadora como su aspecto. Pueden parecerse a nosotros, porque todos los de ese circo interdimensional itinerante son capaces de imitarnos hasta en el más mínimo detalle y, de hecho, eligen hacerlo casi siempre para no traumatizarnos demasiado; sobre todo a los más pequeños e impresionables. Sin embargo, los ejecutantes, al contrario que el resto, eligen no hacerlo como parte de su actuación y, si lo hacen, no es para aliviar nuestros sentidos, sino porque forma parte de su espectáculo. Eso es lo que ha pasado esta semana.
El lunes pasado fue una señora la primera que vio a uno de ellos en el supermercado, desnudo y encogido entre los pollos retractilados del refrigerador. Apenas una prueba. Estaban tanteando el terreno. Ese mismo día, a última hora de la tarde, fue visto otro de ellos en un parque cercano al polideportivo. Tenía una cara familiar y por eso, al principio, quienes lo vieron se asustaron e intentaron reanimarlo. No sabían que era uno de esos artistas de la puerta. El tipo estaba, a diferencia de su compañero de la mañana, vestido, pero tenía la tez pálida, los labios amoratados y el pulso tan lento que no se le encontraba. Permanecía tumbado decúbito supino, con los brazos pegados a los costados, las piernas juntas y los ojos abiertos mirando al cielo sin pestañear ni mover un músculo. Parecía humano. Parecía muerto. Y todos creían reconocerlo de alguna parte del pueblo y, al mismo tiempo, no sabían ubicarlo. Es parte también de su poder. Y me pregunto si su aspecto no será acaso una ilusión, si en verdad no son ellos quienes cambian y se mimetizan, sino nuestra mente que se acomoda a sus designios según su conveniencia y la nuestra propia. Llamaron al 112. Acudió la policía y una ambulancia. Creo que llegaron a llevarlo al hospital y hasta a hacerle la autopsia. Después de eso, se levantó de la mesa de acero mientras el forense aún estaba con el bisturí en la mano, sonrió con la misma boca ancha de los payasos y se explayó con un ¡tachán! que heló la sangre de los presentes y provocó más de un amago de infarto en la sala.
Al día siguiente aparecieron por todas partes, tirados en mitad de la calle, en las aceras, en los pasillos de las grandes superficies. Adoptaron el modus operandi del ejecutante del día anterior y se plantaron como cadáveres a la espera de que sus cuerpos fueran levantados y llevados a la morgue. Durante toda la semana, nadie se atrevió a tocar ningún muerto, no fuera a ser que se tratara de uno de ellos. Ayer, antes de que partieran hacia un nuevo destino, mientras los mimos, los payasos, los acróbatas y los magos realizaban sus trucos de despedida, los performers se levantaron todos a una allí donde estuvieran y celebraron la mejor actuación de los últimos tiempos, desnudos, fríos, amoratados y llenos de júbilo. Antes del anochecer, se unieron a sus colegas para el pasacalles final y se hundieron en esa boca dorada al final del paseo, que se los tragó del mismo modo que los había escupido unos días antes. He oído que hoy ha aparecido una puerta en el Ártico. Un público escaso, sí. Pero ellos, ya lo he dicho antes, no están aquí para satisfacer a ningún público. Ellos viven el arte. Son arte.


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