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Cartas a Mateo (XXVII): La oficina de correos perdida

Cartas a Mateo (XXVII): La oficina de correos perdida

“Lo que se recuerda ha sido salvado de la nada”
John Berger, Uses of Photography

Querido Mateo,

En las semanas previas al final de curso, con el verano asomando en un horizonte que no acaba de acercarse, me permito el austero lujo de poner la tele un rato antes de acostarme: los partidos de baloncesto de la temporada regular se convierten en eliminatorias que van avanzando hasta las esperadas finales, y me dan la excusa perfecta para aparcar actividades más productivas. En eso andaba hace unos días, a punto de apagar la televisión, cuando un gesto equivocado con el mando me llevó a un canal japonés. Antes de que tuviese tiempo de cumplir con mi propósito, vi que estaban emitiendo, en inglés, lo que parecía ser un reportaje: The Missing Post Office. La oficina de correos perdida. Recuerdo que la imagen mostraba un lugar luminoso junto al mar, una construcción pequeña y acogedora donde un hombre continuaba clasificando postales llegadas de todo el mundo, aunque aquella oficina hubiese dejado de funcionar como tal hacía ya bastante tiempo. No explicaron mucho más: algunos planos del paisaje, unas estanterías llenas de tarjetas ordenadas por países y un gran mapa, en el que aparecían marcados los puntos desde los que habían sido enviadas. Creo que la escena me resultó atractiva por su falta de espectacularidad, precisamente porque aquél parecía uno de esos lugares que continúan existiendo sin hacer demasiado ruido, como si hubiesen quedado apartados de la poderosa corriente del tiempo.

"Todo parecía sencillo: escoger una imagen bonita, escribir unas líneas y enviarla"

A partir de ahí, el plan se hizo prácticamente solo. Con la ayuda de un atlas que te trajeron los Reyes Magos, estuvimos comprobando dónde quedaba Japón, y traté de ilustrar la enorme distancia que la postal tendría que recorrer desde Ferrol hasta aquella lejana isla con comparaciones (algo tramposas) relativas a la historia de Odiseo, que en su momento fue el detonante de tu actual pasión por la mitología griega. Permíteme una anotación al margen: comentando con tu profesora tus intereses actuales, nos explicó que hacía poco, al preguntar a la clase palabras con la letra “f”, tú habías respondido sin dudar: “Hefesto”.

Todo parecía sencillo: escoger una imagen bonita, escribir unas líneas y enviarla. Aprovechando un rato libre, salí para dar el primer paso, sin imaginarme que iba a seguir caminando casi el resto de la mañana. Primero entré en la papelería que hay justo al lado de casa. Allí tenían diversos recuerdos, e incluso imanes para la nevera con fotografías, pero no lo que necesitaba. De allí pasé a la librería cercana, donde tampoco había. La dependienta, que me conoce de hace tiempo, me sugirió probar en la oficina de turismo. Y seguí hacia allí, siempre en dirección a Ítaca, pero en este caso alejándome poco a poco de casa. En la oficina de turismo fueron muy amables y, tras rebuscar en algunos armarios, me ofrecieron imágenes de Ferrol en un formato casi de lámina, bastante más grande que el que yo me imaginaba. Pensando en darme la vuelta ya y hacer lo que pudiese con aquellas láminas, una de las personas de la oficina me indicó otra librería en la que (estaba convencida) sí que tendrían postales “al uso”. Así que seguí caminando.

"Queríamos agradecer aquella iniciativa y explicar que enviábamos la postal desde Galicia después de haber visto el reportaje por casualidad"

Durante el paseo, el hecho de estar buscando algo tan sencillo, pero al mismo tiempo ver que me iban enviando de un local al siguiente cada vez con una nueva promesa, hizo que poco a poco la situación comenzase a parecer ligeramente absurda. Iba atravesando calles llenas de gente que enviaba mensajes desde el teléfono móvil, mientras yo trataba de encontrar un objeto que hace apenas unos años habría aparecido en cualquier esquina sin dificultad. Tuve la peculiar sensación de perseguir algo que ya casi no existía, de haberme quedado parado en un tiempo anterior al que me rodeaba.

Al final, las encontré. La persona que me atendió se mostró cautamente sorprendida por la petición, y me sentí obligado a explicarle brevemente el proyecto en marcha. Cuando me trajo el material, me sorprendió ver que no había una gran variedad. Apenas tenían un par de grupos de diez postales, unidas a la manera de un desplegable, con imágenes que mostraban una ciudad algo distinta de la actual: edificios y calles anteriores a algunas reformas, colores envejecidos. Eran fotografías más cercanas al lugar donde yo nací que al que ahora te ve crecer a ti, querido Mateo.

Al día siguiente las estuvimos evaluando, y tú las revisabas con el rigor y entusiasmo habituales. Estabas empeñado en elegir una que mostraba uno de los parques que conoces, y al final te convencí de que añadiésemos otra con una vista de las playas, para intentar abarcar un poco más de la zona. Después empezamos a pensar qué podíamos escribir. Ahí sí tuve que detenerme un poco más, porque me di cuenta de que no sabía muy bien cuál era la manera adecuada de dirigirse a alguien cuya cultura es tan distinta. Así que te propuse hacer algo que para ti será banal en algunos años, pero que yo llevo muy poco tiempo considerando: recurrimos a la inteligencia artificial para ayudarnos a redactar unas líneas respetuosas, adecuadas a la cultura de destino, y traducirlas luego al japonés. Queríamos agradecer aquella iniciativa y explicar que enviábamos la postal desde Galicia después de haber visto el reportaje por casualidad, y que nos haría ilusión poder visitar su oficina algún día. A ti te encanta sentarte conmigo en el ordenador, y en esta ocasión todavía más, porque observabas fascinado cómo las palabras que decíamos iban transformándose en signos completamente distintos a los nuestros. Cuando estuvimos contentos con el mensaje, imprimimos el texto en japonés a modo de carta, para dejarlo todo preparado.

"Quién sabe, Mateo. Tal vez todas esas cosas sobrevivan precisamente porque ya no son necesarias"

Y al ir a cerrar el sobre, me di cuenta de que era la primera vez que veías cómo se hacía, humedeciendo con cuidado la solapa para que quedase pegado. Entonces, pensé en la enorme diferencia del mundo donde vives, en el que vas a ser adulto, con el que yo conocí. Las fotografías ya no son postales y cruzan el planeta en segundos. Los mensajes aparecen y desaparecen en las pantallas. Incluso nosotros mismos habíamos estado usando herramientas de ese tipo para elaborar aquel pequeño texto. Y sin embargo, allí estábamos los dos, congregados alrededor de la mesa de mi despacho, cerrando con cuidado el sobre que tendría que viajar, lentamente, al modo antiguo, para llevar aquellas imágenes y nuestra breve pero emocionada carta, con tu nombre en japonés: マテオ.

Tal vez las postales sigan existiendo mucho tiempo, aunque no parece probable. Quizá precisamente por eso me gustó tanto verte participar, como algo natural para ti, en aquel gesto diminuto, sin que aún te preguntases si tenía sentido hacerlo. Imagino que, con esa misma lógica difícil de explicar, hay personas que siguen entrando en librerías cercanas, aunque puedan comprar cualquier libro desde su ordenador. Otras anotan, a mano, ideas que quieren preservar en cuadernos que pueden acabar sus días guardados en un cajón. Algunas continúan enviando cartas, como las que te escribo siempre que puedo. Y en un pueblo de Japón, alguien sigue abriendo cada día una oficina de correos que, en teoría, ya no debería existir. Quién sabe, Mateo. Tal vez todas esas cosas sobrevivan precisamente porque ya no son necesarias.

A la mañana siguiente, la historia acabó del modo sencillo en que había comenzado. Caminamos juntos hasta el buzón, y creo recordar el sonido seco que hizo el sobre al caer dentro. Después seguimos andando con normalidad, hablando de otras cosas, mientras la modesta imagen de una ciudad antigua comenzaba lentamente su viaje hacia aquel lugar remoto, al lado de otro mar.

Muchos besos, hijo.

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