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Decálogo de Aira

Decálogo de Aira

Recientemente César Aira ha publicado una nueva novelita, una que escribió hace años en francés y que ahora él ha traducido cesarairosamente al español. La leí por placer, como es lógico, pues nadie en este curioso (así llamado) “valle de lágrimas” debería hacer nada que no sea por placer. Ahora bien, todo el mundo es sobradamente consciente de que leer a César Aira consiste en disponerse a ser cuidado por unos especiales yacimientos de placer, como aquellos a los que nos traslada su tocayo Felisberto Hernández (tocayo de alma, quiero decir: de almas en el reino de las hadas). Así que me dispuse a ser cuidado. Pero, por otra parte, se me había hecho el encargo de reseñar este librito, así que era preciso que además mi placer estuviera revestido de una atención a ese placer. De modo que abrí el libro por la primera página —algo absolutamente recomendable para lectores y reseñadores en general— y empecé a leer, con un placer creciente que se observaba a sí mismo, la historia de un electricista que quiere ser escritor y que, por una pura pero en el fondo malsana curiosidad, se pasa las tardes en un cine coreano de un barrio francés para ver la película que allí emiten recurrentemente: una pieza en blanco y negro sin sonido, tan sólo esas imágenes misteriosas de un cementerio de Corea.

"He decidido ir más lejos y contar lo que aprendí al intentar reseñar un libro de César Aira, en mi papel de lector y observador de un placer propio que viene de un conmutador alterno específico"

Como pude observar, mi placer iba en aumento. Aquel electricista, sin querer, en sus idas y venidas de la sala del cine a su casa, por un barrio que creo que conozco (también yo, como César, me paso media vida en París), estaba llamando, de la manera inquietante en que lo hizo nuestro viejo vecino Maupassant, señor del Horla, al “príncipe de los poderes del aire”. (Cosa que me lleva a pensar en el título que dio a una fascinante novela suya un aristócrata rumano, Caragiale: Los depravados príncipes de la vieja corte.) La corte de coreanos depravados que acechan al narrador y le llenan la casa de lápidas y tributos funerarios no son esos príncipes, los del aire quiero decir, pero sí sus emisarios. Los príncipes sobrevuelan la sala terriblemente a oscuras, donde las imágenes de las tumbas parpadean en un hilo de luz y suceden en las butacas un sinfín de grandes y pequeñas fechorías sexuales. ¿Y por qué han de suceder tales cosas? Porque el aire cargado de la sala se está llenando de djinns. Nadie mejor que un electricista para reconocerlo: los djinns son atraídos por las corrientes eléctricas y se manifiestan en nuestro plano con ayuda de los simulacros. Uno ya no está en su mundo, cuando los djinns se apoderan de él. Está en otra capa de la realidad, una donde las cosas suceden bajo la influencia de nuevas conexiones eléctricas, por flujos que nos unen a las personas y los sucesos más inesperados pero a los que vemos y sentimos a través de un misterioso claro en nuestras (de pronto sospechosas) redes de percepción:

Me evadía de mis problemas en la Sala. Todo el mundo tarde o temprano necesita un descanso, un sopor. Lo malo es que el camino de la huida de la realidad conduce a otra realidad de la que también había que irse… tarde o temprano. Había encontrado en la pequeña sala del barrio una segunda realidad que me había capturado con la fuerza inaudita de los ocho brazos del pulpo de las profundidades del cine: y volvía a la Sala en busca de una segunda evasión… Ahora veía cernirse sobre mí una tercera realidad… ¿Tenía yo un punto ciego, una mancha vacía en mi percepción? Era alarmante, porque hacía pensar que podía tener otras. No hay cosa más incómoda que entrar en un estado de desconfianza de la percepción propia.

Seguí leyendo el libro de Aira, observando mi placer. Pero enseguida comprendí que el electricista embrujado del cine de París es un ejemplo palmario, y me atrevería a decir que incluso palmatorio (pues da luz), de la imposibilidad que supone reseñar un libro de César Aira; lo que uno termina reseñando, por más que se pretenda otra cosa, es su propio placer de lector doblemente observante. Pequeñas encrespaduras en la espina dorsal, regiones de ancho asombro… Así que he decidido ir más lejos y contar lo que aprendí al intentar reseñar un libro de César Aira, en mi papel de lector y observador de un placer propio que viene de un conmutador alterno específico, no el AC esperable en las clavijas convencionales sino un AC de carácter inverso, por así decir, un CA que atrapa los genios ambulantes que reinan en los poderes del aire para llevarlos al campo eléctrico de nuestro propio y excitado mapa neural. Lo he llamado “Decálogo de Aira”, porque yo también, como todo el mundo, he deseado siempre escribir un decálogo sobre alguna cosa, y reza así:

1) Los libros de César Aira no se reseñan.

2) Lo que reseñamos es a César Aira, conmutador específico que sólo somos capaces de reconocer por medio del placer observante.

3) Leer a César Aira sin observarnos leyéndolo es absurdo. No lo intenten, o de otro modo obtendrán una mitad de César Aira, y una mitad de lector. El famoso lector medio. Cosa que nadie que esté en sus mejores cabales (cabales de carácter inverso con respecto al mundo circundante, toca decir) tendría el menor deseo de ser.

"Hay cabañas, eso sí, en lo alto de estas islas, que se disfrutan no como poseedores de un dominio sino en régimen de multipropiedad. Desde allí se ve todo lo que concierne a un Felisberto o a un César Aira"

4) Reseñar a César Aira como interposita persona de sus libros equivale (nada menos) a decir que César Aira es un género literario. Un género isla, como lo es su tocayo de alma, Felisberto Hernández. Pero no hay mapas para llegar a esa isla. Uno de pronto llega. Si hubiera mapas, la isla correría el riesgo de ser colonizada. Y esa isla es incolonizable. Sus playas sacan garras de coral cuando alguien intenta la osadía de tomar las ramitas del lugar y plantar allí una casa. Se nace Felisberto como se nace César Aira. Hay cabañas, eso sí, en lo alto de estas islas, que se disfrutan no como poseedores de un dominio sino en régimen de multipropiedad. Desde allí se ve todo lo que concierne a un Felisberto o a un César Aira. Se ven sus crepúsculos a varios soles, sus lunas en cuyo centro hay una especie de nariz de payaso.

5) Llegamos a esas islas sólo leyéndolas como nuestros propios observantes. Sé que esto se parece al punto tres de mi decálogo, pero por entonces yo aún no había mencionado las islas, así que este punto, leído tras el descubrimiento de esos mapas, es completamente distinto. Hace dos puntos éramos un lector observante de sí mismo que leía a César Aira. Ahora somos un lector observante en una isla. Nos hemos quedado solos con lo que César Aira haya puesto en ella. El mundo que de antemano conocíamos ya no existe.

6) Se puede salir de estas islas. No tenga miedo. Siga observándose hasta el final, detrás hay una página en blanco. No, no corra, llegue a ella sin prisas. ¿La ve? Esa página en blanco es una puerta. Pues bien, abra la puerta.

"Delo por hecho: César Aira también le estaba observando a usted. Los ocho brazos del pulpo de la sala de cine, ¿recuerda?"

7) Ja ja. Era broma. Usted no ha salido de la isla. La isla se ha quedado en usted. Ahora usted es un lector de César Aira. ¿Creía que al observarse leyendo en realidad estaba observando algo? Nada de eso. Era César Aira el que le estaba observando a usted.

8) No, esto tampoco es cierto. Usted se estaba observando leyendo. Usted es y por tanto conserva aún todos los derechos previamente adquiridos con la existencia. Observaba su placer, hoja por hoja. Pero lo que no es incierto es que César Aira también le estaba observando a usted. Delo por hecho: César Aira también le estaba observando a usted. Los ocho brazos del pulpo de la sala de cine, ¿recuerda?

9) Esta isla es el infierno, me dirá. ¿Cómo demonios se sale? No se sale. Ya sabe, los príncipes de los poderes del aire. Estos príncipes depravados son atraídos al campo eléctrico de nuestro propio y excitado mapa neural por un conmutador alterno específico, que ha creado su isla, su propia jaula de Faraday, a nuestro alrededor, abrazándonos con sus ocho brazos de pulpo.

10) No hay punto diez, ¿qué esperaba? Si hubiera un punto diez existiría el consuelo de una lógica convencional, pero no confíe en una “lógica convencional”. Esta isla repele a las convenciones. Regrese al punto uno, si prefiere. O al seis. Da igual. De esta isla ya no se sale nunca.

11) Se lo dije. No se sale nunca.

12) Como pude observar, mi placer iba en aumento.

14) No hay cosa más incómoda que entrar en un estado de desconfianza de la percepción propia, ¿verdad?

15) No, no la hay.

16) Sigue en la isla.

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Autor: César Aira. Título: La Sala. Una novela francesa. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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