Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 26 de mayo de 1936: Javier de Borbón en Estoril
Existe una foto de Sanjurjo y su mujer en su casa de Estoril, los dos sentados en cómodos sillones. Sanjurjo, de civil, estira la pierna izquierda de tal manera que se le ve el calcetín y el blanco de la piel, y mira a cámara ladeado, serio. Su mujer sonríe y sujeta sobre su regazo a su hijo José, en pantalón corto, con zapatitos blancos. Detrás hay una radio de la época, redonda, de marca alemana, donde escucharían diariamente las noticias.
Se sabía que para permitirse un coche se lo tuvo que financiar el marqués de Amurrio, y se veía que su casa era modesta. Pese a todo, allí recibió aquel martes al príncipe Javier de Borbón, recién nombrado regente por el anciano Alfonso Carlos. Javier de Borbón había llegado en avioneta y su pequeña escolta permaneció en el coche mientras él pasaba al interior de la vivienda y mantenía con Sanjurjo una conversación privada.
El motivo de la visita era ratificar el acuerdo alcanzado por el exgeneral con Fal Conde un par de semanas antes.
—Por supuesto que no me echaré atrás —exclamó Sanjurjo—. ¡Jamás lo he hecho! Otra cosa es que lo puedan hacer los demás generales, y entre ellos Franquito. Yo tengo su compromiso. Claro que uno está bien colocado para saber lo que vale la palabra de algunos —añadió, con amargura—. Pero aunque solo contemos con las fuerzas del tradicionalismo, me pondré al frente. Y en cuanto a la cuestión sucesoria, puede trasladarle a don Alfonso Carlos que esté tranquilo. Si la sublevación es únicamente carlista, conmigo al frente, yo lo proclamaré a él rey, y entre él y usted arreglarán la sucesión como les plazca. Y si se subleva el Ejército, entonces nombraré y presidiré un Gobierno provisional de regencia para la restauración. Lleva usted en la mano la carta en la que le explico todo al general Mola. No tiene más que entregársela.
Javier de Borbón y Parma, posible pretendiente tradicionalista una vez que desapareciera Alfonso Carlos I, era un hombre alto, extremadamente delgado, de rasgos afilados. Tenía una gran energía nerviosa y era la antítesis, en lo físico, del achaparrado y corpulento Sanjurjo. Una garza y una tortuga. Eso parecían.
—Según lo que tengo entendido, Mola desde Pamplona está harto de las indecisiones del general Franco. Ha decidido tomar las riendas y ponerse al frente del entramado. Al parecer está dirigiendo circulares que firma como «El Director». ¿No debería firmarlas usted?
—Mire, don Javier, no quiero desilusionarle —se lamentó Sanjurjo—. Ahora mismo en España hay, que yo sepa, siete conspiraciones en marcha; eso contando únicamente las que estoy yo al tanto. Y tenga seguro que el Gobierno las conoce todas. Lo que ocurrió en el 32 caló mucho en la oficialidad. Hoy todos aborrecen el Frente Popular, pero nadie se atreve a dar el primer paso. Y no es improbable que me dejen, cuando llegue el momento, si me perdona la expresión, con las vergüenzas al aire. De modo que no se deje impresionar por el burocratismo de Mola… Por eso son tan importantes, más allá de lo bien armados que estén, los requetés. Porque sin ese entusiasmo popular, sin esa base de gente con fe, yo ya lo comprobé en el 32, el Ejército por sí solo no se sublevará.
Los dos conspiradores se miraron, sentados cada cual en un sillón a uno y otro lado de la mesa.


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