Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 27 de mayo de 1936: La Pasionaria llora
Dolores Ibárruri lloraba, pero no se le notó. Lloraba por dentro. Se había sentado en uno de los bancos de la plaza desde donde podía verse el chaflán del edificio que hacía esquina con Santa Engracia. En él lucía el cartel de Alfonso, Alfonso, Fotógrafo, gran cronista gráfico de la burguesía madrileña. La dirigente comunista se paró a descansar, desconcertando a los dos milicianos de las MAOC que la seguían y se acercaron a preguntar si pasaba algo.
A la Pasionaria le avergonzó confesar el motivo de su pesadumbre y evitó mirar directamente a los niños que jugaban en el parque a las canicas. Cuatro críos de diez años se movían en torno al agujero del gua. Cuando le tocaba a uno, se inclinaba. Si tenía «gua», apoyaba la mano en la tierra con dedos extendidos. La giraba sobre la muñeca para avanzar en dirección a otra canica y desde esa distancia propulsaba con el pulgar la propia. Si golpeaba la canica del rival una primera vez, y luego una segunda y una tercera, y si después colaba la canica en el gua, ganaba la del rival.
—Mira qué bien, un ojo de gato.
La Pasionaria reprimió sus sentimientos: uno de los críos le recordaba a su hijo Rubén. La vida familiar de Dolores Ibárruri era complicada. Se había casado con Julián Ruiz, minero concienciado pero apegado a la mina («¿Dónde irá el buey que no are?», contestó cuando le propuso marchar) con quien tuvo seis hijos. Cuatro murieron de hambre o de frío o por falta de medicinas. Tanto Esther como Amagoya, muerta recién nacida y para quien un vecino hizo un féretro con un cajón de conservas, como Azucenilla, la otra trilliza, y Eva, última en nacer, estaban enterradas en el cementerio de Somorrostro.
Hoy solo quedaban Amaya y Rubén, a quienes había criado entre huelga y huelga, prisión y prisión. A veces los llevaba a las reuniones, si no había con quien dejarlos, y otras los acostaba y salía silenciosamente de casa para que no se dieran cuenta de su ausencia.
La propaganda de derechas la acusaba de ser una madre despiadada, de haberlos abandonado. ¡Pero claro que los amaba! Más que a sí misma o a cualquiera de sus parejas, aunque no tanto como a la causa. La liberación del proletariado exigía todos esos sacrificios. Y así, viendo que sus deberes le impedían cuidarlos como correspondía, unos camaradas le propusieron enviarlos a la Unión Soviética.
Un nuevo sacrificio, quizá el más duro de todos: a los hijos cuanto más cuesta criarlos más se les quiere, y a la Pasionaria se le habían muerto cuatro. Así, en la primavera del año pasado partieron Amaya y Rubén. Amaya a la Casa Infantil Internacional de Ivánovo, y Rubén, que empezó como aprendiz de tornero en la fábrica de Automóviles Stalin, ahora estudiaba en una escuela de aviación…
Pasando por la plaza, aquel chiquillo patilargo que jugaba a las canicas le recordó a su aldeanote Rubén. ¡Ah, la memoria era traicionera! Por un momento, el corazón le dio un vuelco. Se sentó en el banco para recuperarse de la emoción. Los chicos aún discutían.
—Pues ya me debes dos, o sea que mañana me las traes después de la escuela. Te espero aquí. No faltes, o te vas a enterar.
Tiene madera de líder, pensó la Pasionaria y, aprovechando que acababa el juego, se puso en pie. La siguieron los hombres de Líster. Mientras se alejaba, volvió a pensar en su Rubén en la escuela de aviación. «Estoy bien, madre —le escribía en su última carta—. No se preocupe por nosotros. Piense en sí misma y en la causa de los proletarios españoles, que la necesitan…».
La Pasionaria contuvo las lágrimas que pugnaban por asomar a sus ojos.


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