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Recuerdo de Covadonga

Recuerdo de Covadonga

Para Ramón Villa

Debía de ser 1981, según mis cálculos. Es decir, tenía cinco años. Estos datos se los tengo que preguntar a mi madre porque con exactitud no los conozco. Se trata de mi prehistoria, o de mi protohistoria. Yo tengo recuerdos, incluso muy nítidos, pero no sé a ciencia cierta cuántos años tenía entonces.

Sí recuerdo que aquello no lo olvidaré, por muchos motivos. No lo olvidaré, por ejemplo, porque el lugar era muy especial, bellísimo, y aunque yo era muy niño y han pasado muchos años creo que no he visto un lugar como aquél nunca. Es verdad que regresé en una ocasión y que a Asturias habré ido unas cinco veces, para mi felicidad.

Pero, en efecto, un lugar como Covadonga, como su santuario, como los Lagos de Covadonga, es un espacio único, un paraíso, pero tan original, tan único, que se te instala en la memoria, se te pega al alma y ya te acompaña desde entonces, para siempre.

Y hay algo más. Yo no olvidaré nunca aquel sitio tan maravilloso, porque recuerdo que cuando llegamos a él en el coche conducido por mi padre, en compañía de mi madre y de mis dos hermanos mayores, ocurrió algo que nunca olvidaría, que todavía recuerdo, con una nitidez muy concreta.

Allí estaba la estatua de Don Pelayo, tan magnífica, que a un niño de cinco años le debió de parecer aún más impresionante. Y cerca estaba el Hotel Don Pelayo, donde tendríamos la fortuna de pasar la noche. Y cerca estaba el Santuario de la Virgen, de la Santina, la Cuna de España.

Mi padre tenía un Seat 131 que le hizo feliz, como le hicieron feliz todos los coches que tuvo, hasta el coche más barato del mercado, y yo diría que todos por igual. A mí me gustaba mucho este coche porque aunque no tenía un color muy elegante —era caqui—, yo no reparaba en ello, y tenía la matrícula BB de Madrid. En mi familia decían que tenía esa matrícula porque había venido al mismo tiempo que llegué yo, y que yo era el BB, el “bebé”.

En cualquier caso, mi padre aparcó el coche y sacamos del maletero las maletas para ir al hotel. Pero entonces ocurrió algo: mi padre cerró fuertemente la maleta y a mí me pilló el dedo pulgar de una de las manos, no recuerdo si la derecha o la izquierda. Debí de pegar un buen grito.

Y es por esta razón, me parece, que recuerdo tan bien mi primera visita, nuestra visita a Covadonga. Mis padres me llevaron en seguida al hotel y allí me pusieron hielos y me trataron muy bien.

Si no me equivoco tuve suerte, porque a mi padre le habían dado un golpe por atrás y el maletero no cerraba bien. Si no hubiera sido por esto, tal vez ya no tendría uno de los dedos pulgares.

Pero esto es una anécdota, para mí muy importante pero no deja de ser una anécdota. Ahora he recordado Covadonga porque hace poco entrevisté a José Ángel Mañas y estuve leyendo su ¡Pelayo!. También leí, años antes, el Pelayo, príncipe de los astures de José Luis Olaizola, estupendo, y siempre tengo presente el Pelayo, rey, de Pablo Vega, que sabe tanto de todos estos asuntos.

Con los años volví a Covadonga, y con los años he aprendido sobre la batalla, sobre la cueva, sobre Don Pelayo y su historia, todo tan apasionante.

Cuando volví sentí mucho, y creo que este lugar hace sentir mucho, como despertando el ser religioso que todos podamos llevar dentro, también el poeta.

Recuerdo la segunda vez que visité Covadonga, ya con 33 años, si no me confundo, en una buena época para mí: libros importantes publicados, mi primer año como profesor… Recuerdo que le recé a la Virgen, y le pedí lo siguiente: “Paz para el mundo, unidad para mi país, salud para mi familia”.

Quizá fui ingenuo pidiendo esto, pero todo ello era necesario pedirlo, y si no lo hacía entonces, en aquel momento y en aquel lugar, ¿dónde lo haría?

Los Lagos de Covadonga son tan hermosos como lo que ya ha visto el viajero cuando va al Santuario. Pero son diferentes, también muy espirituales, sublimes. Creo que si hay un adjetivo adecuado para ellos es ése. Al igual que para todo el paraje, el parque natural, el Santuario. Aquello, todo ello, parece formar parte del Cielo.

Ahora pienso: “¡Cómo me gustaría volver!” Y es cierto. Pero luego reflexiono y me digo: “No tengo que volver, no me he ido, Covadonga vive ya dentro de mí, en mi corazón, en mi alma”.

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