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Vamos a contar mentiras

Vamos a contar mentiras

Llevo tiempo queriendo escribir alguna de estas columnas, a menudo caóticas, de las mías. Sucede, no obstante, que me he impuesto ciertos límites. Si por mí fuera, continuaría con infinitas variaciones sobre las pérdidas inenarrables que me han infligido en los últimos años. Pérdidas en plural, e irrepetibles.

¿Cómo se escribe un texto sobre lo que te lacera, cuando eso que te lacera son los actos del ser amado, pero no deseas causarle daño? ¿Cómo se procesa cuando nunca se olvida? Debería estar… siempre debería estar haciendo algo diferente a lo que sea que haga…

Pintando tallas para niños. Ninguno de ellos mi hijo.

Terminando otro poemario. Sobre la fuente que no mana y no se quiere secar.

Jugando con números para determinar si los tiburones forman agregaciones sociales. Como si cambiara que los vayamos a liquidar que se den la aleta o se estufen.

Escribiendo un nuevo algoritmo. Que me han dicho que en unos años me puede valer un Pulitzer. Sin ser periodista ni nada. Lo que me reiría. Ya encontraré la forma de sabotearme, compay.

Leyendo. A gente que no me interesa. Para que me hagan pensar en quien no me debería interesar.

Durmiendo. Para ser acosado sin escape posible.

En cambio, escucho a los grillos. Contemplo el plástico que embalaba un bote de suplementos prenatales. Apareció metido dentro de uno de mis libros. Cortado con precisión, doblado con pulcritud. Era necesario asegurarse de que llegara, ese plástico rosa, empacado por quien se dice una princesa, a darme otra puñalada después de la muerte del bebé. Siempre se puede hacer más daño. No lo olviden. Yo no lo hago.

Luego tomo la decisión de borrar, otra maldita vez, lo que ya escribí. Que sí, que es cierto. Lo que contenía, lo que no dije, lo que no alcanzo a recordar ni de una, y me viene como a empujones por un voltaje demasiado flojo. Por desgracia, todo es cierto. Ya lo he dicho en otras columnas, en su mayor parte. Pero nada cambia.

Se me ocurre que ojalá fuera esta una de mis historias. Daría la palabra, la oral, la escrita, por conservar al bebé. Incluso lo gestaría, y que me rajaran para sacarlo. Daría la audición por saber que mis gatos están bien. Ofrecería el gusto, la ilusión, el sueño o la maravilla. Pero es que esos no están vivos ya para mandarlos a parte alguna.

Si algún ser diabólico, una bruja eslava, una deidad yoruba, o rumano apañao puede hacer esto realidad, que se dé prisa, antes de que escriba la historia y ya, por las mismas reglas invisibles que atan el universo, sea todo imposible.

Y en esta noche temprana, acabados los trabajos, los estudios, los voluntariados, los ejercicios… releo esta columna que necesito escribir pero no quiero que dañe. No a mí. Sino a la que me regaló el plástico de multivitamínico prenatal.

Una cosa que era un gesto de amor, un secreto, una ilusión, vuelta arma. Como las que ahora empuña orgullosa mientras dice defender derechos humanos, igual que come carne y cree defender los derechos de los animales. ¿Es amar la idiotez? ¿Es envejecer en algunos casos volverse más idiota? ¿Cuál es la causa, cuál el efecto? No han de estar necesariamente desligados, pero tampoco ligados. Lo pregunto genuinamente. Yo, que soy idiota de serie y porque sí, y porque ya dejo que los listos sean listos entre ellos. Y se palmeen las espaldas. Y cubran con el aroma a café sus inseguridades. Que se huelan los anos. Los idiotas, tarde o temprano, disfrutamos de más paz.

Ah, mira, ahora empiezo a pillar lo de autor maldito. Lo que decía, que soy lerdo.

Lerdo, que suena a manteca de cerdo en inglés. La manteca, que es espesa, como se les dice a los corticos de mente. Se nos dice. O espesos, también con la misma acepción en inglés.

Y así, desvariando unas cuantas líneas, resbalando como sobre… bueno, lerdos, evito decir las cosas que debería decir, porque odio callar la verdad, pero que prefiero no decir. Por amor y ruina.

Pero no. Suficiente. Es vano dedicar tiempo a quien camina gustoso por el sendero de su propio olvido. Es de mal gusto ser vano de forma gratuita.

Como no me pagan, no obstante, seré, a partir de ahora, un poco vano. Solo que de forma diferente. La verdad ofende, y lastra a los demás. Y por mí como si ese lastre abarrota las simas más oscuras del mar. Pero no será cosa mía.

Puestos a ser vanos y carentes de verdad, solo un poquitico, lo aplicaré también a estas líneas de ahora en adelante. Jugaré a mi más favorito pasatiempo: fingir ser quien no se es. El juego del camaleón.

Pretender tener opiniones es un mecanismo útil para alguien como yo. Porque ejercito el cerebro en planos que van más allá de la creación literaria, así como del análisis científico de cosas que me interesan en tanto en cuanto me supongan un reto. De modo que mis futuras notas, salvo excepciones que procuraré evitar, van a ser imposturas. Imposturas de temas sobre los que tengo formación y experiencia. No me voy a convertir en Iker Jiménez o en un tertuliano. En el fondo, tras el que teclea, solo habrá indiferencia. Pero dedicar una hora de vez en cuando a crearme un personaje que siente que puede escribir una opinión sobre algo tal vez sea entretenido.

Solo recuerden: en mi caso, todo es mentira. Vamos a contar mentiras, tralará. Y pa la pinga el mundo.

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