Demasiado tiempo ha tardado en ver la luz la obra de María Teresa León (Logroño, 1903 – Majadahonda, 1988) titulada Umbral de Rumanía, en la que se hace memoria de las visitas que el matrimonio Alberti, junto con su hija Aitana, hicieron a Rumanía a comienzos de los años sesenta, en concreto en 1961, donde estuvieron en Bucarest un mes y medio, y en 1963, cuando recorrerían el país por espacio de cuatro meses y medio. Por entonces faltaban solo un par de años para que la República popular rumana iniciada en 1947 se convirtiese en una República de carácter socialista. De la obra Umbral de Rumanía se habían dado a conocer algunas páginas con anterioridad en forma de reportajes y prólogos a traducciones, pero lo sustancial del libro fue redactado en 1965 y en Roma, donde “los Alberti”, por valerme de la expresión de la autora, ya se habían establecido desde 1963.
Umbral de Rumanía puede incluirse dentro del género de viajes, como lo fue el libro titulado Sonríe China, que apareció en Buenos Aires en 1958, y fue fruto de la estancia de varios meses, en la primera mitad de 1957, del matrimonio Alberti y de Aitana en ese país del Asia Pacífico. Y precisamente, tras ese viaje al continente asiático, pasaron los tres unos días en Bucarest antes de volar al punto de partida, la República Argentina, donde vivían exiliados desde marzo de 1940. Pero este libro aparecido en 2025 se distingue de la citada obra sobre China en que ya no resultó de la colaboración del tándem María Teresa y Rafael, sino que toda la confección de Umbral de Rumanía se la debemos a la logroñesa.
María Teresa León textualizó Umbral de Rumanía valiéndose de una prosa testimonial amena, entretenida, desenfadada, repleta de noticias geográficas, históricas, culturales, entre ellas las de índole folclórica, institucionales, laborales, turísticas, monásticas y conventuales, museísticas, periodísticas, literarias, universitarias y hasta académicas, en este caso sin dejar de reconocer que en otros tiempos habían denigrado el mundo académico. Sin embargo, en esos años rumanos de los sesenta ya lo aceptaban de buen grado y con sincera gratitud cuando se les abrían, para homenajearles, las puertas de la Academia Rumana.
Brillan en Umbral de Rumanía también las extraordinarias cualidades narrativas de su autora, así como sus descripciones de parajes naturales y de calles y otros enclaves ciudadanos, sus magistrales retratos de personas, sus disquisiciones de marchamo socialista sobre el urbanismo y vivienda. También sus reflexiones ecologistas, sus momentos de temblor sentimental y de lirismo poético indudable, que no son precisamente pocos, y las curiosidades biográficas familiares que de tanto en cuanto quedan registradas. También es notable la profusa documentación de la que, después de las anotaciones y experiencias in situ de todos sus viajes a Rumanía, se había servido María Teresa León en la ciudad de Roma para materializar Umbral de Rumanía.
No podían faltar en el libro que comento puntos de vista ideológicos de índole marxista muy asentados, y con los esperables ingredientes de datos económicos y de industrialización bien taxativos, como había ocurrido en Sonríe China, si bien tales datos se muestran en Umbral de Rumanía con menos profusión. Uno de los sentimientos más repetidos del libro es el de la esperanza del pueblo rumano en el socialismo que se estaba construyendo con la vista puesta en el ideal de una sociedad sin clases, y de ahí que a mi entender este libro de mediados de los sesenta también hubiera podido titularse Sonríe Rumanía, porque la sonrisa esbozada por las gentes de ambos países se la brindaban a su propio futuro, que iba a ser bien dispar.
Como en Sonríe China, la estructura del relato se va desarrollando en capítulos, provistos todos de la respectiva titulación, y presenta una organización circular. Principia el libro con las páginas correspondientes a la llegada de los Alberti a tierras rumanas, y finaliza con las que tituló “La revedere”, expresión que en la lengua del país significa “hasta la vista”, y donde se narra el adiós a una nación que había sido visitada por ellos en diversas estadías, y desde la primera de 1934. Habían vuelto a visitarla en las dos permanencias de la primera mitad de los sesenta con muchas ganas de reencontrarse con amigos, de recorrer de nuevo lugares ya transitados, de constatar cambios a mejor, de ir sumando a los lugares ya conocidos otros por descubrir aún, aunque sobre todo con la mira prioritaria de buscar en ese país de la Europa Oriental a las gentes “de esos paisajes, al pueblo con su presencia de ayer y de mañana… y del futuro”, leo en la página 71. Tan bien acogidos se encontraron nuestros viajeros una vez más allí que no me extraña que el hecho mismo de irse lo calificase la escritora de Logroño como una penosa desventura.
Al igual que en Sonríe China, tiene Umbral de Rumanía facetas que van más allá del género específico de viajes, porque destaca también en esa obra, como en aquella, la vertiente ensayística, además de ser provechosos los dos libros por los datos que suministran en relación con las respectivas historias literarias de las naciones visitadas y ampliamente recorridas. Ese rasgo se evidencia máximamente en el caso de Rumanía, pues los Alberti llegaron a traducir, y durante años, numerosos textos rumanos al español, y tanto textos de carácter popular como de diferentes autores, en correspondencia con el hecho de ser Rumanía, como dice en su libro María Teresa León, “un país en voz alta, queremos decir de canción” (117).
Recordemos aquella antología de tan amplia difusión titulada Doinas y baladas populares rumanas, que tradujeron los Alberti al español y que publicó Losada en 1963. Y recordemos también que ambos tradujeron textos de autores muy acreditados de ese país, entre ellos el romántico tardío Mihail Eminescu, considerado el poeta nacional por antonomasia, y cuya peregrinación a su casa se relata en el capítulo de Umbral de Rumanía titulado “El lucero de la tarde”, mientras en otro, “Visita a Sadoveanu”, se nos rememora el encuentro que en 1961 mantuvieron los Alberti con el novelista Mihail Sadoveanu pocas fechas antes de que falleciese. Las versiones al español de Eminescu, las primeras de las cuales datan de 1957, empezaron a consagrar a esa pareja del 27 “como promotores de la cultura rumana”. Así lo puntualizaba Gabriela Capraroiu, quien anota en su prólogo traducciones de otros autores, entre ellos Tudor Arghesi, Mihail Sadoveanu y Liviu Revreanu, subrayando una tarea que no solo los situaba en el mapa hispano sino que contribuía a situarles en el más amplio de la literatura universal. Y por no movernos del radio filológico, aún he de añadir que en Umbral de Rumanía analiza y comenta la tenaz e incansable riojana muchos textos literarios remarcables de las letras rumanas, poniendo de relieve en esa labor una gran penetración lectora y una competencia crítica ciertamente inusitada.
La publicación de Umbral de Rumanía se ha demorado incomprensiblemente nada menos que sesenta años, y es más de lamentar ese retraso por contener a mi juicio muchas de las mejores y más inspiradas páginas de esa grandiosa autora de Edad de Plata de la literatura española del siglo XX. Pondré un ejemplo seleccionado del capítulo “Larga es la senda hasta Cluj”, en el que después de la visita que los Alberti hicieron al Jardín Botánico de esa ciudad transilvana, la escritora confiesa, en un párrafo de gran relieve estilístico y poderío intelectual, ecológico y poético, que los árboles que más le gustan son aquellos “que suben los montes y les nacen hijos al pie desordenadamente, los que no guardan línea y se desmandan y se agrupan por afinidades sentimentales de las semillas. Preferimos los árboles que no se llaman unos a otros álamos o alerces o encinas o abetos o hayas o abedules y creen que se llaman árboles solamente porque así se lo han dicho los pájaros” (219).
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Autor: María Teresa León. Título: Umbral de Rumanía. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.


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