La estructura de La cronología del agua (Cicely Editorial, 2025) de la autora estadounidense Lidia Yuknavitch es, en sí misma, una declaración de principios. Yuknavitch utiliza la experimentación formal no como un adorno literario, sino como una necesidad fisiológica. Aunque predomina la primera persona confesional, encontramos capítulos en los que el uso de la segunda persona —ese “tú” que interpela directamente al lector— no busca solo cercanía, sino una empatía forzosa ante la desgracia. Al hablarnos de esa manera, nos introduce en su cuerpo, en esa metáfora constante de llevar una vida dentro (y perderla), convirtiendo al lector en cómplice de su asfixia.
Una de las partes más interesantes de la obra —que nació como un cuento con el título La cronología del agua y que envió a varios concursos— es su formación bajo la guía de Ken Kesey a finales de los años ochenta, y que nos trae a la memoria el fantástico libro de Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico, en el que Kesey, líder y propietario del autobús Furthur, pintado con colores y figuras psicodélicas, junto a Neal Cassady y otros se desplaza por territorio americano como símbolo del movimiento hippie y la Generación Beat. El relato del “año keseyano” es fascinante. Yuknavitch describe a un Kesey crepuscular, oliendo a vodka y rodeado de humo de marihuana, liderando un taller de escritura en el que, la creación colectiva de la novela Caverns entre los talleristas resultó, según las propias palabras de Yuknavitch, un experimento vital pero fallido. En esa casa de la costa oeste, entre la decadencia de un mito de la contracultura y la fragilidad de una mujer que acababa de perder a su hija en el parto, surge una chispa de validación. Cuando Kesey le dice que tiene “madera de escritora”, no solo le da un oficio, sino una balsa.
La obra de Yuknavitch es un campo de batalla lleno de rarezas y patologías que ella asume con una honestidad que raya en lo brutal. Habla de su fascinación por coleccionar pelos de otras personas, de su impulso por lamer cicatrices y de cómo la figura de su madre, Dorothy, es un caso de estudio en sí mismo. Aunque el libro repite de forma casi trillada que su madre nació con una pierna quince centímetros más corta que la otra, esta reiteración funciona como una obsesión traumática, un ancla de la infancia que la devuelve siempre al hogar dominado por un padre arquitecto, castrante y abusivo. Yuknavitch logra que el lector se pregunte, página tras página, cómo es posible que una persona sumergida en tal nivel de autodestrucción, alcohol y pérdida, logre mantener la lucidez necesaria para alcanzar un doctorado y dar clases de estudios de género y ficción narrativa. La respuesta parece estar en esa frase clave del libro: “Cogí mi mierda de vida llena de penas y la convertí en escritura”.
La transición hacia la madurez en el libro se narra a través de la humedad. La Parte III, titulada precisamente así, nos devuelve a la infancia para explicar el origen de la herida: la violación y los abusos constantes del padre, lo que la lleva a la comprensión de que sentirse “debajo del agua” es su estado natural de fascinación. Yuknavitch utiliza referentes literarios potentes, mencionando a autoras como Marguerite Duras o, especialmente, Kathy Acker (“no puedes saber lo común que es que un padre viole a su hija”), cuya influencia se nota en la voluntad de transgredir lo convencional y hablar de lo tabú, como el incesto o la violencia física, sin los filtros del pudor social. Su estilo no busca agradar, sino sacudir. La autora se define a sí misma como una “misfit” (inadaptada), un concepto que años más tarde la llevaría a la fama a través de su charla TED, pero que en estas páginas se siente como una herida abierta y sangrante.
Hacia el final de la obra, la narrativa se vuelve un ejercicio de honestidad sobre sus matrimonios y su camino hacia la estabilidad con Andy Mingo, su antiguo alumno; diez años menor que ella, con quien llega a tener un hijo, Miles. El capítulo “Destilado”, bajo la égida de los saltos cronológicos que caracterizan la obra, es quizás el ejemplo más crudo de cómo el tiempo se deforma bajo el peso del maltrato y el alcoholismo: una progresión de once años de matrimonio con Devin, su segundo marido, resume la erosión de dos personas que alguna vez se amaron. A pesar de la oscuridad, hay un hilo de esperanza poética: el regreso constante a la imagen de su madre, los encuentros con escritores que resultan ser sus “gemelos” creativos y la aceptación de sus propias sombras.
La cronología del agua, a fin de cuentas, es un libro sobre la natación como metáfora de la resistencia, sobre el lenguaje como herramienta de reconstrucción y sobre el agua como el elemento donde todas las penas se disuelven o se magnifican (y también como símil —lo húmedo— de la abundancia de encuentros sexuales). Lidia Yuknavitch no nos ofrece una lección de vida; nos ofrece sus vísceras convertidas en prosa (actualmente enseña un taller llamado “Escritura corporal” con su propia organización), recordándonos que, aunque estemos debajo del agua y el aire falte, siempre hay una manera de escribir el camino de vuelta a la superficie.
—————————————
Autora: Lidia Yuknavitch. Título: La cronología del agua. Traducción: Rocío Gómez de los Riscos. Editorial: Cicely. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: