Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 2 de junio de 1936: En la plaza de Cascorro
Lo que no es de recibo, Pepe, es lo de Écija. Si siguen así, caballeristas y prietistas van a acabar como los socialistas y sindicalistas de Málaga. Esto es una guerra abierta dentro del partido. El propio Prieto se ha salvado de milagro. Igual que Santiago Carrillo en Chamberí. Encima, en Madrid tenemos huelga de la construcción, huelga de ascensoristas y calefactores, huelga de camareros. Y fuera de aquí está arrancando la huelga de mineros en Asturias, y la de dependientes de comercio en Barcelona. Yo sé que tú eres optimista, Pepe, pero yo lo veo todo muy mal.
—No lo sé, Basilio. No sé qué pensar.
Se sentaron en un banco con el bocadillo de chorizo envuelto en papel de estraza que traía cada cual de casa. Hacía buena temperatura. A su alrededor, otros funcionarios y algunas chicas aprovechaban el descanso. Se hacía raro ver tascas cerradas. Cada poco pasaba un grupo de obreros de la CNT o la UGT, con el ceño fruncido y pistolas a la vista. Se aseguraban de que no hubiera esquiroles. Con el paro de la construcción, un socavón reparado por trabajadores municipales seguía protegido por dos vallas, abandonado.
—Si es que no se puede seguir así, Pepe. ¿Te ha dicho algo tu amigo Navarrete de cuánto puede durar la huelga de la construcción?
—La semana pasada, cuando hablé con él, dijo que semanas.
Mañas sabía que su compañero en la Escuela de Arquitectura le envidiaba sus amistades. Basilio vivía en una buhardilla no muy lejos, en la calle de la Sal. Cerca de Pontejos, frente al cuartel de la Guardia de Asalto. Vivía con su madre, que hacía la limpieza en casas del barrio de Salamanca. A los diez años Basilio se fue a vivir a Toledo, con la familia materna. Y volvió con los veinte recién cumplidos, una vez sacada la oposición, con plaza en Madrid. En realidad era un solitario y sus compañeros sabían poco de su vida, más allá de que tenía una novia, dependienta de una tienda de la calle Mayor, con quien se le veía los fines de semana paseando, como tantas parejas, por la calle de Alcalá o el Retiro.
—Yo lo único que veo, Pepe, es que, como dice Unamuno, esto de la República va mal, muy mal —concluyó Basilio.
Y dio un nuevo mordisco a su bocadillo.


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