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Están mal pintadas

Están mal pintadas

Hoy no llueve y no es verano, y tampoco tiene pinta de que vaya a tomarme un vaso de leche con galletas Chiquilín, pero me he acordado de mi amigo Carlos y del verano y de las tardes de lluvia en su cocina.

Subíamos cuando ya no quedaba otra que dar por terminado el partido al caer las primeras gotas. Nos sentábamos en el suelo frente a la tele que estaba en alto, nos servíamos unos vasos grandes de leche y Carlos sacaba las Chiquilín.

Me he acordado del verano, de la lluvia, de Carlos y de las galletas. Pero sobre todo me he acordado de Mercedes, la madre de Carlos. Porque para sacar la merienda nos bastábamos nosotros, pero era Mercedes quien cogía el mando de la televisión y dictaba sentencia sobre qué veíamos aquella tarde pospartido. Había unos dibujos en particular que nunca nos dejaba ver y cuando por casualidad aparecían en la pantalla, solía ser Jorgito, el hermano pequeño de Carlos, quien manifestando el ansia por lo prohibido que el resto reprimíamos, decía: «Yo quiero esto». Mercedes no tardaba en acallar el ruego con un: «No, esto ni hablar» o similar.

Una tarde yo le pregunté a Carlos, en voz no lo suficientemente baja, por qué su madre no dejaba que viésemos aquellos dibujos en particular y sí La banda del patio y muchos otros. Inmediatamente, se oyó a Mercedes decir desde el pasillo: «Porque esos son muy feos, Antonio».

"Cuánto influyó en Peter aquella discriminación de su artístico padre no podemos saberlo. Pero con poco que fuese ya sería relevante"

Me he acordado, también, de Borislav y de su hijo Peter. Borislav era un pintor y pianista yugoslavo que llegó a Nueva York justo antes de empezar la Segunda Guerra Mundial. En más de una ocasión, he oído contar a su hijo Peter cómo de pequeño su padre le tenía prohibido leer tebeos que no fuesen de Walt Disney o de la Warner.

Peter, que adoraba los tebeos, no daba crédito cuando Borislav le quitaba uno, y el día que por fin preguntó a su padre pintor por qué el resto no podía leerlos, este le respondió: «Están mal pintados».

Cuánto influyó en Peter aquella discriminación de su artístico padre no podemos saberlo. Pero con poco que fuese ya sería relevante, porque su hijo Peter, además de llevar su apellido, Bogdanovich, se dedicó al cine. Hizo películas que iban a los premios Oscar, fue uno de los precursores del Nuevo Hollywood de los años sesenta y setenta, y logró, a través de sus libros, que el mundo del cine y sus estrellas nos quedasen más a mano. Peter, en definitiva, era un artista, y aunque no sabemos qué vio en los tebeos de la Warner y Walt Disney siendo niño, sin duda estaba bien pintado.

Aquellos dibujos proscritos de mi infancia, como los tebeos de la infancia de Peter, estaban mal pintados y eso era suficiente. Suficiente para ver otros dibujos y leer otros tebeos. Borislav lo sabía en el Nueva York de los cuarenta y Mercedes lo supo después en el Madrid de los dos mil. Yo lo sé, en parte, gracias a ellos, y lo he recordado de nuevo esta noche, cuando después de estar escribiendo el guion que me ocupa estos días, he preparado unos espaguetis y me he puesto una película que me había recomendado mi amigo Luis.

Al rato me he visto obligado a quitarla y a escribir a Luis echándole en cara la recomendación.

Ahí todavía no me había acordado de las Chiquilín. Entonces, Luis me las ha recordado cuando ha contestado con este mensaje a mi reproche: «Sí, es una mierda de película, pero no está mal para pasar el rato».

"Creo que no hay mayor paternalismo en el arte que el del que llama «arte de masas» al arte peor"

Y esta es la tragedia; lo fue en los cuarenta en Nueva York y lo es todavía hoy en Madrid. Porque sí, sí que está mal para pasar el rato. Y Borislav y Peter y Mercedes lo sabían, y Carlos y Jorgito y yo lo aprendimos en la cocina, pero Luis no tuvo la suerte de estar ahí aquellas tardes de verano. Porque no recuerdo nunca sacar un brik de leche cortada y unas galletas con moho y decirle a Carlos que «no estaban mal para pasar el rato». Al contrario, la leche, las galletas y  hasta el lugar donde nos sentábamos cada uno… todo lo cuidábamos para disfrutar de aquel rato. Aquel rato que era nuestro.

Oigo mucho más de lo que sería recomendable las palabras «mierda» y «malísima» referidas a películas, y creo que en parte es culpa de los que hacemos las películas, y en parte de los que las vemos. Porque cuando busqué la película que me había dicho Luis, a la segunda letra, la plataforma entre sus recomendaciones incluía Al servicio de las damas, y he pensado «¡qué buena!», pero he seguido escribiendo en busca de la película de mierda. Es culpa de los que las hacemos por hacerlas, eso está claro. Pero es culpa, también, de los que las vemos por seguir viéndolas y recomendándolas, porque así seguimos diciéndoles: «Haced más de esta mierda. Olvidad a Mercedes y olvidad también los tebeos de Peter. Queremos la leche cortada y las galletas rancias».

A menudo, cuando se habla de «películas de mierda» las encontramos vinculadas a expresiones como «cine comercial» o «arte de masas», como eufemismos para excusar la falta de calidad en una obra artística, para bajarla de escalón; así te evitas compararla con esas otras, las grandes obras, las nada comerciales, para las que a la masa no le alcanza. Terrible realidad social lo que esto esconde. Creo que no hay mayor paternalismo en el arte que el del que llama «arte de masas» al arte peor. Paternalismo ignorante, además, porque en cuanto al arte, todos somos masa. El arte es humano.

"Pareciera que el ciudadano medio, el de la masa, no tiene paladar para lo realmente bueno. La masa traga lo que le eches"

De este modo, pareciera que el ciudadano medio, el de la masa, no tiene paladar para lo realmente bueno. La masa traga lo que le eches. Por eso, lo que consideramos peor lo denominamos propio de la masa.

He pasado los últimos doce años de mi vida diciendo que la mejor película que he visto es Doctor Zhivago (1965). La octava película con mayor recaudación en taquilla de la historia del cine. Manifiestamente comercial. Mucho debe de haber cambiado desde entonces. Fue de masas y en la actualidad entraría en la categoría de solo apta para entendidos.

Mal. Cualquiera, sea cual sea su condición, es sensible a la calidad artística, y por tanto capaz de disfrutarla y reconocerla. Creo, de hecho, que es connatural al ser humano, pero también sé que si al mismo ser humano le niegan los platos ricos o se los alejan con etiquetas, se acostumbrará a coger lo peor del menú. Porque si no te dicen dónde sentarte en la mesa, acabas pensando que no te lo dicen porque tú no has de sentarte, porque tu sitio está fuera de la mesa, donde sólo puedes coger de lo que dejan caer los que sí se sientan a la mesa. Cuando la realidad es que todos tenemos nuestro sitio en la mesa, te lo dan junto con el carnet de ser humano.

"Eliminemos la aspiración, la ambición artística, que es lo mismo que decir humana. ¡Qué peligro!"

Esto es lo que parecemos haber olvidado, y las consecuencias del olvido son tan terribles como gloriosos son los efectos de no olvidarlo. El producto humano de una sociedad es mejor cuanto más alto se pone el listón culturalmente. Mejor también significa más libre. «Es por la belleza como uno llega a la libertad», decía Friedrich Schiller en Cartas sobre la educación estética del hombre. Pero claro, para elegir ir a ver una tarde el Jardín de las Delicias del Bosco o Venecia, desde el pórtico de la Virgen de la Salud de Turner, primero tienes que querer hacer eso en concreto por encima de todas las demás opciones, y después hacerlo. Es decir, necesitas preferir y a continuación elegir aquello que prefieres. Y sí, hay comparación en la preferencia. Si te entierran la cabeza en el no preferir, en el que todo merece el mismo nivel de admiración y, por lo tanto, nada es criticable, inevitablemente terminas no yendo al Museo del Prado, ni al MET ni a ningún sitio por ti mismo. Porque hoy lo mejor no existe en pos de que nada sea lo peor. Eliminemos la aspiración, la ambición artística, que es lo mismo que decir humana. ¡Qué peligro!

Evidentemente, todos los grandes pensadores y artistas de la historia, así como los no tan grandes ni tan artistas, al igual que Borislav y Mercedes, y Peter y yo, sabemos que hay películas, cuadros, canciones, esculturas, obras de teatro y libros enteros que, aun hechos con la mejor de las intenciones y la mayor de las ambiciones, son una mierda. Pero los hay también que no lo son. Yo quiero esos. Esos que también son para todos. Siempre.

¿Y cuáles son? De eso puede escribir cada uno su propio artículo y a unos pocos les pagarán por ello y a unos pocos más les llamarán críticos. No a mí. A mí me toca hacer películas, al menos algunas noches. Otras noches, como esta, me toca volver a calentarme los espaguetis y sentarme a ver Breaking Away (1979) porque está genial para pasar el rato, además de muy bien pintada.

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Imagen de portada: CIRCUS MUSICIANS II, 1937, de Borislav Bogdanovich

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