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3 de junio de 1936: Las pizarras de la huelga

3 de junio de 1936: Las pizarras de la huelga

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 3 de junio de 1936: Las pizarras de la huelga

Albañiles, acuchilladores, entarimadores, carpinteros, soladores, escayolistas, estucadores, esparteros, cañistas, empedradores, fontaneros, vidrieros, fumistas, ferrallistas, electricistas, marmolistas, pintores, decoradores, poceros, peones, tejeros, ceramistas… La huelga alcanzaba a todos los oficios de la construcción, además de ascensoristas y calefactores, sector afín que también reclamaba mejoras. Y coincidía con la protesta de camareros en marcha, a lo que se juntaría, en breve, la de los mineros asturianos.

Desde el lunes, Ángel Navarrete y el resto de delegados de la CNT se pasearon por los barrios en una camioneta, vigilando que no hubiera ningún tajo en marcha. Y hoy acogían a los afiliados que llegaban con la preocupación de los primeros días de conflicto a los locales del Sindicato Único de la Construcción, en la estrecha calle de la Luna, cerca de San Bernardo y Gran Vía. Era el momento de compartir un pitillo y comentar noticias con los secretarios de los comités de huelga que andaban reunidos o que, como él, permanecían junto a la pizarra instalada en la calle. Había chispeado de madrugada, pero ya abría el día y muchos estaban en mangas de camisa.

—En tres jornadas de paro no se ha visto ni a un esquirol, compañeros. Si seguimos así, la victoria es segura.

—¿Y las negociaciones, Navarrete? —preguntó un joven, cruzado de brazos.

El líder anarquista contestó con viveza.

"¿Sabes por qué vamos a ganar? Porque los camareros están en huelga. No hay ninguna taberna abierta"

—Los compañeros camareros estuvieron el lunes en Gobernación con los patronos. Ya sabréis que los camareros de la UGT han pactado. Por eso, los nuestros están reunidos en el teatro Pavón, discutiendo si continúan la huelga o aceptan también las condiciones. Seguramente mañana haya tabernas abiertas. Pero lo que es la construcción, no se verá a nadie en el tajo. Haceos a la idea de que va para largo, muchachos.

—¿Os enterasteis de lo que dijeron los compañeros Santiago Carrillo y Largo Caballero en Zaragoza?

Después de los incidentes de Écija, las alusiones cruzadas en los mítines sociales cobraban un relieve especial, en esa guerra abierta que mantenían prietistas y caballeristas. Todos estaban al tanto, y Navarrete torció el gesto.

—Ese Santiago Carrillo pretende absorber las Juventudes Libertarias, pero no lo conseguirá. Los confederales le hemos visto las orejas al lobo comunista. A nosotros no nos camelará. De todas maneras, debemos concentrarnos en la huelga, compañeros. No es momento de politiqueo.

En la fachada del edificio, igual que en la Casa del Pueblo, había una enorme pizarra. Navarrete, con un cacho de tiza que sacó del bolsillo, empezó a escribir: «TODOS LOS COMPAÑEROS QUE TRABAJAN CON MÁQUINA EN LA INDUSTRIA DE LA EDIFICACIÓN DEBEN SEGUIR LAS ÓRDENES DE LOS DELEGADOS. RECOMENDAMOS OBEDECER SOLO INSTRUCCIONES QUE EMANEN DE RESPONSABLES DE NUESTRA ORGANIZACIÓN…». Cada vez que alzaba la mano, se levantaban los faldones del chaquetón de pana y se le veía el pistolón al cinto.

—¿Sabes por qué vamos a ganar? —guaseó alguien a sus espaldas—. Porque los camareros están en huelga. No hay ninguna taberna abierta.

Algunos hombres se rieron.

El día había salido gris, tristón. Estaba siendo una primavera muy pluviosa.

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