Debajo de la nieve, como bajo el rumor de la marea, como dentro de algunos equipajes, se remansa lo que los primeros ojos no descubren. Bajo este relato tan poco extenso —de aparente sencillez, como una narración infantil, de voz ingenua casi, de título sin secretos— recorren el fondo de su arena temas y circunstancias de bastante complejidad. El duelo, la culpa, la sustitución afectiva, la reconstitución de la familia y un caso singular de cómo podrían convivir entre las paredes del corazón memoria y presente. Esas sugerencias las suele conseguir apuntar la literatura, el valor literario de unos párrafos. Y el coraje silencioso de señalar dónde no está precisamente el corazón.
En efecto: me estoy refiriendo a «Vanka», una pieza magistral de un cuentista de 26 años: Chéjov. Inolvidable personaje ese niño.
Para mí, otro nombre de cuento inolvidable es «Jonás», de Angelina Lamelas Olaran. «Jonás Martín Bedia, alias “Muergo”», que «llegaba todos los días al instituto con ocho minutos de retraso». Uno de los diez cuentos más bonitos en lengua española que he leído en mi vida. En serio. Digo bonito con plena consciencia. Aunque los sabios lexicógrafos del Diccionario de la lengua española lo hacen proceder de un diminutivo de bueno. Ojalá. Pero se han registrado en la epigrafía, es decir, en inscripciones en piedra, metal, cerámica o incluso hueso, en materiales duros y tal vez perennes, formas como Bonittus y Bonitta. Posiblemente, nombres. Derivados de bonus, o sea, de bueno, pero no diminutivos sino sufijos. Sufijo -itus. Suena a cierto. Vete a saber. El caso es que bonito admite relacionarse con la bondad, en formas tirando a pequeñas aunque no encogidas ni acogotadas. La bondad es una cualidad suprema de personas, perros, almohadas, manantiales. Sobre todo, seres que palpitan con la vida. Descubrimientos, siempre.
Bondadoso es este narrador que no parece haber llegado de lleno a la pubertad, a pesar de confesar unos trece o catorce años. Buenos son aquí todos los personajes. Hasta demasiado buenos: la madre era irreprochable; el padre, un «padrazo»; no digamos la nueva pareja, y Lola, con sus cinco añitos blancos, dechado de perfecciones.
Lo que pasa es que no hay indiscutibles tensiones humanas entre personajes tan peripuestos. Y sin conflicto… ¿qué? Pero doña Angelina, de Santander, maestra y periodista, escritora desde los dieciséis años —edad a la que recibió el premio europeo de la Alianza Francesa con un trabajo sobre su paisano José María de Pereda—, sabe encontrar nudo narrativo. La lucidez emocional y las dotes verbales del narrador le llevan a ser consciente de la ambivalencia en depende qué tramos de la vida. La posibilidad de que algo tenga dos valores distintos. Y le conducen a plantearse un interrogante central. Cuida el recuerdo de su madre, le duele traicionarla… parece notar los primeros embates de celos y de dudas… pero también desvenda su entorno y comprueba una certeza universalmente humana: el afecto y la necesidad de reponer una vida familiar en lo que aún queda por vivir. Catorce sensatos años. Quizá alguien objete que esa edad le resta al relato profundidad y realismo. Y sin embargo planean las preguntas capaces de hacer detonar una narración valiosa: ¿Puedo aceptar a otra madre sin traicionar a la mía? Propia de un precoz jugador de ajedrez. Más allá de la dualidad feroz del todo o nada, «O plata o plomo», la desastrosa separación sin puentes ni concordias. El cuchillo que sirve para alimentarse y compartir o para quitar la respiración a un semejante. El coche vertiginoso que nos planta en otra ciudad o puede anularnos todos los trayectos.
Quienes ven el mundo desde el afecto interpretan la realidad emocionalmente. Y, como tantas y tantas veces hemos leído, el personaje con más parientes en el escenario puede acabar siendo el miedo en todas sus versiones. Pero Ricardo, como un león, soluciona la dicotomía: no consiste en prestar ni en que te presten, se trata de ganar. Yo gano y tú ganas. Win-win. Ganas tú y el género humano. Todos los escaques del tablero amontonan el doble de granos de arroz. No es ingenuidad, es inteligencia. Ingenio. El puzzle, la lubina, la ventana que se comunica con el cielo abierto, sentarse en las perneras del pantalón, el cierre de los aplausos… forman, con discreción, símbolos para la nueva familia.
Pueden leer ustedes narraciones breves de doña Angelina Lamelas en su recopilación Cuentos de la vida casi entera, prologados por Medardo Fraile. O su novela La donación, conmovedora, su libro más reciente, que yo sepa.
El padre del padre de Angelina era el maestro de Forcas, «una parroquia y un lugar del municipio español de Parada del Sil, en la provincia de Orense». Como escribió ella, «un pueblo tan perdido que, por no tener, no tenía ni carretera». Séptimo de nueve hijos, el padre de Angelina salió hacia Cuba a los catorce años, desde aquel pueblo sin «carretera ni luz, carne de Pascuas a Ramos y ningún capricho». Pero le gustaba tanto leer y tanto Shakespeare que a su perro le puso el nombre de Lear. Volvió a Orense para estudiar. Y llegó a ser médico, discípulo de don Gregoria Marañón. En ese libro de «vidas casi enteras» y recorridas hasta los últimos centímetros, esta hija suya reaviva la biografía admirable de este hombre. Alguien como Jonás Martín Bedia. Como Chejov. O como los que juegan al mandarín. A ver si aprendo.
*****
Dos madres
Acababa de cumplir diez años cuando me quedé sin madre. Para colmo, soy hijo único. Menos mal que tengo un padre como un castillo, un padre consentidor y amigo, de los que resuelven todas las dudas y te regalan un tren eléctrico, aunque no sea tu cumpleaños. También me quedaron dos abuelas y un abuelo, con los que juego al dominó, al mandarín y al ajedrez.
Mamá era un cielo y me contaba muchísimas historias. Íbamos a misa juntos todos los domingos y fiestas de guardar. Nunca conocí a una persona a la que le gustara tanto reír. Se vivía muy bien con ella.
Me llamo Ricardo, porque lo eligió mi madre. Siempre dijo que Ricardo Corazón de León era su héroe favorito. Cuando jugábamos al ajedrez, me ganaba, pero a veces hacía algún movimiento en falso para que quedáramos en tablas
Escribía versos sobre el mar y los grandes trasatlánticos. Había sido azafata de una compañía naviera.
Bueno, pues ahora voy a contar la verdad verdadera, lo que pasó cuando ella murió. Mi padre siguió siendo un padrazo conmigo, pero un padrazo tristón, que ya no sonreía tanto, qué va. Tuvieron que pasar tres años y medio, cuando un día empecé a verle como antes y descubrí que había alguien, y ese alguien tenía una niña de cinco años que se llamaba Lola.
Ella me prestó a su madre y yo le presté a mi padre. Algunas veces me quedaba pensativo un rato largo: ¿Estaría bien tener una madre prestada?
Si desde el otro mundo se nos puede ver, ¿no estará pensando mi verdadera madre que me había consolado demasiado pronto? Lola era una niña guapa, cariñosa y divertida, y mi padre parecía su verdadero padre, de los que cuentan historias muy bonitas para que los niños se duerman. Yo había llegado a pensar si él querría a mi hermana postiza tanto como a mí. Y se lo pregunté:
—¿Se puede querer a un hijo postizo como a uno auténtico?
Me respondió que no. Y me estuvo hablando un rato largo sobre los genes y la consanguinidad. Lo entendí, porque yo tenía mucha costumbre de hablar con mayores.
En ese momento llegó Lola y se sentó en las rodillas de mi padre como si fuera el suyo. La consanguinidad empezó a perder fuerza y todos los genes armaron tal jaleo que se salieron de sus casillas.
—Me rindo —dijo Lola.
Entonces fue cuando yo dije:
—Venga, te presto a mi padre para toda la vida.
Ella me dio un beso de niña feliz y me conmovió.
Cuando llegó su madre, nos vio hacer un puzzle de los que se tarda días en terminar y a veces no se acaba nunca.
Ella me preguntó:
—¿Te gusta la lubina al horno para cenar?
Y yo contesté:
—Con patatas a la panadera de guarnición. De las cosas que más —dije, y se me hizo la boca agua, porque estaba en mi lista particular de platos preferidos y no lo comía desde los tiempos de mi madre.
Se me fue una mirada al cielo a través de la ventana del salón, que era una manera de pedir disculpas a mi madre, lo mismo que decirle:
—No creas que te olvido, mamá. Papá me ha dicho que la vida sigue. Como verás desde arriba, papá tiene una novia guapa y buena. Y lo mejor es Lola, la hermana que nunca tuve.
Nada como lo que pasó después. Mamá aplaudió y se quedó mirando desde arriba cómo terminábamos el puzzle.
No se lo conté a mi padre, porque no es la primera vez que me llama cuentista, y se lo dije a Lola, porque está en la edad de creerlo todo. Ella aplaudió y dijo:
—Me gusta que tengamos dos madres. ■


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