Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 9 de junio de 1936: Los patronos amenazan con cerrar
El comité conjunto de huelga del Sindicato Único de la Construcción y de la Federación del Trabajo de la UGT acudía al Ministerio de Trabajo, en pleno paseo de Recoletos, a reunirse con el subsecretario Casanellas. Mal afeitados y con monos azules, los representantes esperaron un rato antes de pasar a la sala de reuniones donde se distribuyeron en torno a una enorme mesa.
—Bien, señores. Ante el cariz que toma su protesta, el señor ministro se ha preocupado de convocar de nuevo a la patronal. Esta ha abandonado su terca negativa a negociar y, ablandados por nuestros ruegos, proponen un primer acuerdo.
—Oigámoslo —dijo Cipriano Mera, que como jefe de los anarquistas de Madrid fue el primero en tomar la palabra. Los socialistas parecían aceptar su jerarquía.
El subsecretario los miró a todos con cierta precaución.
—Un aumento del cinco por ciento para oficiales y del diez para categorías inferiores. Jornada de cuarenta horas y que los litigios se resuelvan en un jurado mixto, no directamente con ustedes… Yo entiendo que no es un gran avance —añadió, viendo que se sucedían resoplidos de incredulidad—, pero es un primer gesto.
Aunque la huelga tenía dirección única, se empezaban a notar las diferencias entre confederales y ugetistas. Por el momento, primaba la filosofía anarquista: unidad absoluta de los trabajadores. No obstante, hoy mismo se reintegraban al trabajo, aunque fuera a regañadientes, los compañeros camareros de la CNT, resignados a las condiciones aceptadas días atrás por la UGT. Eso dejaba heridas en la entente social-cenetista. Tampoco ayudaba que anduvieran a tiros los dos sindicatos en Málaga. Con todo, aún seguían hermanados en la construcción. Y, sobre todo, ascensoristas y calefactores. Los patronos, pese a las sanciones gubernativas, mantenían cerrados talleres y fábricas.
—Yo entiendo perfectamente sus reivindicaciones. Las considero justas —continuó el funcionario—. Pero ustedes también deben comprender el esfuerzo que supone para la patronal unas condiciones que pueden llevarlos a la quiebra.
—¡Un aumento del cinco por ciento! —se indignó Ángel Navarrete—. Después de una semana de huelga. ¿Nos están tomando el pelo, o qué demonios se creen?
—Con condiciones así, no merecía la pena hacernos venir —dijo Cipriano Mera. Y se puso en pie. Se caló la boina—. De todas maneras, aceptaremos la mediación gubernativa. Si los patronos lo estiman, no tienen más que decir dónde y cuándo quieren reunirse directamente con nosotros. Que pase usted un buen día, señor subsecretario.
Los demás le imitaron malhumorados.
La CNT abandonó la sala. Los ugetistas, en cambio, permanecieron intercambiando impresiones con el subsecretario. «Tenemos enfrente a la patronal más reaccionaria y fascista del mundo», murmuró Cipriano Mera disgustado, según se alejaba.


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