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10 de junio de 1936: José Antonio en la cárcel de Alicante

10 de junio de 1936: José Antonio en la cárcel de Alicante

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado, 10 de junio de 1936: José Antonio en la cárcel de Alicante

Fue la primera vez que salían al patio.

El sol era potente, de una intensidad africana. Se notaba que estaban más al sur que en Madrid. Había una gran luminosidad, el aire era muy limpio. Eso, para los hermanos Primo de Rivera, resultó agradable desde el primer momento. Nada más salir del automóvil, ambos respiraron con fuerza. Ahora, los dos morenos y con aspecto razonable, se dedicaban a dar una vuelta en torno al patio, reconociendo su nuevo hábitat y evitando la mirada de los demás presos.

—Lo importante es que estamos vivos, José Antonio.

Cuando los sacaron de la Cárcel Modelo sin prevenirles, temieron que se les fuera a aplicar la temible «ley de fugas». Lo mismo pensó el resto de falangistas que alborotaron la cárcel mientras que José Antonio, revolviéndose según lo arrastraban esposado por los pasillos, montaba en una de sus cóleras bíblicas y cargaba, con rostro desencajado, contra Azaña y Casares Quiroga. Sus protestas quedaron un tanto deslucidas cuando se vieron, él y su hermano, en el coche celular y, a medida que se alejaban de Madrid, comprendieron que se trataba realmente de un traslado.

"Debemos estar preparados. Hay que hablar con los demás, hermano. Hemos de asegurarnos de que todos nuestros hombres estén en pie de guerra y debidamente encuadrados"

De madrugada llegaron a Sevilla y en torno al mediodía ya estaban en el penal del Puerto de Santa María. Allí los tuvieron unos días. Posiblemente para despistar sobre su paradero y evitar, con el rodeo, ser atacados por el camino.

El caso es que llegaron a Alicante y ya después del desayuno fueron conducidos al despacho del director de la cárcel, don Teodorico Serna Ortega, un hombre amable que les dio a entender que haría todo lo que estuviera en su mano para que su estancia fuera lo menos penosa posible. Acto seguido bajaron juntos al patio, donde procuraron analizar la situación. Hoy seguían con ello.

—Yo lo tengo claro, Miguel. Hay que enviar un mensaje urgentísimo a Mola y a los tradicionalistas de Fal Conde y Rodezno. Esto no se puede demorar.

—No es tan fácil ponerse todos de acuerdo, José Antonio.

—Ellos tardarán lo que sea, pero nosotros debemos estar preparados. Hay que hablar con los demás, hermano. Hemos de asegurarnos de que todos nuestros hombres estén en pie de guerra y debidamente encuadrados. Los de primera línea en escuadras, y en células el resto. Es imprescindible que ni uno solo se encuentre aislado, sin instrucciones. Tienen que estar todos listos para el alzamiento, que no puede demorarse mucho.

—Son los tradicionalistas y Mola, con sus divergencias, quienes lo retrasan todo.

—Reparos burocráticos de los militares, Miguel. No se dan cuenta de que estamos tan bien preparados como ellos. Y lo que falte en preparación lo compensaremos con entusiasmo. Aun así, no podemos precipitarnos, porque eso implicaría la total desaparición del movimiento. Necesitamos el respaldo del Ejército. ¡Qué pena que no nos tomen en serio! Los militares nos consideran un elemento auxiliar de choque, una especie de milicia juvenil. Pero nosotros les demostraremos que somos más que eso. Por el momento, hermano, hay que escribir a todos en Madrid dejando claro que estamos sanos y salvos y poniéndolos al tanto de nuestra disponibilidad absoluta para cualquier acción armada que se atreva, de una vez por todas, a acabar con esta farsa de la República —concluyó José Antonio.

Y se detuvo, para escupir al suelo.

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