Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 11 de junio de 1936: Los tradicionalistas y el general Mola
Siéntese y relájese, buen hombre. Está usted en el palacio de Capitanía, bajo mi autoridad. He dado orden de que nos dejen tranquilos. Ya tengo noticias de que han descubierto un alijo de uniformes de guardia civil en Madrid. Supongo que el señor Fal Conde y su amigo González de Gregorio andarán nerviosos con el ruido que suscita el asunto. Pero no se preocupe, aquí podemos hablar tranquilamente. Dígame, señor Zamanillo, qué noticias tiene que transmitirme.
—Si me permite un momento.
—Claro. Lea usted tranquilamente, general. Tómese el tiempo que necesite.
—Hum. Las medidas de orden público son evidentes. Derogación de la Constitución de 1931 y disolución de cualquier partido político y sindicatos, con la lógica incautación de bienes y expulsión de dirigentes. La proclamación de una dictadura temporal de índole social y orgánica, pase. La bandera bicolor sigue siendo un problema, pese a la insistencia de Sanjurjo, a quien encuentro muy influenciado por ustedes. Pero esto de la dirección suprema de un Directorio donde uno de los miembros sería militar y los otros dos consejeros civiles designados previamente por ustedes los tradicionalistas… lo veo un tanto excesivo, ¿no le parece? ¿Es posible saber cuáles serían, dentro de este esquema, las funciones de cada cual?
—Por supuesto, general. El presidente se encargaría de todo lo concerniente a la seguridad nacional. De los consejeros, uno quedaría al frente del Ministerio del Interior y la administración territorial: ayuntamientos, diputaciones, regímenes forales, corporaciones. El otro tomaría a su cargo el Ministerio de Educación, supervisando además propaganda, prensa y relaciones con la Iglesia. Por debajo, también habría un gabinete de ministros de carácter técnico, escogidos entre personas capacitadas. La nota, desde luego, no es un programa completo, sino un acuerdo de mínimos.
—Ya me imagino. El presidente doy por hecho que sería Sanjurjo.
—Eso es innegociable, general. Él mismo se nos ha propuesto, y los tradicionalistas estamos de acuerdo. De los dos consejeros, estaríamos dispuestos a permitir que se pusiera al frente del Ministerio del Interior y la organización de corporaciones territoriales a José Antonio Primo de Rivera, actualmente en la cárcel de Alicante y con quien hemos entrado en contacto. Se le ha hecho la propuesta, y ha dado su conformidad.
—Supongo que se dará usted cuenta de que las condiciones que me trae son totalmente inadmisibles.
—¿Por qué razón?
—Porque nos harían prisioneros de cierto sector político en el momento de la victoria. El Ejército no puede en forma alguna hipotecar el porvenir del nuevo Estado. No puedo entregarles un control casi total a los tradicionalistas.
—¿Es ese el mensaje que debo transmitir al señor Fal Conde?
—Dígale que apreciaría que se acerque a verme en persona. Creo que se pueden plantear alternativas a estas condiciones. Si ustedes se muestran flexibles, podemos llegar a un compromiso. Pero, por el momento, me temo que estamos lejos de haber llegado a ello. No era esto lo que yo me esperaba, desde luego.


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