El pasado 26 de mayo, Miles Davis, más vivo que nunca, cumplió los cien. A Miles le han llamado de todo. Padre del jazz moderno, asesino de Louis Armstrong y comadrona del parto que alumbró a John Coltrane, otro santo varón.
Cuando era chico mi madre ponía a todas horas los discos del quinteto de Miles en Prestige, los Cookin’, Relaxin’, Workin’, Streamin’ y etcétera, singularmente la cara A del Cookin’, que se abría con el “My Funny Valentine”. Aún conservo el viejo tocadiscos estéreo que mi padre acarreó un día desde Hamburgo. Era marino, como Simbad, y un par de veces al año volvía con un tesoro, normalmente discos de jazz que adquiría en ciudades portuarias de la costa este de los Estados Unidos—, Baltimore, Boston, Filadelfia, sobre todo—. También trajo algún disco de Dino Martin, un magnífico embaucador que entre Jerry Lewis y Frank Sinatra se hizo un hueco jugando a que era italiano. Mi padre se moría de risa, pero callaba porque a su chica, o sea, mi madre, le encantaba cuando Dino cantaba “Arrivederci Roma” en italiano macarrónico con su vozarrón atenorado y su acentazo del medio Oeste. Los dos entonces bailaban y yo, que debía ser muy pequeño, los miraba y los veía girar, girar y girar mientras no sólo sonaba Dino Martin, sino Billy Haley, Louis Armstrong, Cannonball (qué gran nombre) y hasta Elvis, que hoy se me antojan todos figuras de colorines de un gran guiñol infantil.
En 1957, cuando a Miles se le acabó la vida en Prestige, se fue a tocar en los garitos de Saint-Germain, en la orilla izquierda de aquel París en el que Jack Lemmon era gendarme, Juliette Greco la musa de Davis y Belphégor un fantasma. También andaba por allí George Gershwin con la partitura (y las míticas bocinas) de su suite sinfónica sobre un americano perdido en París. Fue entonces cuando apareció el ascensor que llevaba a Maurice Ronet a la guillotina, el Ascenseur pour l’echafaud, es decir, Ascensor para el cadalso, un noir francés, o sea, un peliculón, aunque en aquel momento no fuese más que una expectativa, un copión de trabajo, un positivo guarro en los sótanos de un estudio de sonorización de Billancourt con la banda de ruidos y la de diálogos esperando la de música para mezclar y terminar de una vez. Pero no había manera. Louis Malle, hoy un clásico, era entonces un operador de 25 años que acababa de salir del agua tras rodar El mundo del silencio con Jacques Cousteau y que, sin secarse, se había metido a dirigir un guión que había escrito con un colega en base a una novela que triunfaba entonces en Francia. Y en esas se paró a tomar una copa en el garito donde tocaba Miles. Mientras escuchaba —agotado— se le apareció Nuestra Señora de la Cinematografía, y lo demás es historia. La noche del 4 al 5 de diciembre de 1957, sobre las impactantes imágenes de Henri Decae, Miles “improvisó” una banda de sonido con su trompeta y los cuatro músicos que le acompañaban en el garito: Barney Wilen, Kenny Clarke, Rene Urtreger y Pierre Michelet. El resultado fue tan convincente que la noche del 5 al 6, Louis Malle durmió doce horas de un tirón. Todo lo que Miles aprendió aquellos días intensos cuajaría meses después en un disco de Columbia Records que, dicen, es el mejor disco de jazz que se haya grabado nunca y uno de los mejores de toda la historia de la música. Puede. Yo sigo prefiriendo el “My Funny Valentine” del Cookin’ y lo que Van Gelder le grabó al cuarteto de Coltrane en el Birdland de Nueva York en 1964.
Miles y Coltrane y Cannonball y Parker y Gillespie y todos los demás maestros del bebop, incluido Sonny Rollins, que falleció casi centenario el mismo día del centenario de Miles, eran otra cosa. La quintaesencia de la belleza, puro jazz… tal como se entendía el jazz hasta que Trueba, Ry Cooder y Wim Wenders metieron en la ecuación a los cubanos y nació el latin-jazz, o cómo se diga, y yo me enteré de que existían Celia Cruz, el timbalero Tito Puente y el Buena Vista Social Club, sagrada institución de La Habana, esa ciudad que estos días, asediada por tierra, mar y aire, se rinde a los Dueños de Todo, como Retógenes en Numancia: por pura hambre. Bueno, y ya. “Bowman, cúbrase, que se le ven las vergüenzas”.
San Miles Davis cumplió 100 años. ¡Alabado sea su santo nombre! ¡Aleluya!
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NOTA. En la imagen que ilustra este texto, Miles y Malle flanquean a Marcel Romano, conocido confidente del comisario Jules Maigret y promotor del garito en el que actuaba Miles. Personaje tan anónimo como fundamental (y discreta celestina musical en aquel París noctámbulo), fue quien puso en contacto a Malle y Miles. La imagen bien pudo tomarla cualquier paparazzo de guardia en los pasillos del garito y, a juzgar por la contenida circunspección de los rostros, corresponder incluso al primer encuentro de los tres. Obsérvese el evidente agotamiento de un Malle apuntalado y a punto de caer redondo, vencido por el sueño.


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