Inicio > Blogs > Circunvoluciones > Los papeles de McNamara

Los papeles de McNamara

Los papeles de McNamara

Robert McNamara no fue profesor. Tampoco filólogo ni filósofo. Robert McNamara fue secretario de Defensa. Un importante secretario de Defensa del gobierno de los Estados Unidos de América. Empezó en tiempos del presidente Kennedy, siguió con su sucesor, Johnson, y lo dejó —acosado por la prensa— bajo la hégira de Richard Nixon. McNamara vivió en primerísima persona el desastre de la bahía de los Cochinos, la crisis de los cohetes con Jrushchov, la escalada en Vietnam y lo más crudo de la guerra fría. Aun así, ha pasado a la Historia por cierto informe rebautizado con su nombre.

De la lectura de los llamados Papeles de McNamara se deduce (por lo visto, porque servidor no los ha leído, ya me perdonarán) que las administraciones de Eisenhower, Kennedy y Johnson —es decir, Robert McNamara en sí mismo— mintieron sobre la guerra de Vietnam, una “guerrita” que habría empezado por el miedo —pánico, más bien— a una potencial influencia china en el sur del Pacífico. Una idea absurda (o no), aunque más absurdo aún fue arrasar Indochina para conjurar esa influencia (potencial). El mismo McNamara lo habría señalado, pero como era más fácil continuar, la guerra siguió hasta degenerar en una guerra colonial decimonónica incrustada en mitad del siglo XX. Una guerra colonial tardía que se libró con salvajes bombardeos incendiarios en vez de nobles cargas de caballería y que se relató con cruentas imágenes televisivas de grano gordo en vez de las sentimentales aleluyas romanceadas de toda la vida.

Y, ya se sabe: el medio es el mensaje, etc.

"Con sus picores de conciencia, Ellsberg cambió la Historia, arruinó su prometedora carrera (que bien podría haberlo llevado a la presidencia de los Estados Unidos) y puso de actualidad el viejo dilema de ser cómplice o traidor"

La persona que hizo llegar a la prensa el informe que ha pasado a la historia como los Papeles de MacNamara era un destacado colaborador del secretario de estado. Se llamaba Daniel Ellsberg y cada noche cenaba en su casa con los brutales resúmenes en blanco y negro que servía la televisión. En resumidas cuentas, con las consecuencias del aséptico trabajo de oficina que él hacía por la mañana. Los resúmenes televisivos estaban rodados, encima, con película Tri-X, una emulsión de la prestigiosa casa Kodak tan llena de contraste como carente de matices: demasiado para un alma todavía sin corromper forjada en el estricto puritanismo norteamericano. El valor, la resolución y el talento de aquel caballero, consciente de lo que hacía y —no lo olvidemos— de que se jugaba la horca, animan la tambaleante fe de uno en el bicho humano. Ellsberg tenía cuarenta años y es probable que actuara seducido también por la brillante tecnología que Rank Xerox había empezado a poner al alcance de cualquiera: la fotocopia. Con sus picores de conciencia, Ellsberg cambió la Historia, arruinó su prometedora carrera (que bien podría haberlo llevado a la presidencia de los Estados Unidos) y puso de actualidad el viejo dilema de ser cómplice o traidor, dos alternativas igual de malas. Él eligió la segunda. Su intención era filtrar a senadores y congresistas sus pulcras y laboriosas fotocopias, pero ante la indiferencia de unos políticos con callos en el alma, tiró por la calle de en medio y contactó con un periódico, The New York Times, que con aquel material entre manos se lanzó al ruedo sin encomendarse a la Virgen. Y es lógico: aquello sí que eran filtraciones y no las fifilicheces que nos venden hoy día los “caballeros” de la prensa. Cuando el caso escaló hasta la Corte Suprema y el periódico se vio en dificultades, Ellsberg, que debía ser un resuelto culo inquieto (y que, de puro milagro, seguía “tapado”), se puso en contacto con otra cabecera, The Washington Post, un venerable periodiquillo fundado en tiempos de Buffalo Bill por un tatarabuelo de la propietaria y que dirigía un periodista chiflado. Así que mientras la justicia se cebaba con el Times, el Post comenzó a publicar su propia visión de la jugada. Ya metido en faena, Ellsberg distribuyó copias a la prensa de todo Estados Unidos y al final acabó bien, porque en ese país la Justicia es realmente seria, aunque —por lo mismo— también pudo haber acabado fatal. El Washington Post, que le cogió gusto a la cosa, poco después asumió el rol protagonista en el caso Watergate y se convirtió en una referencia para la prensa mundial.

"Como dijo alguien con más títulos que servidor, eres clásico o eres copia, y Spielberg lleva sesenta años apuntado a lo primero"

Con estos mimbres, Steven Spielberg armó una película con ritmo de thriller (Los archivos del Pentágono, 2017), centrada en las inquietudes del Post y en las figuras de Ben Bradlee y Kay Graham, director y propietaria encarnados por Tom Hanks y, cómo no, Meryl Streep, especializada en este tipo de performances (había sido ya la escritora danesa Isak Dinesen, la Dama de Hierro británica, la delirante soprano Florence Foster —en su día modelo para la Castafiore tintinesca— y una especie de alter ego revuelto que fundía la icónica Anna Wintour, alma mater del Vogue, por un lado, con la no menos icónica Cruella De Vil disneyana, por otro). En cuanto a Bradlee, en el cine ya lo había encarnado Jason Robards (Todos los hombres del presidente, 1979) y hoy es un icono pop en el que se miran los periodistas igual que la madrastra de Blancanieves se miraba en el espejo. Los archivos del Pentágono, en fin, es un peliculón de 2017 que evidencia el desmesurado talento de Spielberg, el cineasta más moderno del mundo y que—, con permiso de Eastwood, Soderbergh, Polanski y Allen, con quienes integra el Quinteto de la Muerte—, es también el más clásico, única forma de ser verdaderamente original, moderno e incisivo. Como dijo alguien con más títulos que servidor, eres clásico o eres copia, y Spielberg lleva sesenta años apuntado a lo primero. Tanto que cuando falte, yo no sé, igual se acaba definitivamente el Cine.

3/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios