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Los senderos de Knut Hamsun

Los senderos de Knut Hamsun

Qué alegría recibir la nueva edición, por parte de Nórdica Libros, del inolvidable título de Knut Hamsun Por senderos que la maleza oculta. Ello me anima a adentrarme de nuevo en dicho texto, pese a haberlo disfrutado, en su momento, cuando salió la anterior edición (2012) en la misma editorial.

Me confieso devoto del autor noruego, en particular de su novela Hambre —indiscutible referente kafkiano— sin menoscabo de Pan o La bendición de la tierra, por las que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1920. «Nunca antes —en palabras de Thomas Mann— alguien mereció tanto recibir este galardón».

Sabemos que Knut Hamsun fue autodidacta, huérfano de orlas académicas, apartado de tesinas tantas veces tediosas y desprovisto, en fin, de pomposos certificados académicos. Lo suyo fue la escritura al natural y espontánea, sujeta a ese empujón exclusivo que distingue a los más grandes.

"Hablamos de un tipo al que cabe poner, haciendo terna con ellos, al lado de Henrik Ibsen y August Strindberg para conformar, ya se ve, el triángulo en mayúsculas de la literatura escandinava"

O sea, sabemos que fue un hombre testarudo en su ambición de ser escritor, tras ejercer no pocos oficios —algunos en la lejana Norteamérica— distantes de las letras, atrapado en la exigencia de plasmar en palabras escritas sus visiones a partir de un lenguaje y unos esquemas felizmente particulares, acaso sustentados en un sutil estilo impresionista sobrado de prosa poética y mensaje psicológico por doquier.

Por lo tanto, se trata de un escritor al margen de escuelas y de modas, libre de contaminación e influencias. Porque contra el aserto que afirma que todo escritor escribe como otros escritores, Hamsun viene a demostrar que dicha afirmación no ha de ser necesariamente de obligado cumplimiento y que en raras y benditas ocasiones surge el autor de maneras inconfundiblemente propias, más allá de escuelas, modas y conveniencias.

Hablamos de un tipo al que cabe poner, haciendo terna con ellos, al lado de Henrik Ibsen y August Strindberg para conformar, ya se ve, el triángulo en mayúsculas de la literatura escandinava. Dos noruegos y un sueco.

"Contra el vicio extendido, no deberíamos mezclar la valoración del individuo, en su faceta social o política, o en el plano familiar, con el justo reconocimiento de su valía artística"

No siendo lo mismo escribir acerca de Cristianía que de París, Londres o Nueva York, los tres citados no dejan de representar tres nombres aparentemente (solo en apariencia) prescindibles de la literatura universal al quedar señalados bajo el distintivo, con resonancias provincianas, de «escandinavos».

Hamsun odiaba por igual a Inglaterra y Norteamérica, a la vez que admiraba a Alemania, adoración que le tocó experimentar en la época en que a ese país le dio por amamantar a un monstruo llamado Adolf Hitler, con quien el noruego llegó a entrevistarse tras haber regalado su medalla del Nobel a Goebbels.

Apuntamos estos datos con la intención, benévola, de reivindicar a un gran escritor al margen de la persona y su posicionamiento en la sociedad y la Historia que le tocó vivir. Porque, contra el vicio extendido, no deberíamos mezclar la valoración del individuo, en su faceta social o política, o en el plano familiar, con el justo reconocimiento de su valía artística (de ello tenemos un buen número de ejemplos).

"El libro comienza el día en que las autoridades se presentaron en casa de Hamsun para arrestarlo junto a su mujer, y finaliza el día en que recibe la sentencia condenatoria"

El hecho de que Knut Hamsun haya sido una persona perniciosa no justifica el olvido, o desprecio, de sus indiscutibles méritos como escritor, y lo que aquí toca es juzgar al creador, no al ciudadano, marido, padre o amigo. Ni siquiera al simpatizante con los nazis. Eso mismo exige el trato con autores de la relevancia de Ezra Pound o Louis-Ferdinand Céline.

Por senderos que la maleza oculta es un testimonio inigualable escrito por un hombre anciano, sordo, medio ciego, afásico y solo, muy solo; un viejo, muy viejo, que sufre encierro, primero en un geriátrico y después en la Clínica Psiquiátrica de Oslo, tras haber sido acusado de colaborador con los nazis durante la ocupación de Noruega. O sea, un traidor a la patria, pese a tratarse de un anciano ilustre, premiado con el Nobel y que años atrás había sido el noruego más admirado en su país. Dadas las circunstancias, lo indicado era declararlo loco y encerrarlo en una Institución. Por cierto, lo mismo que hicieron con Ezra Pound en Norteamérica.

El libro comienza en 1945, justo el día en que las autoridades se presentaron en casa de Hamsun para arrestarlo junto a su mujer, y finaliza cuatro años después (1949), el día en que recibe la sentencia condenatoria. De ahí que el texto se cierre con estas palabras: «Hoy el Tribunal Supremo ha dictado sentencia, y yo acabo mi escrito».

"La justificación que de inicio pensábamos hallar en el libro apenas somos capaces de percibirla en forma de amago condescendiente, de metafórico enojo, de irónico desahogo"

Las solapadas confesiones contenidas en Por senderos que la maleza oculta resultan más acordes con las visiones «literarias» del autor que con un previsible descargo al uso —si bien presente de un modo inteligente, irónico y sutil—. Lo cierto es que el libro parece evitar el más mínimo deseo de enrabietada defensa, la explicación de los actos por los que ha sido juzgado el autor o el simple reproche hacia sus carceleros. La actitud de Hamsun queda objetivamente asociada con su avanzada edad debido a la ejemplarizante aceptación de los hechos, sumisión que se percibe de manera magistral en frases o ideas de un potencial literario que solo el noruego es capaz de urdir. Por ejemplo, leemos: «Mejor que comer es dormir». Y es que el sueño ofrece la libertad plena que la vigilia impide. La diferencia entre un estado y otro no va más allá del uso de la voluntad. Por eso Hamsun anota: «Yo quiero hacer lo que la policía quiera que haga. No tengo voluntad».

Por lo tanto, la justificación que de inicio pensábamos hallar en el libro apenas sí somos capaces de percibirla en forma de amago condescendiente, de metafórico enojo, de irónico desahogo… De acomodada aceptación.

"Además de sordo y medio ciego, Hamsun acabó afásico, como Swift, Larbaud o Sábato. Con todo, nunca dejó de escribir tocado por los ángeles"

Hay que destacar el hecho de que el autor escribe este libro rondando los noventa años y sujeto a un encierro que le priva de toda compañía (incluso le cuesta horrores pedir que le traigan un par de zapatos nuevos). No recibe libros ni periódicos y ha de asumir el estigma de haber sido declarado oficialmente loco.

Es como si con estas páginas, mitad de nostalgia, mitad de escapatoria —pero también de orgullo y a la vez de claudicación—, el viejo e indefenso Hamsun quisiera gritarle al mundo: “Yo, señores, no estoy loco”.

Y, fiel a su estilo, escribe con ironía pero también con fidelidad al dato: «Ya tenemos en Noruega al arrestado político».

Resulta, pues, aleccionador y estimulante comprobar hasta qué extremo la literatura sigue acompañando a algunos privilegiados hasta el final de la vida, incluso en condiciones ciertamente adversas.

Si es que, además de sordo y medio ciego, Hamsun acabó afásico, como Swift, Larbaud o Sábato. Con todo, nunca dejó de escribir tocado por los ángeles.

Qué cruel paradoja oculta por la maleza del sendero.

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Autor: Knut Hamsun. Título: Por senderos que la maleza oculta. Traducción: K. Baggethun / A. Lorenzo. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.

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