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Días de Feria

Alguna vez ha dicho Luis Alberto de Cuenca que el mes de junio tiene en Madrid una condición particular. No se limita a ser el mes en el que llega el calor para quedarse, ni el momento en que la ciudad hace examen de conciencia y dirime si se ha ganado o no el verano. Tiene más que ver con esa luz excesiva que sin aviso previo lo inunda todo, que alarga las tardes hasta confundirlas con la noche y hace que ciertas cosas sólo puedan ocurrir entonces y no en cualquier otro momento del año. La Feria del Libro, qué duda cabe, es una de ellas, tan perfectamente imbricada en medio del exceso que cuesta imaginarla en otro mes, bajo otra luz, entre otros árboles.

"El maridaje que se da entre el Retiro y los libros no parece fruto del azar, ni siquiera de esa confianza a la que termina por abocar la convivencia"

El maridaje que se da entre el Retiro y los libros no parece fruto del azar, ni siquiera de esa confianza a la que termina por abocar la convivencia. Las páginas y las hojas comparten una misma fragilidad, una misma vocación de permanecer más allá de lo que permite toda lógica. Uno camina entre las casetas y tiene la sensación de que todos esos libros no los ha traído nadie, sino que han brotado de la tierra del parte igual que lo hicieron los olmos y los plátanos, con esa paciencia vegetal que carece de diccionarios en los que averiguar el significado de la prisa. Levantas un volumen del mostrador, un rayo de sol lo atraviesa por el canto y parece como si ese montón de cuartillas cosidas y encuadernadas fuesen algo viva que respira y se estremece cada vez que sopla el viento. Dice Víctor Amela que él viene a firmar todos los años porque es aquí donde se siente verdaderamente escritor; no en la soledad del escritorio, ni en el aplauso consabido de la presentación, ni en los adjetivos laudatorios o adversativos de las reseñas, sino en el rumor de los árboles y el aroma del papel recalentado por las temperaturas que anuncian la inminencia del verano.

En estos días los lectores entran al Retiro igual que entran los niños a un parque de atracciones, y entregados al merodeo liviano por las zonas de sombra van fijándose por si resulta que anda por ahí alguien a quien merezca la pena prestar algo de atención. He visto a los amigos de la Méndez despachar como si les faltaran manos, y a Juan Tallón con sus obras casi completas expuestas ante su cuerpo enjuto y el bolígrafo preparado para dispersar tu tinta en cuantas dedicatorias fueran necesarias; he saludado a Javier Cercas aprovechando la tregua que nos brindó a él y a mí una lectora entusiasta; he estado de cháchara con Lorenzo, que anda dando el callo en la caseta de Nocturna; y he vuelto a ver después de algún tiempo a Luis García Jambrina, que acababa de llegar y pronto volvía a irse a su locus amoenus junto al Duero.

"Una Feria sin casetas no sería una Feria, pero una Feria sin el resto sería poco más que un mercado entre árboles"

Pero la Feria es, quizá por encima de todo, un lugar al que se va a ver a los amigos, sobre todo en esa terraza que alcanza su punto exacto de cocción cuando se van cerrando las casetas y aterrizamos por allí sabiendo que en alguna mesa estará alguien dispuesto a compartir un agua con gas o una jarra de cerveza antes de internarse en la ciudad buscando algún figón en el que aún se sirvan cenas. Así he pasado estos días charlando con Ignacio Martínez de Pisón, que venía de firmar sus libros con esa generosidad suya inagotable, o con Eva Cosculluela, cuyo fantástico ensayo El club de las modernas está a punto de estrenar su segunda edición. Por allí se han dejado caer Txani Rodríguez y Marta Borraz y Olga Serrano, y Raúl, y Alfonso, y Charo, y Félix, y Melero, y algunos cuantos más que se me van de la memoria. Porque también tiene la Feria su lado oculto, ése que no se deja ver con demasiada facilidad y que transcurre por otras latitudes de la ciudad, donde las fiestas paralelas disparan una locuacidad que puede ser virtuosa o canalla en función de la hora, la edad y la circunstancia. Es ahí donde se cierran los libros y se abren las conversaciones. En la que armaron el primer viernes las buenas gentes de Penguin en los jardines de la Fundación Ortega-Marañón, que una vez fue el Lyceum Club, escuché a Juan Cruz contar esas historias que no se le acaban nunca y me reencontré con Claudia Neira, recién regresada de Panamá, y con Aroa Moreno, que llegó tarde por culpa de un atasco en la autopista; conocí a David Toscana, flamante ganador del último Alfaguara, y arreglé el mundo con Berna González Harbour y con Maxi; me reí con Antonio Orejudo y abracé a Palmira Márquez; intercambié alguna confidencia con Miguel Munárriz y comprobé que Marta Pérez-Carbonell anda por el mundo siempre con la alegría a cuestas; también andaba por allí, en fin, el gran Jeosm, que es una de esas personas cuya sola presencia sirve para justificar toda una noche. La del suplemento Abril fue otra cosa, no menos enjundiosa, pero sí un punto más canalla. Empezó en una terraza de la Plaza de Margaret Thatcher —lagarto, lagarto— y terminó en los interiores del Cock, que es como acaban en Madrid los conciliábulos que aspiran a adquirir carta de naturaleza.

He dicho que esos encuentros al margen son el reverso de la Feria y no es del todo verdad. Son, más bien, su complemento. Una Feria sin casetas no sería una Feria, pero una Feria sin el resto sería poco más que un mercado entre árboles. Ese junio madrileño de cuya peculiaridad nos advierte Luis Alberto de Cuenca necesita de ambas cosas. Lo sabe la gente que llena el Retiro en los atardeceres anchos y luminosos y lo saben quienes nunca han estado en la Feria, pero esperan venir algún día. También ellos, aunque lo ignoren, forman parte del ensalmo.

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