Venga, que me puse sentimentaloide. Menudo año de mierda que llevo, colega. Y sí, me quejo, pero no habría aire en mis pulmones para la queja si no fuera por otros. El tema de si agradezco o no tener aire, o pulmones, lo dejaremos para otro momento.
¿Saben cuando hay un cartel que dice “no tocar, venenoso” y va el tonto de turno y lo toca? Ese. Yo. El tonto. Y cuando le muerde, va y lo toca de nuevo. Y prosigue el ciclo hasta que ya no queda extremidad o tonto. Oye, siempre sentí que los actores de Jackass eran mi animal espiritual.
Yo, que nunca he sido de amistades, me doy cuenta de que tengo más de las que hubiera esperado.
Tengo amigos que han estado en lo peor de mi vida, que conocen mis lamentos, que conocen lo que me parte. Con los que es inútil hablar de libros o de metafísica. Porque preferimos fingirnos brutos, ya que sabemos que los unos con los otros tenemos la indolencia del que se sabe los traumas y necesita ser niño. No se me da bien fingirlo mucho rato, y esto también lo perdonan y cubren, como han cubierto mis llagas tanto como han sabido.
Tengo amigas que no entienden que no las llame amigas. A decir verdad, yo tampoco. Pero no intento entender lo que no me interesa entender. Sé que ellas leerán esto, sacarán sus conclusiones, se solidificarán en ellas y ya. Quizás Robert Jordan tenía razón en esto.
Tengo un amigo que ha sufrido la misma pérdida que yo. Al que conocí por sentarme en la calle a tallar a la fresca. Que me llama hermanito cada vez que me ve, con esa mirada de tristeza infinita, de desamparo, de lucha perdida, de apaleado. Que se sienta conmigo, en silencio, solo a estar. Tristemente, a buscar una explicación que sabe que no tengo. Pero él no busca mis palabras, busca mi ternura, porque sé lo que ha perdido, y es inusual la presencia de otra alma en este espacio extraño en el que nadie debiera vivir. Un amigo cuyo mirar no tiene el fuego que aún se enciende en el mío. El propósito férreo. Él no lo sabe, pero le estoy agradecido por recordarme, con nuestra pena compartida, que aún se puede, se debe, ser algo que le dé sentido a lo que nos dejó así. Catatónicos, de cuerpo demasiado vivo.
Amigos que me han mantenido con vida cuando no sabía lo que eran el agua ni la comida. Que vinieron a alimentarme. A ser soporte. A darme amor en una ciudad que ya no lo guardaba para mí. Que siguen ahí para mí. En otros países, otros soles, otras realidades. Que se empeñan en verme sonreír y lo celebran cuando lo hago.
Tengo amigos que quieren verme hacer cosas con mi vida, porque ellos tienen en mí esa fe que no se justifica y que, por impagada, solo los amigos pueden tener.
Tengo una amiga que me lee. A quien siempre puedo compartirle lo que escribo. Que nunca me ha dado clase, pero siempre ha sido mi mejor profesora.
Tengo una mata de lavanda, que sabe siempre lo que voy a decir, y espera que sepa lo que ella dirá. A quien he tenido la suerte de recuperar, y cuya complicidad no entendemos. Pero no nos es necesario. Ella me trae alegría, incluso cuando me siente tenebroso e introspectivo. Es alguien de quien aprendo, y alguien a quien el hecho de saber bien, dentro de las concepciones de esa palabra que compartimos, me brinda una felicidad sincera. Eso sí, cuidado con darle de comer después de la medianoche.
Amigos que hablan de mí a sus estudiantes. No entiendo el porqué. Siempre me sorprende. Soy un mal ejemplo en muchas cosas. Pero tienen hacia mí un cariño que no creo merecer. Y por eso cuentan con mi lealtad.
Hay amigos con quienes busco ayudar —luchar me parece pretencioso— a mejorar los derechos humanos, a reconocérselos a los animales. Su existencia me confirma que el mundo no es un lugar horrible. Que si este pecho roto ya no puede crear, al menos puede intentar que otros no tengan tierra carbonizada a la que volver la mirada.
En definitiva, yo, que tengo —tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada— un problema fundamental con la amistad, que siempre la he desechado, me encuentro con que hay mucha gente —para un trozo de espino como yo uno ya sería mucho— que me aporta sin que pida, y que tienen de mí cuanto me sea posible darles.
Incluso la certeza de que estoy olvidando amistades en esta lista me abruma. Y me disculpo por ello. Ellos saben cómo soy.
Pero como me pasa con todo, habito distintos niveles de realidad para no enloquecer hasta el punto de ser una masa que balbucea. Existen cosas que me creo más. Cosas que son menos. Y otras que son un absoluto. En la calma me sacian las cosas relativas. En mi yo más sincero, son los absolutos lo único que me penetra el pecho.
Amigos, en ese espacio, sabéis bien que no puedo daros un hueco. Porque solo crece en él lo que se cuela. Lo que te muerde una y otra vez.
Un amor, una vida, un te quiero.
Quizás este que me inspira a mover torpe los dedos por el teclado sea el amigo. El uno.
Volví a sus palabras escritas, casualmente una semana después del aniversario de su muerte.
Evito leerlo, evito mirar su foto. Evito, sobre todo, mirar mucho su pañuelo de seda. Un pañuelo que reposa ahora en una caja de Cohiba.
No evito ese pensar que me duele, pero sí parezco rehuir el pensar de quien sabría qué me duele.
Lo echo de menos. Lo he dicho últimamente más de lo que he vuelto a leerlo. Porque leerlo es resonarme. Leerlo es revivirme. Y no deseo mi resonancia ni que se alargue la vida.
Pero es que su voz me recuerda a otro tiempo, otras luces, mañanas en las que de verdad parecía abrirse el mundo y en las que tenía el privilegio de estar en su cáliz.
Ahora sé que esos días fueron reales, pero nunca existieron. O tal vez me equivoque. Esta es otra razón por la que evito pensar en él, en sus ojos llenos, en sus maneras del que no todo lo sabe, pero es consciente de que todo puede entenderlo.
Me daría un bastonazo. Me miraría con repudio. Me diría, de forma parecida a como me dijo una vez, que estoy tirando mi vida. Tan bonita. Porque él era así. Se enfurecía cuando los que le rodeaban no eran consecuentes con el ritmo del vivir, que es más constante que un río, que no acepta las barreras que le ponemos, y cuando nuestros traumas, o cegueras, se interponen, simplemente nos hace a un lado con ellos, escombros tras una riada, a que nos quememos al sol mientras el río sigue. Y después de enfurecerse, del insulto, extendía un minúsculo gesto de cómo remediarlo. Para el que pudiera verlo.
A mí el bastonazo me hubiera caído extra fuerte. Por lo de parecidos. Por molestarle que quien ve como él, obre como obra. Y usar la palabra “bonito” conmigo me hubiera arrancado las lágrimas que suelta la rabia cuando se sabe eso: ira, fuego que es triste y preferiría ser risa. Lo sé porque esta situación ya la viví con él. Tantas, tantas muertes atrás.
No sé qué decir al respecto. El relativismo me aburre. Es la estrategia del indeciso, del que no se compromete, más por no poder que por no querer. Pero las heridas abiertas evitan que se camine sobre ellas. Evitan la decisión.
He vuelto al punto de hace años en que escribo demasiado, reviso nada, y destruyo u olvido casi todo. Publicar no me brinda alegría. No me trae sentido. Uno de los motivos por los que estas columnas se han hecho más dispersas. Me motiva que alguna vez haya habido quienes me han dicho que les ayudan. Según el contenido, espero, porque soy consciente de que algunos de mis escritos descomponen a cualquiera. Pero escribo, y escribo, y pienso en escribir, y me duermo con el pensamiento en la escritura.
Solo que tampoco sé qué sentido tiene que escriba. Para mí. Que es por quien lo hago. Creo. Esto seguramente no sea del todo cierto. Pero qué pereza ahondar más.
Aquí él posiblemente me diría que leyera más, me quejara menos, y se levantaría e iría. Nunca tuvo paciencia con quien era imbécil en su presencia.
Y por eso es por lo que últimamente evito a mi padre literario. Porque me puedo decir yo mismo todo lo que él me diría. Pero no puedo corregir nada de lo que él esperaría.
Creo que veía la vida de una forma sencilla en la complejidad que comprendía. Creo que yo deshago demasiados hilos de esa misma madeja, en lugar de dejarla estar como hizo él.
Estoy seguro que nuestra diferencia fundamental es que yo aspiro a deshacer entera la madeja, a ver sus hilos vueltos recta aburrida, carente del sentido que siempre supe que carecía. Y luego darme la vuelta y que sea ella, la madeja de mi vida, la que se quede en los márgenes del río. Mientras yo sigo al mar, si acaso libre de tanto ponderar, de esta chispa, solo yo y mis absolutos conmigo.
La pregunta que esto me suscita es si la pérdida de sentido que esto acarreará tendrá sentido. Y lo que puedo decir es que sentirme desnudo, sin sentido, sin pasado, sin ese amor que siempre me acompañará, sería el mejor modo de regresar a la sal.


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