Hay dos palabras en el idioma español que consiguen vaciar una habitación o finiquitar una fiesta, y no son “tengo ébola”. La gente prefiere que les hables de tu última colonoscopia o del modelo de negocio en criptomonedas de tu sobrino Filiberto. Di “patriarcado” en una cena y alguien se pira. Di “feminismo” y otro se larga. No importa lo que venga después. El cierre cognitivo es instantáneo, condicionamiento pavloviano de 50 kilates, como apartar la mano del fuego; el perro ha salivado y la palabra se ha zampado a la idea. Y es una lástima, porque lo que describen esas palabras existe, está aquí, y no tiene otro nombre mejor.
¿Por qué entonces un rechazo tan epiléptico, tan orgulloso de sí mismo? Porque una parte del movimiento, la más ruidosa, convirtió una empresa legítima en catecismo jerarquizado. En iglesia, con sus dogmas, sus vírgenes, sus pecadoras y su inquisición de guardia 24-7. Supervisoras de la injusticia, censoras del deseo, auditoras del lenguaje. Cambiaron el pensamiento por la consigna y la ironía por el sermón. Y eso tiene un coste: “No digas feminismo”. Agotador para las de dentro, irritante para las de fuera, y un regalo para los que siempre quisieron que perdiéramos el hilo.
Lo que la gente rechaza no es la igualdad sino la versión institucionalizada, burocrática y punitiva que ha copado los medios y la política durante años. El activismo público de los últimos años ha generado fatiga, distancia e incluso hostilidad en gente que de otra forma sería aliada.
¡Otra cosa! Parte del movimiento hegemónico se alejó de la biología, de la ciencia, de la complejidad. Cuando una posición intelectual se vuelve intolerante con el matiz y se rodea de preceptos, pierde a los moderados (y los moderados son la mayoría).
El resultado es paradójico: el feminismo (pseudo)marxista ha conseguido que la gente rechace el recipiente y tire el contenido, que confunda la caricatura con la causa, que vote en contra de sus propios intereses y necesidades con tal de no parecerse ni acercarse a ellas (las agraviadas, obcecadas, victimizadas, iracundas, lloronas y sobre todo pesadas…). El algoritmo hizo el resto: jóvenes radicalizados en la dirección contraria, gurús de la masculinidad herida llenando estadios, y el debate público reducido a dos trincheras que se gritan desde lejos sin escucharse.
“No digas feminismo, no digas patriarcado…”; si pongo “feminismo” en el título, no lo lees. Con todo, soy optimista: estamos (en materia de feminismo) mejor que nunca, el feminismo (perdón) es imparable, porque nadie, ninguna persona sana, bien constituida y moderadamente inteligente o formada quiere volver atrás. Ni las votantes más conservadoras quieren cuatro hijos. Ni los machistas más desorejados prefieren que sus hijas no puedan votar, firmar un contrato o acceder a la universidad. Los derechos conquistados no se devuelven. Lo que está en discusión es el nombre, el tono, el método. La gente no odia la igualdad. Odia la (grosera) marca Montero (tampoco a ella). Es una cuestión de re-branding. Hay que sofisticar el feminismo, reformar el hall, agrandar la puerta, desempolvar los escaparates, llamar a un interiorista. Quizá unas plantas… Hay que darle un glow up urgente al concepto, que apesta a pachuli.
“Feminismo”, “patriarcado” (el que tengo aquí colgado…). No pienso abandonar esas palabras tostadas, masticadas, deglutidas, regurgitadas y escupidas. La pregunta es cómo recuperamos lo que significan. Llevo 25 años trabajando en comunicación y márquetin reputacional y mi respuesta, después de haberle dado a la causa suficientes vueltas y un libro (Feminismo Irreverente), es esta: con humor y con ternura, que son la misma cosa.
Aunque muchos no lo saben, a las mujeres nos ha costado siglos poder reírnos en público sin ser tomadas por criaturas trastornadas u obscenas. No en vano una mujer con gracia continúa siendo una disidente en este mundo donde el humor fue privilegio masculino, como el poder. Y ambos se parecen: quien hace reír, domina el relato. Y nada asusta más a la vieja guardia, de derechas e izquierdas, que una mujer (con un micrófono en una mano, una copa de vino en la otra) que no busca la aprobación.
Por eso, y a riesgo de ser pesada, quiero insistir: el feminismo tiene un problema grave cuando se toma demasiado en serio a sí mismo. No podemos criticar el patriarcado volviéndonos severas, inflexibles y, en definitiva, patriarcales.


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