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Vamos a tocar el agua, de Luis Chaves

Vamos a tocar el agua, de Luis Chaves

Foto: Esteban Chinchilla.

Luis Chaves es un poeta y narrador nacido en San José, Costa Rica, en 1969. Es considerado una de las figuras clave de la literatura contemporánea de su país y de Centroamérica. Fue residente del Programa de Artistas en Berlín y del Institut d’Études Avancées de Nantes en 2017. Entre sus libros de poemas destacan Historias Polaroid (2001), Chan Marshall (2005), Asfalto: Un Road Poem (2006) Monumentos Ecuestres (2011) o Los animales que imaginamos (1998), todo ellos reunidos en el volumen Falso Documental: Poesía Completa 1997-2016 (Seix Barral, 2016). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de Costa Rica y el Premio de Poesía Fray Luis de León. Es autor de la novela Salvapantallas, publicada en España por Los Tres Editores en 2024 en una edición revisada y antes, en 2014, en América Latina por Seix Barral. Algunos de sus libros se han traducido al inglés, francés, alemán y esloveno. Ha vivido la mayor parte de su vida en Zapote. Presentamos una muestra de la reedición de otro de sus libros de prosa: Vamos a tocar el agua, una propuesta en la que el autor narra un año de estancia en Berlín, el paso de un país sin estaciones a la vida dividida en cuatro estaciones: una familia centroamericana —padre y madre, dos niñas— como eje central de la historia es trasplantada al frío del hemisferio norte con motivo de una beca literaria. Desde allí, su mirada es un constante vaivén entre el lugar de origen, la urgencia de la nueva realidad y las partículas de lo cotidiano: el preescolar de la menor, la cerveza que se congela en un balcón, frases en un alemán macarrónico pronunciadas ante la cajera del súper. Tales son los pequeños dramas que el autor convierte en monumentos al afecto y relatos de época. Con esta crónica berlinesa, el narrador y poeta Luis Chaves nos muestra su despensa mental, familiar y afectiva, lugar desde donde emergen su sensibilidad y sus obras. Por ello celebramos la reedición de este libro cuidado y preciso, de una las figuras fundamentales de la poesía y la narrativa fragmentaria latinoamericana de las últimas décadas y que, en palabras de otros compañeros de generación como Fabián Casas: «Pasa con toda tranquilidad de los versos a la prosa porque, sobre todo, sabe que se trata solo de una forma de enfocar la respiración. Metaboliza los momentos de su infancia, los vestigios de su vida adulta, los sueños que narran el reverso de nuestro destino en un libro inolvidable».

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VERANO

Siempre pasa: buscando una cosa encontré otra. Corrí la mesa y las sillas contra la pared armé la tienda de campaña en el comedor. Un poco de aseo antes de devolverla a la miga que nos la prestó, pero sobre todo para buscar el arete perdido de una de mis hijas. De cuatro patas cepillé el perímetro interno de la tienda: había arena, hojas secas, esquinas de envoltorios cortados a diente, partículas de galletas y una mariquita que para mi sorpresa arrancó a caminar cuando sintió la amenaza de la escobilla. La bolsa de nailon con la tienda estuvo seis días en la entrada de casa. Esa mariquita fue el bebé que encuentran debajo de los escombros una semana después del terremoto. La tienda de campaña en el comedor. Una casa precaria dentro de una casa temporal. La pedimos prestada porque a mitad del verano viajamos al Ostsee, el mar del Este, nombre que le dan al mar Báltico en Alemania (también en Suecia, Finlandia y Dinamarca). Es un mar interior, rodeado de esos y otros países (Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rusia); da al mar del Norte, que a su vez da al océano Atlántico. Esto explica que al agua solo entren algunos descendientes de los nórdicos, los porristas de la autoflagelación y mi esposa. Mientras el resto de la familia se quedaba en la parte seca del mar, es decir en la arena, Mariajo hacía la señal de la victoria (puño en alto con dedos índice y medio en forma de V) desde el agua enrarecida por algas y medusas del tipo no venenoso.

Estuvimos varios días en el camping. Llegamos después de cuatro cambios de transporte: S-Bahn, U-Bahn (metro), tren, bus y taxi. Armábamos nuestra tienda estándar cuando, escaneando alrededor, descubrimos estar en medio de algo que parecía más bien un residencial de carros-casa con extensiones de carpas equipadas con lo último del vasto universo de la vida outdoors. A nosotros se nos olvidó llevar hasta lo que sí poseíamos: el abridor de botellas. Toda la zona dividida en parcelas con electricidad y wifi, unas áreas comunes con lavarropas, secadoras, habitáculo para lavado de platos, cuarto de tinas para bañar y acicalar bebés, espacio de cocina, duchas de activado electrónico (180 segundos de agua para administrar inteligentemente), cagatorios amplios con parlantes donde sonaba la estación local de pop-rock. También un cine, clases de buceo opcionales, restaurante y un abastecedor donde ¡de qué sirve todo lo anterior si no refrigerás las cervezas ni vendés hielo!

Llegados a este punto quiero sacarme algo de entre pecho y espalda. Quiero que sea, además, un párrafo de una frase. Una oración que condense lo que ya dejó de ser una sospecha, una afirmación que alemanes y extranjeros que viven aquí insisten en negar ante el mármol de los hechos:

En Alemania no toman la cerveza fría, le quitan apenas la temperatura ambiente.

Y, créanme, podrá ser el producto de los mejores cerveceros de la Vía Láctea, pero en verano dan ganas de meterlo al congelador. A cinco grados centígrados como máximo se toma la cerveza. ¡Háganme el foquin favor!

Externado lo cual, continuemos. Friedenau, mi barrio en Berlín, que ya con sutileza dije que tiene poca diversidad cultural, sería el Sonnenallee (calle que conecta los distritos de Neukölln y Treptow-Köpenick y que llaman «la pequeña Beirut» o «la franja de Gaza») al lado de nuestro camping en el Báltico. El Ostsee, la frontera de la globalización. Nunca estaré en un entorno más alemán, y esto lo digo con nostalgia preventiva porque en un camping de cientos de tiendas (y carros-casa equipados hasta con antenas parabólicas) a las diez de la noche se terminaba el ruido. Ni un equipo de sonido, cero punchis punchis, ni un pleito de adolescentes alcoholizados, ni uno de adultos actuando como adolescentes. A las diez de la noche, una hora después de que el disco dorado del sol se hundiera en la línea que separaba los dos tonos de azul del horizonte, se terminaba la bulla, todo el mundo a dormir o por lo menos a callarse. Para padres con hijas pequeñas que no paran nunca de correr, pedir, pelear, llevar, llorar, reír y preguntar, aquello es el paraíso en la tierra.

Llevé un libro de Coetzee a nuestro viaje al mar, la novela Desgracia. Como cuando un día luminoso, fresco, el sol quieto en un cielo sin nubes, pensé en llevar a las niñas al Museo del Holocausto. La novela descendía página a página en el infierno de la condición humana, de modo que en la playa, sentado en una silla plegable, los pies hundidos hasta los tobillos en la arena, leía unos párrafos y me sumergía en el pantano de la invalidez, la vejez y la muerte, luego levantaba la vista y, enfrente, mis hijas hacían ruedas de carreta entre risas. Al fondo, desde el agua congelada, mi esposa levantaba el otro brazo y duplicaba la señal de la victoria.

Pensamos en enfriar las cervezas en el agua del Báltico, pero no quisimos llamar aún más la atención, suficiente era nuestra tienda minúscula sin vehículo y la cuerda con ropa tendida.

***

Pero el verano empezó mucho antes, con el fin del año escolar. LaMayor –que, recordemos, se incorporó a mitad del curso lectivo sin saber una palabra de alemán– se graduó de cuarto grado. LaMenor hizo lo mismo en su Kita. Dos campeonas que no tuvieron voz ni voto en la decisión de venir a Alemania y que se apañaron con actitud a lo que les tocó. El coraje lo habrán heredado de la madre.

Con el disparo de salida del verano aprovechamos la invitación a un festival y a una lectura y salimos de Berlín. Primero a la Selva Negra, luego a París. La Selva Negra, Schwarzwald, es una zona de montañas en el suroeste de Alemania, en el estado de Baden-Württemberg. Paramos unos días en Hausach, un pueblo de cinco mil habitantes en el distrito de Ortenau. Fue reconfortante volver a sentir la presencia de un macizo montañoso, alzar la vista y toparse el cuerpo de tierra y rocas cubierto por un bosque denso de coníferas. Hausach es un pueblo pequeño, atravesado por el rumor casi imperceptible del río Kinzig; después de veinticuatro horas de haber arribado, en la calle la gente ya nos reconocía y saludaba. Caminábamos por el centro al final de un día, admirando los jardines frontales de las casas –con sus fuentes y enanos de cerámica, como decorados de un cuento de hadas–, el cielo cóncavo y punteado de estrellas, cuando LaMayor dijo, mientras avanzaba sin mirarnos, como hablándole a la noche:

–Qué lindo sería vivir aquí.

–En otra vida, my dear, porque mañana nos vamos a París.

En Costa Rica, mis hijas van al liceo francés, así que París era un destino prácticamente obligatorio, sobre todo para LaMayor. Desde Hausach fueron cinco horas en tren. Fue fácil saber cuándo cruzamos la frontera porque entró un SMS de la empresa telefónica tipo está-cambiando-de-zona-de-cobertura, que era una sola palabra en alemán, más o menos. El tren nos depositó en la estación de Estrasburgo donde, al igual que en el resto del país, se usan tres idiomas en la señalética y en las indicaciones por altoparlantes. Tomá, Alemania.

Claro que también las estaciones (y ciertos edificios) son patrullados por militares con armamento pesado. No policías: militares. Eso parece inviable en Alemania. Empatan de nuevo.

En París nos hospedamos en casa de los Maurel, que tienen la doble condición de grandes anfitriones y familia nuestra, familia molecular. Nos recibieron Julien y Cécile. Julien es artista y mago. Mago en serio, tipo palomas-revoloteando-por-la-casa. Creo que los trucos de Magic Julius (su nom de scène) serán lo que mejor van a recordar mis hijas del paso por París.

Llegamos en verano a visitar los lugares que exige cualquier guía que se precie. Dos millones de turistas tuvieron la misma idea, reservaron para los mismos días, con sus hijos también.

Hicimos filas eternas mancillados por el sol, los vendedores ambulantes, la paternidad, la maternidad y los aterradores selfie-sticks de las hordas de nuestros colegas.

En un semáforo peatonal, nos descubrimos, para burla de los locales, esperando la luz verde aunque no asomaba ningún vehículo. Una familia latina robotizada por las costumbres germanas. Sin refinamiento, los franchutes se abrían paso entre nosotros y escupían de lado, sin mirarnos, a medio cruzar el paso de cebra.

Orsay, Louvre, Versalles, el Barrio Latino, Champs-Élysées, Notre Dame, la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, todo a golpe de tambor, check, check, check. Fuimos parte de la vergonzosa invasión de langostas que saquea y es saqueada por la Ciudad de la Luz los 365 días del año. El superpoder de París es también su kryptonita.

Pero un día nos levantamos, sacudimos la ropa y, para recuperar lo que quedara de dignidad, nos fuimos.

Damnificados por el tour de force de los días anteriores y por el yunque de más de dos semanas de haber salido de Berlín con mochilas y bolsos, unos pocos imperativos fueron lo único que intercambiamos en las nueve horas de viaje entre la Gare de l’Est y la Hauptbahnhof (Estación Central). Esta vez, más que ninguna otra, ya a la altura de Potsdam, capital del estado de Brandemburgo a poco menos de treinta kilómetros de Berlín, sentimos el bálsamo del «regreso a casa».

A casa. A ese lugar en Friedenau donde estaban nuestras cosas, ese lugar donde cada uno tiene su gaveta personal y ordena el contenido de esta según su criterio y carácter. (Al fondo, los diarios de años pasados, la postal que enviaron desde Madrid, arriba de los diarios; los mapas y brochures a la izquierda, encima de las garantías de artículos varios y el prospecto del jarabe para la tos; al frente, el llavero sin uso, los botones de repuesto del saco y los tres clips de colores mezclados con monedas y billetes de otros países). Una casa es eso, el sitio donde uno sabe qué hay dentro –y en qué orden– de esa gaveta.

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En algún momento en París, ocupados en otra cosa, tal vez buscando una calle o preguntando por una dirección o quizá mientras entrábamos al metro o ascendíamos lentamente a la superficie en una escalera eléctrica, o mientras apagaba la luz del cuarto de las chicas después de acostarlas, cruzamos la línea invisible de la mitad del Berliner Künstlerprogramm. A mediados de julio cumplimos seis meses de haber llegado a Berlín.

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Con luz de día hasta las diez de la noche, el verano se fue convirtiendo en una extensa tarde de pícnics o parrillas en parques, visitas a lagos como el Schlachtensee, en el suroeste de Berlín, o el de Wannsee un poco más al sur, ahora totalmente acostumbrados al nudismo de los nativos.

Cada vez que se destapaba una cerveza, se vertía un jugo de frutas en un vaso o se asaba una salchicha, aparecían, de la nada, como si atravesaran un portal del tiempo y el espacio, comandos de avispas agresivas y hambrientas. Nos lo habían advertido, pero la realidad superó lo que antes habíamos escuchado con suspicacia. Aprendimos a no dejar vasos descubiertos, a tapar la cerveza con el pulgar, a quedarnos inmóviles ante la curiosidad aproximativa de alguno de estos himenópteros.

También, las chicas aprendieron a andar en bicicleta (era un pendiente que traíamos de Costa Rica), vinieron familia y amigos a visitarnos a Berlín. En todas las fotos andamos ligeros de ropa, un verano que en general anduvo cerca de los 30 °C y que alcanzó picos injuriosos sobre los 40 °C. Luego está el viaje ya relatado al Ostsee, cuando, ya adentrados en agosto, oscurecía a las 9 en lugar de a las 10 p. m. El hemisferio empezaba a alejarse del sol.

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Autor: Luis Chaves. Título: Vamos a tocar el agua. Editorial: Los Tres Editores. Venta: Todos tus libros.

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