Inicio > Libros > Narrativa > Iris Murdoch y el eterno retorno de lo mismo

Iris Murdoch y el eterno retorno de lo mismo

Iris Murdoch y el eterno retorno de lo mismo

Ambientada en el colapso de las civilizaciones del 1200 a.C., esta novela narra la odisea de los supervivientes de Troya, de Pilos, de Hatti… Es decir, de los pueblos del mar que, durante varias vidas, vagabundearon por el mundo buscando un nuevo hogar y, sobre todo, la paz arrebatada.

En este making of Luis Villalón explica cómo escribió Fuego y bronce: Una epopeya de los pueblos del mar (Desperta Ferro).

***

La escritora y filósofa Iris Murdoch encadenaba prácticamente sin pausa una novela tras otra. Apenas había puesto el punto y final a una cuando ya estaba escribiendo en un folio en blanco la raya de diálogo para comenzar otra (la mitad de sus novelas arrancan así, con una conversación iniciada in media res). Ella decía que sus historias partían de un detallado plan previo, esquemas y muchas notas. Eso da que pensar en que mientras se ocupaba, por ejemplo, de la redacción de Henry y Cato, ya estaba pensando en El mar, el mar. Y todas ellas —todas— novelas de altísimo nivel. Ahí es nada. No en vano la llamaban “la mujer más brillante de Gran Bretaña”.

No todos jugamos en esa liga. De hecho, la mayoría no lo hacemos. Hay quienes dejamos transcurrir años (tal vez no de manera voluntaria, pero los años es lo que tienen, que pasan aunque uno no quiera) entre una novela y la que le seguirá. Hay quienes dedicamos mucho tiempo al plan previo, los esquemas y las notas, y tal vez después, cuando nos decidimos al fin a cruzar el río, y para no eternizar el proceso, entonces sí aceleramos, remamos con ímpetu y calculamos exactamente en qué lugar de la otra orilla queremos atracar. Y casi nunca acertamos, porque cuando se otorga vida a personajes y a historias, los unos y las otras te llevan por donde ellos eligen llevarte. Como sucede en la vida misma. Eso también lo dijo Iris Murdoch: cuando ya estás a bordo, hay que sentarse en silencio y dejar que la cosa se invente a sí misma.

"Donde antes hubo vacío, caos y abismo, ahora existía una historia, unos personajes, un suelo que pisar y un orden rector. Pero ese extraño nombre, Aḫḫiyawa…"

He de decir que todo esto no me es aplicable (siento mucho personalizar, pero el principal arancel a pagar si uno ha de hablar de sí mismo es el uso de la primera persona y su inevitable narcisismo). O lo es solo en parte. A mis dos últimas novelas las separa tan solo un invierno y medio, pero las dos primeras se hallan algo más espaciadas en el tiempo (una década, se dice pronto). Fuego y bronce: Una epopeya de los pueblos del mar, que acaba de asomarse a las librerías, sigue el precepto murdochiano y parte de un plan preconcebido, premeditado, calculado y mesurado. Pero esa gestación no ha necesitado mucho tiempo. Tampoco su traslación al papel ha sido lenta. Por otro lado, historia, personajes y autor —servidor— hemos seguido nuestro curso y nos hemos ido inventando a nosotros mismos a lo largo de la travesía. Y esta ha sido larga y provechosa, como le habría gustado a Kavafis: en ella, por cierto, hemos visto un buen puñado de ríos, montañas, ciudades y reinos, de nombre a cuál más exótico.

Hablando de palabras exóticas, ahí va una que no está nada mal: Aḫḫiyawa. Una noche, estando con mi familia en Lisboa de escapada de fin de semana, me propusieron por WhatssApp escribir una novela. Poco después y como resultado, di a luz un archivo de texto llamado Aḫḫiyawa.docx, que vivió durante catorce meses en mi ordenador alimentándose de mí y del plan que yo había diseñado para él. Aḫḫiyawa pasó de cero a cien en algo más de cuatrocientos días. De la nada al todo, de una palabra a más de ciento ochenta mil (es así como se miden las novelas mientras aún no son novelas: por palabras; luego, al poner el punto y final, se impone la más razonable medición paginada —aunque qué concepto más extraño es el de medir una novela—). Donde antes hubo vacío, caos y abismo, ahora existía una historia, unos personajes, un suelo que pisar y un orden rector. Pero ese extraño nombre, Aḫḫiyawa… ¿Acaso es esto una novela de indios y vaqueros?, me preguntaba casi a diario al abrir el documento para nutrirlo con palabras y frases. Como si yo no supiera la respuesta: no, los Aḫḫiyawa no tienen nada que ver con los Cherokees ni los Sioux. No es una novela del Oeste, aunque eso depende de dónde esté uno ubicado: es una novela de los pueblos del mar.

"El planeta se volvió inhóspito y los hombres y mujeres de entonces sufrieron como nunca. También hubo epidemias, y hubo guerras y muertes, muchas"

¿Y quiénes son los pueblos del mar? Libros hay que lo intentan explicar. Dicho con brevedad, y apoyándome a partes iguales en estos, los libros, y en la imagen que me he formado de aquellos, los pueblos del mar, tras acompañarlos durante catorce meses: son gente como nosotros, a quienes les tocó vivir en un mundo hostil que les obligó a volverse tan hostiles como el propio mundo. Un poco como nos pasa a todos, ¿no?, que hacemos lo que sea necesario para sobrevivir. Es una trampa perversa, este condenado mundo. No se puede decir otra cosa. Un círculo vicioso, un uroboros que se devora a sí mismo para alimentarse y poder resistir a su propia autodestrucción. Destruir para crear, matar para vivir. Para que pueda nacer lo nuevo, dice uno de los personajes de Fuego y bronce. ¿Y qué es lo nuevo? El mundo, claro, una vez más y como siempre ha sido.

Cualquiera diría que estamos hablando del siglo XXI, con sus guerras, sus injusticias, sus maldades y perversiones a mayor o menor escala —también con sus bondades, no hay que ser tan pesimista—. O del siglo XX, ya puestos; o del XIX, o del… Pero hay que conducir mucho tiempo marcha atrás con el DeLorean y su condensador de fluzo si queremos encontrar a estos pueblos del mar y su lucha por la supervivencia, tan presente y tan antigua. ¿Hasta cuándo? Que nadie se maree: hasta el siglo XII a.C. Y la distancia temporal hace que todo se vuelva más trágico si cabe: por más que a lo largo de los siglos hemos tropezado siempre en la misma piedra, parece que no hemos aprendido mucho.

En torno al año 1200 a.C. —da un poco de vértigo solo pensar en esa cifra pero, en efecto, por entonces ya había gente en el mundo; gente exactamente igual a nosotros— hubo un período de sequía terrible. El planeta se volvió inhóspito y los hombres y mujeres de entonces sufrieron como nunca. También hubo epidemias, y hubo guerras y muertes, muchas. Ciudades destruidas, oleadas de refugiados que iban de un sitio a otro en busca de un lugar donde (sobre)vivir. Parece que estemos hablando de ayer mismo, ¿verdad? El cambio climático, las guerras, la crisis de los refugiados, el coronavirus… Si a un señor de aquel entonces le hubieran dicho que tres mil doscientos años más tarde la Humanidad iba a seguir exactamente igual, se habría echado a llorar.

"¿Cuántas novelas existen sobre los pueblos del mar? Ninguna, me atrevería a decir. O pocas, si me arropo con el manto de la prudencia. He ahí una buena razón para escribir una"

Cuando aquella madrugada en Lisboa recibí el mensaje con la propuesta de novela sobre los pueblos del mar, una fosa abisal se abrió ante mis pies; más o menos como les sucedió a esas pobres gentes de hace tres milenios. Bueno, no tanto: yo no me jugaba la vida en el envite. El caso es que las fosas abisales están siempre llenas de agua, así que hice una barca y la crucé. A mi manera, desde luego. Y confesaré algo que tal vez no debería confesar: intenté hacer una historia sin muchas batallas ni demasiadas muertes. Intenté alejarme del tono épico que impregna muchas obras del género histórico. Traté incluso de aplicar un poco del barniz desenfadado y risueño que he usado en otras novelas. Pero no pude: la novela contiene épica porque la historia que cuenta es épica, porque esas gentes llevaron vidas épicas. Lucharon y murieron para vivir —es la paradoja de la vida: morir para seguir viviendo—. Como se ha hecho siempre, como hacemos nosotros, cada cual a su manera. Y desde luego, en la novela hay poco espacio para el desenfado y la narración traviesa. Por lo tanto, me temo que yo no escribí la novela sino que ella se escribió sola. Como decía Iris Murdoch, hay que sentarse en silencio y dejar que la cosa se invente a sí misma.

¿Cuántas novelas existen sobre los pueblos del mar? Ninguna, me atrevería a decir. O pocas, si me arropo con el manto de la prudencia. He ahí una buena razón para escribir una. Supongo que también para leerla. O tal vez no. Tal vez la razón más válida sería que se trata de una historia de pueblos —del mar, claro—, o más bien de familias, o más bien de personas. Que odian, aman, luchan, perdonan, sufren, viven y mueren. Como nosotros, después de todo. Son los mismos sentimientos que trató Iris Murdoch en sus novelas de familias inglesas de la segunda mitad del siglo XX. Se me ocurre que Iris Murdoch habría escrito una gran novela sobre los pueblos del mar.

—————————————

Autor: Luis Villalón. Título: Fuego y bronce: Una epopeya de los pueblos del mar. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios