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Queridísimos fantasmas

Queridísimos fantasmas

Me refiero siempre a la Casa de América como el Palacio de Linares y, si voy acompañado de alguien que no conoce demasiado la ciudad o no ha reparado en el edificio que se levanta a espaldas de la Cibeles, acostumbro a añadir: «el de los fantasmas». Mis amigos lo atribuyen a cierta inclinación que dicen que tengo por las cuestiones macabras y puede que tengan razón, aunque en este caso en particular haya que achacarlo más bien a una entrañable reminiscencia infantil. Supongo que como tenía entonces una edad muy tierna el asunto me impactó y se me quedó enquistado en algún rincón de la memoria y ahí sigue. No debí de ser el único, porque mucha gente de mi generación todavía recuerda la que se armó en aquellas semanas en las que arrancaban los salvajes años noventa del pasado siglo y comenzaron a salir en la prensa, en la radio y en la televisión unas grabaciones que no recuerdo quién había hecho en el interior del caserón. Se oía en ellas ―o eso decían, yo nunca conseguí entender una palabra― la voz de una niña, al parecer hija de una relación incestuosa que habían mantenido unos marqueses, a la que sus propios padres habrían dado muerte y emparedado en uno de los recovecos del palacio. Se dijo que algo raro habían advertido los vigilantes de seguridad ―se estaba restaurando por entonces el inmueble―, y a partir de entonces comenzaron a aparecer por allí parapsicólogos y cazafantasmas varios que se ocuparon de enchufar sus aparatos día y noche, por ver si conseguían registrar adecuadamente los lamentos de aquella pobre niña.

"Los que fingían oír la voz de la niña y los que no oíamos nada formábamos parte de una misma comunidad"

Ya digo que lo lograron, o eso dijeron, porque las psicofonías se hicieron tan célebres que hasta hubo una revista del corazón ―creo que fue Pronto, pero no estoy en condiciones de asegurarlo, había unas cuantas en los kioscos y todas se parecían― que en uno de sus números ofrecían como regalo la casete para que los oídos de España entera pudiesen percibir aquellos lamentos con la debida nitidez. Una de aquellas cintas apareció por casa de mi abuela, y recuerdo escucharla junto a un magnetofón atentamente ―no sabría decir cuánto duraba, creo recordar que era bastante― sin llegar a captar nada más que un zumbido constante y molesto en el que nadie era capaz de entender nada, por más que algún que otro niño del barrio fingiera lograrlo.

No pasó mucho tiempo hasta que se demostró que todo aquello era mentira. Que no había ningún cuerpo emparedado en el palacio y que las supuestas voces eran un embuste urdido por algún espabilado que encontró una rendija por la que hacer negocio. Quizá, más que por qué lo creímos, habría que preguntarse por qué quisimos creérnoslo. Nadie nos obligó a poner aquella casete en el magnetofón, ni a escucharla con la concentración tensa y casi rayana en la devoción con que se escucha algo que da miedo y que al mismo tiempo se desea. Tal vez hubiera en todo aquel asunto algo de ritual colectivo, de experiencia compartida que nos igualaba. Los que fingían oír la voz de la niña y los que no oíamos nada formábamos parte de una misma comunidad, unida no por la verdad sino por el zumbido, que es otra forma de decir que nos unía el deseo de que hubiera algo donde no había nada.

"La niña emparedada del Palacio de Linares nos hablaba del incesto y del crimen y del castigo, es decir, de las transgresiones que una sociedad disfraza"

Para eso, en realidad, es para lo que sirven los fantasmas. Las apariciones sobrenaturales han sido siempre menos una cuestión de muertos que de vivos, una manera que tienen las comunidades de conjurar sus miedos o sus culpas, sus anhelos o sus pérdidas. Una vocación de convertir en cuento lo que de otro modo permanecería amorfo e inmanejable. La niña emparedada del Palacio de Linares nos hablaba del incesto y del crimen y del castigo, es decir, de las transgresiones que una sociedad disfraza para no tener que afrontar la tarea enojosa de nombrarlas; y el hecho de que alguien la inventara y tanta gente la acogiera con su mejor disposición revela más sobre nosotros que lo que podían decir aquellas psicofonías deslucidas. Leo ahora que una plataforma audiovisual va a producir una serie documental sobre todo aquello, más de treinta años después, y no me sorprende ni me parece mal. Las fantasmagorías son inagotables porque no hablan del más allá sino del más acá, y por otro lado el edificio vale la pena por sí mismo, con su arquitectura majestuosa que llegó a ilustrar el reverso de los billetes de diez mil pesetas y la memoria de aquella película gloriosa de Berlanga en la que la gran Mary Santpere lo recorría con toda la familiaridad, porque era suyo. Pero los fantasmas del Palacio de Linares no existieron nunca. Los que existimos somos nosotros. Que en realidad, y como se ha visto, somos mucho más inquietantes.

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