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No cambies nunca, de Pablo Echart

No cambies nunca, de Pablo Echart

La lengua oral consigue matices que a la lengua escrita le cuestan más trabajo. No recuerdo qué escuela teatral —¿Stanislavski?— proponía este ejercicio para iniciarse en la actuación: pronunciar la misma palabra, una muy corta, con al menos doce significaciones diferentes. Cambiando el tono de voz, la duración, el volumen, la intensidad del sonido, recalcando una vocal, intercalando en medio un murmullo, un respingo, el aspaviento de un gesto, y de esas maneras el adverbio es capaz de afirmar o de confirmar o de hacerse interjección al descolgar el móvil o sugerir incredulidad o incluso sorpresa. A «¿sabías tú que se ha casado Arturo?» se le puede responder con un «¿sí?» de puritito asombro o de entusiasmo. O de conmiseración. O de irónica duda. O de indiferencia. O un «Sííííííí» de haber asistido al banquete y a la preboda.

Si con la entonación y otros recursos naturales, espontáneos, logramos —sin ser actores ni actrices profesionales— cambiar o matizar el significado de una misma palabra, también en según qué escenario, según qué contexto, o qué marco de circunstancias puede alterarse cómo se encajan determinadas expresiones. Por ejemplo, la palabra «hijoputa».

Que yo sepa, influye hasta la geografía. En el norte de la península ibérica el uso de esa insolencia malsonante tiende a conservar una carga más ofensiva y hostil que en otros territorios. Ni suele ser muy frecuente en la conversación habitual, y queda reservada para situaciones —para explosiones— de enfado real, para mostrar malestar agudo o un aparatoso descontento. Reacciones humanas, de toda la especie humana.

En regiones meridionales de España, en cambio, ese insulto contra el limpio origen de la vida suele conocer, entre gente de confianza, círculos de amistad, momentos distendidos…, un fenómeno retórico que se denomina «antífrasis». O sea: a alguien o a algo se le designa con palabras que sorprendentemente significan justo «lo contrario de lo que debieran decir». Y, así, ciertos insultos graves pierden carga ofensiva originaria, se medio desmitifican. Y hasta pueden adquirir un uso afectivo entre amigos, para demostrar afecto, alegría por un golpe de suerte, incluso admiración… O como comodín lingüístico: «Pero qué hijoputa estás tú hecho. A ti es que no te sale mal nada, tío. Anda, ponnos otras tres cañitas».

La entonación es clave. El tono, la sonrisa, el grado de cordialidad… O la tensión, los nervios afilados, la temperatura alta de la sangre, el profanar lo más íntimo, el desairar y ensuciar la dignidad humana.

Lo habrá comprobado usted tras leer «No cambies nunca», un microrrelato inédito del guipuzcoano Pablo Echart Orús.

Uno de los personajes centrales, Asier, suelta y repite varias veces esa palabrota de la que hemos hablado arriba. Incluso lanza ese otro que parece —a mí, al menos— poco de la calle y esquinado en los recreos «hijo de perra»: suena más a pantalla grande de las de antes y a doblaje literario. Pero refleja a las claras un estallido emocional. Porque este microrrelato se adentra en un mapa embarazoso para la narrativa: contar emociones convincentemente. Como sacarle al adverbio acepciones de sorpresa, de vacilación, de bronca y adolescentes puñetazos.

Innegable el ritmo —que va acelerándose— y transparente la claridad de este relato comprimido en pocas líneas. En una secuencia. La calma inicial (la lectura, el rechazo dócil a jugar con dos «raritos» del patio, los que juegan imaginativos y originales a lo que no se llama fútbol, más cierta añoranza de lo irremediable, incomprensiblemente ido o arrebatado), la brusca ruptura (un golpetazo repentino en la cabeza), la escalada de la zozobra (en forma de humillación tensa, además), el clímax narrativo (y violento, por la agresión física) y el desenlace, todo sorpresa, todo corazón, todo rebeldía mezclada con el asombro de la sangre.

La historia enracima, como una bomba letal, temas, ideas, indirectas, sugerencias. Como en los textos con auténtico contenido. Junto a la soledad y el desarraigo afloran esa memoria joven y afectiva de haber conocido refugios y vínculos —el clásico de la lectura y el más clásico del amor con nombre propio, Olivia en ese tiempo horizontal del patio— y el desatarse del descontrol, se tenga la edad que se tenga. Y recorriendo, vértebra a vértebra, minuto a minuto, página a página, el amor. Los pasos primeros del amor. El amor de un muchacho introspectivo y sensible que prefiere entrar en un libro, casi sagrado, un regalo valoradísimo, y que de súbito cambia. Y actúa como un trueno.

Porque el conflicto no se limita a lo externo, a los agresores que abusan, sino que serpentea —virtudes de lo literario— hasta los adentros: Asier está conteniéndose hasta que le hieren lo que más le importa. Lo que se llama amor. El suyo. El que da él, se vea o no correspondido.

Y el conflicto crece en el sentirse desubicado. Desplazado. «No entendía por qué sus padres le habían cambiado de colegio», expone el narrador. Más que bullying resuena una versión subtitulada del exilio y el desconcierto. De los primeros encontronazos ante el mundo y su vida.

Pablo Echart ganó, joven, veinteañero, en 1998, un concurso pionero de microrrelatos, organizado por el Círculo Cultural Faroni. De Augusto Faroni, el gran personaje del gran Landero en Juegos de la edad tardía. «Retorno», se titulaba. Unos treinta años después, catedrático de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, profesor de Guion de Ficción-Cine y de la asignatura Cine Español, Pablo Echart acaba de publicar —por fin— una madura selección de cincuenta y tantas narraciones superbreves, Mirar el mar, parientes de este microrrelato inédito. Un libro que merece la pena y que asombra. Raro hecho, hoy. Sus piezas tienen ese aire de familia, con brisa de parentesco y consanguinidad. Les une la sensibilidad de la memoria y el sabor y el salitre de la experiencia de la melancolía, de los dulzores de la infancia. Cuentan lazos de afecto, el amor y formas de la felicidad que tienen que ver con aquello tan milenario de «bienaventurados los limpios de corazón» y de ojos lúcidos, minuciosos y comprensivos. Llegan a esas narraciones de Pablo Echart seres reflexivos y pausados, mansos, que lloran y saben ser misericordiosos —porque conocen la fragilidad propia y ajena y perdonan los errores de todos— y que cuentan historias de entrañas humanas. Casi poemas y secuencias donde el amor tiene la longitud inigualable del horizonte. O de la pleamar. La lisura de las playas continuas. Esa grandeza de ser todavía personas que echan raíces en los mejores corazones. Y sin ñoñerías. Leyendo desde el puerto de la realidad. Mirando el mar, por eso. Háganse con él. Y con sus símbolos y valores. Como ese papel, arrugado con tantas heridas primeras de estar vivo. Con «la de la vida / la de la muerte» y de siempre el amor. Para descifrar las biografías. La misma vida con sus numerosos significados.

*****

No cambies nunca

La sirena del recreo no interrumpió la concentración de Asier. Tenía que llegar al final del capítulo. Cuando salió al patio, los niños de la clase ya corrían detrás del balón. Se sentó en un banco con el libro y se acercaron a él Leandro y Jaime. Querían jugar con él a deslizar las briznas de hierba por el canalón del agua, pero Asier no tenía ganas. Prefería leer el libro que le había regalado Olivia por su cumpleaños. No entendía por qué sus padres le habían cambiado de colegio. La echaba de menos. Así que siguió leyendo para rastrear la presencia de su amiga en cada  una de las líneas.

De repente, notó un golpe fuerte en la cabeza.

―Qué pasa, maricón, ¿no tienes suficiente con las horas de clase? ―preguntó el gallo del corral.

Le arrancó el libro de las manos y lo hojeó simulando interés. Asier se levantó del banco y se acercó a él.

―Devuélvemelo.

―Seguro que tu madre leía esta mierda cuando estaba embarazada de ti y por eso has salido así de retrasado.

 

Los dos secuaces le rieron la gracia.

―Devuélvemelo, por favor.

 

Asier le tocó al matón en los brazos como forma de súplica, pero este siguió a lo suyo. ―¡Vaya, si tiene una dedicatoria! «Al tonto del culo más grande del colegio, de su putita Olivia». Asier no pareció registrar la ofensa. Solamente quería recuperar el libro.

―¡Dame el libro!

―Uy, eso de escribir palabrotas está muy feo, mariquita.

 

Mirando a Asier fijamente, el matón arrancó la página dedicada.

―Dame las gracias, gilipollas, ya te queda una página menos para llegar al final.

Arrugó el papel, hizo una bola con él y le dio una patada. Miró sonriente a los esbirros, que, no muy convencidos, le hicieron el coro. De improviso, Asier se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo. Sin darle tiempo a reaccionar, le atizó una serie de puñetazos en la cara. Y al mismo tiempo gritó:

―¡Hijo de puta, te voy a matar! ¡Hijo de puta!

Los secuaces salieron de su incredulidad y se abalanzaron sobre Asier para detenerlo. Lo tomaron de los brazos y le aplacaron. Asier comenzó a escupirle al matón, que sangraba de manera ostensible y se tapaba la nariz.

―¡Muérete, hijo de perra! ¡Ojalá tengas la nariz rota! ¡Métete con tu puta madre!

 

El cuerpo de Asier se destensó y los secuaces lo soltaron. Recogió su libro y la bola de papel arrugado. Tenía las manos magulladas e hinchadas. Extendió como pudo el papel y leyó la dedicatoria de su amiga. “Eres el más bueno. Por eso eres mi mejor amigo. No cambies nunca. Olivia”. Los ojos se le empañaron de lágrimas y rompió a llorar con desconsuelo.■

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