Hay algo que siempre me ha tirado para atrás: el pensamiento de tribu, de rebaño, tan monolítico como aburrido. Malentender el corporativismo como único discurso de vida lleva a perder el punto de vista panorámico que permite entender las razones y argumentos de los demás.
Yo contestaba amable, paciente, mirando a los ojos de mis interlocutores, esperando que mi respuesta sirviera para aclarar de quién era yo.
No siempre resultaba sencillo explicar que eras fulano o mengano, hijo de, nieto de, de los de arriba de la plaza, de los Zutano de toda la vida. Al final siempre daban con toda tu estirpe con un “¡ah, ese!”, y lo reafirmaban diciendo: “Si somos primos”. A mis amigos les sucedía lo mismo, y casi de forma cíclica —a golpe de estirón veraniego— se nos sometía al mismo interrogatorio.
Como si fuésemos herederos de un linaje, de unos errores o de unos éxitos genéticos, siempre se ha buscado en los vástagos ese testigo transmitido. Pasa aquí, en Uganda o en cualquier esquina de China o de Nicaragua. En todos los lugares del mundo, independientemente de la frontera dibujada con escuadra y cartabón —o solidificada por unos Pirineos o Urales—, el Nosotros y el Vosotros se hace mayúsculo, sujetado con alfileres, a veces a base de hipérboles, de mitos incuestionables, otras de prejuicios, y casi siempre de falsedades.
Viajar no cura esa enfermedad, pero algo ayuda, especialmente cuando ves que los rumanos no son unos ladrones, y de repente te ayudan arreglándote el coche gratis en un taller perdido del pueblo más remoto de Maramures. O que ese niño que te miraba en un pueblo de Marruecos no quiere robarte, sino que está mirando el escudo de la camiseta del equipo de fútbol que llevas puesta, y que no la conoce porque solo sabe que existen dos equipos en España.
Los típicos tópicos solo sirven para encapsular las propias limitaciones y complejos, como esos niños que sufriendo algún abuso, lo reproducen como pequeños matones de guardería.
La gente realmente pobre no es la que no tiene dinero, o recursos, o coches o móviles. No es la que juega con un balón pinchado, ni la que no tiene Netflix o se entretiene jugando con tizas de colores. Los pobres de solemnidad son los que tienen todo eso y sin embargo no piensan, no leen, se creen todo lo que dice “el internet”, o los que solo ven un canal o miran un periódico. Los que dan una lástima terrible son esos que teniendo todo no tienen nada, que compran el discurso rápido, que dan bandazos tan grandes con populistas de diferente correa que ni saben por dónde les da el aire.
Pensar es gratis, aunque algunos nos lo quieren limitar, como si fuese un caudal de bytes finito. Son tantos los que prefieren hablar antes que pensar, opinar como obligación, no como derecho. Cancelar el pensamiento se ha convertido en un látigo de muchas colas, que lo mismo vale para el fútbol, la política, la cultura, el cine o la geopolítica mundial. Se les nota rápido porque su discurso es tan manido, tan calcado y sacado de una IA. Reproducido como un falso axioma de soberano ejercicio de estupidez, y basado en dos búsquedas en su arma de teclado rápido, es sencillo desarmarlos con un zigzagueo de florete dialéctico que los debería sumir en la miseria de las vergüenzas expuestas en público. Y sin embargo no, ¡pardiez! Ha evolucionado la osadía y la ignorancia hasta el punto de que les reímos la gracia a los más tontos, pero de eso ya hablamos otro día. Hoy nos quedamos en el que no somos de nadie ni de ningún lugar. No nos creamos tan importantes…


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