Quería escribir mal sobre El buen mal, y sobre la autora, porque le va bien y coincidió con Vila-Matas, porque vive en Europa, la convocan de muchos lugares y le pagan los boletos, conoce gente interesante ¡y además seguro le dan las comidas gratis! Y porque se ganó el premio estrafalario, claro, con lo cual prejuzgaba yo que su trabajo iba a ser aburridísimo, malo, comercialote; que se la habría tragado la pretensión del mercado, de los agentes literarios top top.
Entonces, decía, había intentado con Kentukis y no hubo manera de terminarlo, como me pasa con muchos cuentos de Borges que, siguiendo su consejo de dejar si a la brevedad el texto no nos atrapa, abandono para otro momento, para cuando haya podido tragarme la biblioteca de Alexandría y sea capaz de entender los guiños a este buen señor, eterno Jorge Luis. Con Kentukis no congeniamos pero al de ahora, al exitoso, al que ya todo el mundo halagó, lo estoy empezando a leer otra vez, porque tiene aura de clase de escritura, recursos raros, maneras que me detienen de las mechas y tengo que volver a leer. Logros que no logro entender cómo es que surgen a la autora, y el mayor de ellos es que casi no utiliza adjetivos, adverbios, como recomendaba Pío Baroja (o esa sensación me dejó). ¿Por esto el libro es tan contundente?
La mujer de la comunidad, los detalles que describe sobre lo que le sucede en ese momento, y después de eso. La poeta y el vínculo que forja con las dos nenas, tan orgánico, nada falta, nada sobra. Elena, sus caballos, la reacción impredecible cuando sucede lo que sucede y es esto, giros impredecibles. De la visita al geriátrico a lo otro que surge en la casa de la mujer, lo que hace ese hombre singular y lo que pasa con su madre anciana. Todo. Va tejiendo no sé cómo relatos que viran hacia lo imprevisto, como las reacciones humanas genuinas, las que afloran cuando no estamos siendo observados. ¿Lo saca de su cabeza o va uniendo fragmentos pinterianos de otro lugar?
En fin, creía que el libro iba a ser malo porque los premios, lo repito porque nunca me han dado uno, de pura envidia, los premios en general son otorgados a quienes más venden, o bien a algún interesante, ya decrépito, del que se acuerdan antes de que estire el miembro inferior (para no quedar mal)***. Creía que iba a ser malo pero me equivoqué, y después de escuchar a la autora en algunas entrevistas me alegra mucho que alguien lúcido, intrigante, con jugo para exprimir, tela para cortar haya recibido, enhorabuena, el millonario ingente estrafalario. Grandiosa, Samanta. Y su abuelita también.
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* Vivir y dejar vivir, mire si cada uno de nosotros se dedicara a eso, lo bien que andaría el planeta.
** Al parecer, a cierta edad o a cierto nivel de éxito la vergüenza pasa a ser una carente virtud, lo mismo que el calcio y la progesterona.
*** El precio del bronce para las plaquitas homenaje post mortem está por las nubes
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Autor: Samanta Schweblin. Título: El buen mal. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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