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Primeras crueldades de Vlad Tepes

Si, como defiende Voltaire en su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (1756), “la Historia no es más que el cuadro de los crímenes y de las desgracias”. Y si de lo que “dice el sabio no debemos dudar”, que escribe a su vez Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, pues los hechos nos demuestran el acierto de sus razonamientos. Pocos protagonistas de la Historia del siglo XV tienen tanto derecho a serlo como Gilles de Rais —mariscal y par de Francia— y Vlad Tepes, el Empalador. Dos abominaciones —o héroes nacionales, según el prisma desde el que se los estudie— cuyas vidas se solaparon en el tiempo.

El francés fue uno de los capitanes más entregados de la Pucelle. Fue el primero en amar a Juana de Arco con la pureza y la devoción que después de él habría de hacerlo toda Francia. Nunca se perdonó no haber llegado a tiempo con su hueste para salvar a la Doncella de Orleans de la hoguera a la que la llevaron los ingleses. Lo malo fue que cuando la devoción por la santa dejó de iluminarle, a su antiguo capitán se le nubló el juicio, y empezó a darse a sus más abyectas pasiones. La alquimia, la búsqueda de la piedra filosofal, fue solo un pretexto para dar muerte entre terribles suplicios y ultrajes a 140 “pajes”, quienes, más que por la quimérica idea de convertir los metales básicos en oro, merced a un supuesto elixir extraído de su sangre, fueron víctimas de los abominables apetitos del mariscal.

"Con independencia de la ranciedad de su abolengo y de la gloria que llevó a su patria, Vlad Tepes hizo historia por su amor a la carnicería"

Fue tanta la vesania de Gilles de Rais que ni su devoción por la Pucelle ha conseguido limpiar su nombre. Su epígrafe en la historia del siglo XV parece desdibujado por el lugar, que también ocupa, en la crónica de los asesinos en serie. Muy por el contrario, su contemporáneo, Vlad El empalador, es el héroe nacional de Rumanía. Figura determinante en la lucha del país contra el imperio otomano, su castillo de Bram, que no es otro que el Castillo de Drácula, es uno de los lugares más visitados por los turistas en los Cárpatos.

Dentro del linaje de los Drăculești, Vlad Tepes, el Empalador, era hijo de Vlad II Dracul, fundador de esta estirpe de la Casa de Basarab. Quiere esto decir que Vlad Tepes era parte del núcleo de una de las dinastías que gobernaron el Principado de Valaquia, al sur de Rumania. Con independencia de la ranciedad de su abolengo y de la gloria que llevó a su patria, Vlad Tepes hizo historia por su amor a la carnicería. Había algo en la sangre, acaso su olor o su sabor a hierro, que encendía a El Empalador. Algo que no distaba mucho de ese placer que verla correr procuraba, desde la noche de los tiempos, a los sacerdotes que oficiaban los sacrificios de las víctimas designadas en los altares de los dioses impíos y paganos.

"A Vlad, que había sido cautivo del sultán durante varios años, no le era difícil hacerse pasar por un mercader turco e internarse en su campamento"

Con tales antecedentes, el momento estelar de este príncipe de Valaquia tuvo lugar una noche como la de hoy, la que se fue entre el 16 y el 17 de junio de 1462, hace en este día 564 años. Se libraba en la Valaquia de aquel tiempo la guerra contra el sultán Mehmed II. Vlad se negó a pagar la yizia —el impuesto cobrado por el sultán a los infieles— y se intensificó cuando Vlad Tepes invadió Bulgaria y empaló a más de 23 000 turcos tan y como se describe en el Código de Hammurabi. En aquella noche, despiadada además de triste, El Empalador viviría otro de sus momentos estelares entregado a su gran pasión: la carnicería lenta y metódica, el empalamiento de seres humanos. Es decir, atravesar gente con una estaca desde el ano —o la vagina en el caso de las mujeres— hasta la boca.

Durante toda la campaña venía siendo frecuente que los valacos se disfrazasen de otomanos para introducirse en las filas del enemigo y combatirles desde dentro. A Vlad, que había sido cautivo del sultán durante varios años, no le era difícil hacerse pasar por un mercader turco e internarse en su campamento. La noche en cuestión lo hizo con 16.000 de sus mejores guerreros. El enemigo dormía cuando le acometieron. Prendieron fuego a su campamento mientras los turcos, confundidos, se mataban entre ellos. No consiguieron llegar a la tienda del sultán, pero dieron con las de los visires Mahmund Bajá e Isaac, con quienes no hubo clemencia.

"Todos agonizando durante días hasta la muerte, en una suerte de escenario del horror organizado en círculos concéntricos, para que fuera visible desde muy lejos"

Aquellos fueron unos tiempos crueles. Pese a ello, El Empalador tuvo cierto reconocimiento con los valientes. Los otomanos que mostraban heridas en la cara y en el pecho; los que no huyeron y afrontaron lo inevitable, gozaron de una muerte rápida, sin suplicio previo. Se dice que incluso hubo alguno a quien Vlad perdonó la vida. Muy por el contrario, los cobardes que intentaron escabullirse en la desbandada, sin presentar batalla, fueron empalados en una puesta en escena terrible. El Bosque de los Muertos de Târgoviște: unos 20.000 vencidos, en su mayoría eran hombres. Pero también había mujeres y niños, los vivanderos que en el siglo XV seguían a los ejércitos. Todos ellos empalados, como, ya en la antigua Mesopotamia, se decía en el Código de Hammurabi. Todos agonizando durante días hasta la muerte, en una suerte de escenario del horror organizado en círculos concéntricos, para que fuera visible desde muy lejos.

Esos bosques de los muertos que organizaba el príncipe no solo fueron una estrategia de disuasión, una muestra en verdad elocuente respecto a lo que les aguardaba los enemigos de los valacos. También permearon en la cultura de la Europa de la época. Con la imprenta aún incipiente, fueron muchos los folletos y relatos sobre El Empalador dados a la estampa con el invento de Gutenberg. Tantos que en verdad podemos considerarlos todo un precedente de esa literatura de terror, esas ficciones de miedo que, en su concepción más amplia, habrían de ser las sombras del Siglo de las Luces. Esa delicia que hoy llamamos literatura de terror a la que el Empalador inspiró en un par de ocasiones. En aquellos folletos del silgo XV que daban noticia de sus empalamientos de turcos y en Drácula (1897), la célebre novela de Bram Stoker. Sí señor, el no muerto del autor irlandés debe al príncipe valaco su linaje y su afán de sangre. Pero también la estaca, ese procedimiento para matar al vampiro que tanto nos recuerda a los empalamientos de Vlad Tepes.

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