Inicio > Firmas > Estación en curva > Una evocación de Garfias

Una evocación de Garfias

Una evocación de Garfias

Llevo grabada en la memoria una coplilla de Pedro Garfias que leí hace ya unos cuantos años en una especie de monográfico que le dedicó el diario La Nueva España con ocasión de no recuerdo qué efeméride: «No es mala cosa morirse, / digamos que es natural. / Sobrevivirse sí es malo, / cosa mortal». Debió de escribirla en sus últimos años, que fueron un naufragio permanente en el que se entremezclaban el periodismo, la poesía y el alcohol, y no sé si llegó a publicarla o se quedó relegada al caos de los papeles sueltos que poblaban sus bolsillos. No se sobrevivió él mucho ―falleció en 1967 en Monterrey, tenía sesenta y un años― y tampoco la posteridad le está resultando muy benéfica en su país natal, donde apenas se lo lee y es imposible dar con ediciones recientes de su obra. En el colmo de la paradoja, ni siquiera todo el mundo sabe atribuirle su poema más conocido, el que tituló «Asturias». Lo convirtió en canción Víctor Manuel cuando llegó a sus manos, no mucho después de la muerte de su autor, y ha viajado por medio mundo con gran éxito, pero resuena sobre todo en la tierra que glosan sus versos sin que la mayoría de quienes los jalean sean conscientes de que su autoría no corresponde al cantautor, sino a un miembro colateral de la Generación del 27 que nunca llegó a conocer los predios asturianos, que tuvo que irse al exilio tras la derrota republicana en nuestra última guerra y que tras pasar por los campos de concentración franceses y residir durante una temporada en un castillo inglés terminó recalando en México, de donde ya no volvería.

"Le tiene uno simpatía a Garfias porque la suya es una de esas figuras que se quedaron en la orilla y terminaron en nada, pudiendo haber sido mucho"

En su tierra de acogida sí se le tiene cierta estima. Se le erigió una estatua en Guadalajara, en la esquina de las calles Chapultepec e Hidalgo, y una calle lleva su nombre en Santa Caterina, en el estado de Nuevo León. Me dicen algunos amigos que tengo desperdigados por allí que no es complicado dar con libros suyos y que su exiguo legado goza no de una gran vitalidad, pero sí del raro don de la supervivencia. Una búsqueda rápida en Google me lleva a consignar que en España tiene calles puestas a su nombre en Málaga, Gilena, Osuna y Dos Hermanas, lo cual no es mala cosa teniendo en cuenta que siempre se consideró andaluz aunque el azar lo hubiera nacido en Salamanca. Le tiene uno simpatía a Garfias porque la suya es una de esas figuras que se quedaron en la orilla y terminaron en nada, pudiendo haber sido mucho, por cuestiones que no tienen que ver con el talento ni con las compañías, sino con el puro azar. Fue uno de los apóstoles del ultraísmo, acostumbraba a pasarse por la Residencia de Estudiantes cuando el complejo de los Altos de Hipódromo era el lugar en el que había que estar si se quería pintar algo y participó en la fundación de la revista Horizonte, además de colaborar en publicaciones de pelajes diversos y llevar su firma al primer y único número de Jeune Europe, el intento que acometió Tristan Tzara para reagrupar a los surrealistas en torno a postulados más ortodoxos. Llamó la atención, pero no obtuvo un gran reconocimiento porque su firma siempre quedó opacada por otras que presumían de más fuste. De aquella época data su primer título, El ala del sur, que fue el único hasta que una década más tarde, en pleno conflicto, publica la que será su obra más valorada en términos institucionales. El volumen Poesías de la guerra se editó en Valencia en 1937 y mereció el Premio Nacional de Poesía, según el criterio de un jurado conformado por Antonio Machado, Enrique Díez Canedo y Tomás Navarro Tomás. Fue, ciertamente, una de las pocas alegrías que le deparó la escritura. Llegaron después el destierro, las penurias y, con ellas, la que quizá sea su mejor obra, un texto que tituló Primavera en Eaton Hastings y al que puso el lema Poema bucólico con intermedios de llanto. Lo pergeñó en aquella temporada que pasó en una fortaleza de Inglaterra, y late en él la pena negra ante la evidencia del fracaso, la desolación ante un porvenir en el que no se atisba más que tierra baldía.

Quienes tuvieron trato con él siempre dijeron que Garfias era un buen hombre, que en su etapa mexicana confraternizaba con todo el mundo y se hacía querer porque nunca permitía que sus excesos dieran al traste con sus modales. Lo comentó Víctor Manuel la tarde en que nos sentamos a recordarlo y llamamos la atención sobre una descortesía flagrante a la que nadie parece dispuesto a poner remedio: no hay en toda Asturias una sola calle, ni una sola plaza, ni una sola placa, que rinda honores a Garfias y a la elegía épica que dedicó a esa tierra en la que nunca puso el pie y que se ha terminado convirtiendo en una suerte de himno oficioso del lugar. Hay olvidos que sangran, y ése es uno que convendría resarcir pronto.

4.5/5 (11 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios