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Una destrucción de la mujer que estremece

Una destrucción de la mujer que estremece

Hay una cita que abre el primer libro que leí de Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), Los bosques de Upsala, que se incrusta de una manera muy profunda en el último libro que ha publicado y que terminé de leer hace unos días, In vitro: Una historia cultural de la destrucción de las mujeres, que estremece. La subordinada de relativo «que estremece», que he añadido al título, revela el estado en el que te deja la lectura del texto. Un texto que se fundamenta, como el propio autor advierte, en los relatos más convincentes, que no los más verídicos, de lo que le ha sucedido. In vitro nos relata el periplo que su esposa y él soportaron para lograr ser padres. Así, la cita de Los bosques de Upsala nos ayuda a vislumbrar el final de In vitro, que pudo convertirse en una losa, pero no: «siempre es culpable quien queda con vida. No obstante, llevaré la herida». Imre Kertész en Liquidación.

Los bosques de Upsala versa sobre el suicidio. In vitro narra el deseo de dos personas de ser padres. Por ese motivo contratan los servicios de un centro de reproducción asistida. El autor lo reconoce en la primera página: «ya era demasiado tarde para nosotros». Cuando leí esa afirmación recordé a muchas mujeres, la mayoría amigas y conocidas de mi mujer, que habían experimentado una situación similar. También recordé, cómo no, puesto que lo tenía fresco, el recuerdo de una de las últimas clases de Literatura Universal con mis alumnos. Comentábamos un texto de Grandes esperanzas, de Charles Dickens, en el que una de sus protagonistas, la señorita Havisham, era también una mujer biológicamente estéril casi a la fuerza, entre otros motivos por los traumas que hubo de sufrir. Dickens abordaba la maternidad adoptiva frente a la imposibilidad biológica de concebir, una imposibilidad que se convertiría, en cierto modo, en desesperación para otra autora, Mary Ann Evans (George Eliot). En su obra Silas Marner explora las consecuencias de la acogida por parte de un matrimonio de una niña huérfana. Lo yermo se transforma y la protagonista, que era estéril, comprueba cómo la maternidad y la paternidad no dependen de la sangre, sino de un acto de generosidad absoluta, que termina redimiendo a los protagonistas.

"En la historia de la humanidad ha sido una constante la imposibilidad de concebir y dar a luz a un hijo. In vitro nos lo subraya y rotula constantemente"

Pero no solo recordé a estas dos protagonistas literarias, sino que recordé a otras bíblicas, como Isabel, la prima de María, la madre de Jesús; y a Sara, la esposa de Abraham, personaje que Colomer menciona en el sexto capítulo, en el que subraya, además de su esterilidad, su perplejidad ante el anuncio de que con noventa años iba a quedarse embarazada. Y así fue, «nueve meses después, Sara dio a luz a Isaac, considerado el padre del pueblo israelita». Colomer no se queda ahí, sino que colorea la escena con esa más que sobresaliente capacidad para la recreación de temperamentos; así, nos obliga a imaginar, soberbia y poderosa, a Sara, cuando «algunas vecinas hicieron correr el rumor de que el niño no había salido realmente del vientre de aquella vieja, sino del de alguna de sus esclavas, y para cerrarles las bocas, la anciana se plantó junto al pozo del que toda la tribu obtenía agua, liberó uno de sus pechos y amamantó a su bebé delante de esas arpías».

Después vendrían Rebeca, Raquel y ¡hasta la madre de Sansón! En la historia de la humanidad ha sido una constante la imposibilidad de concebir y dar a luz a un hijo. In vitro nos lo subraya y rotula constantemente. A veces, y aquí regreso a la literatura, de manera trágica, como recordamos, por ejemplo, en Yerma, obra lorquiana que integra, junto a La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre, la denominada “trilogía rural” del autor granadino, en la que el tema es el universo femenino.

"Álvaro Colomer no se estanca en la experiencia de su esposa y suya por tratar de ser padres, sino que escribe un ensayo porque necesita explicarse"

Pero Álvaro Colomer no se estanca en la experiencia de su esposa y suya por tratar de ser padres, sino que escribe un ensayo porque necesita explicarse, convencerse y entender por qué, desde el principio de los tiempos, los hombres han concebido la maternidad como un deseo propio de ser madres, por qué se ha alimentado siempre ese «anhelo que les ha impulsado a hacer cuanto ha estado en su mano para asimilar, controlar y replicar el funcionamiento del aparato reproductor femenino», ese «caldero mágico oculto entre las piernas de la mujer». De hecho, este razonamiento se desencadena en el momento en el que el ginecólogo, una vez que resurge de entre los muslos de su mujer, exclama: «¡Bueno, ya estás embarazada!»; es entonces cuando este le da una palmada a la rodilla de su mujer que provoca en el autor la escritura de un viaje virguero en el tiempo: In vitro. Quien decida leerlo se expone a estremecerse, lo primero, y a que muchos de sus prejuicios sobre la benevolencia de la FIV (fecundación in vitro) queden vapuleados y sus creencias destrozadas ante lo que demuestra como evidente: una destrucción de las mujeres.

Para refutar su tesis, el autor acompañará al lector por la historia cultural europea, radicada en lo que lo griego y lo romano consolidaron. Para ello, y este es uno de los atractivos del ensayo, Colomer realizará una imbricación (sí, el verbo es imbricar: disponer las cosas de forma que queden superpuestas parcialmente, como las escamas de los peces) entre los hechos y sucesos que protagonizan tanto él como su esposa y la historia cultural que ha permitido llevar al hombre a ese empecinamiento por el control biológico de la maternidad. Y aquí, sin ninguna duda, el libro de Colomer es muy brillante, entre otros motivos, por la minuciosidad del proceso de documentación histórica que le permite sostener cada una de sus afirmaciones.

Pero me gustaría, además de la evidente destrucción de la mujer, traer ahora la que para mí considero otra destrucción: la del embrión. Ambas destrucciones, tanto la de la mujer como la del embrión, fueron tratadas en dos instrucciones apostólicas del magisterio de la Iglesia. Mi condición de católico en construcción, en ocasiones, me lleva a preguntarme el origen no solo de las desesperanzas, ahogos y agujeros negros existenciales en los que nos sumimos como personas, sino en tratar de considerarlo desde la posición de la doctrina y moral católica como fuente de solución.

"Esta supletoria perspectiva del fenómeno de la fecundación in vitro pudiera enfrentar las dos posiciones, la que defiende Colomer, claramente feminista, y la que defiende la Iglesia católica"

En esta ocasión, hay dos instrucciones que analizan la fecundación in vitro. Se trata de la instrucción Donum Vitae de 1987, que declaraba –y declara– que la vida debe ser fruto del amor entre los esposos y no el resultado de una intervención técnica; y de la instrucción Dignitas Personae de 2008, que rechaza la fecundación in vitro y la crioconservación de embriones porque la vida humana queda reducida a un producto de laboratorio.

Esta supletoria perspectiva del fenómeno de la fecundación in vitro pudiera enfrentar las dos posiciones, la que defiende Colomer, claramente feminista, y la que defiende la Iglesia católica. Incluso hacerlas radicales y opuestas. Pero ambas, está claro, rechazan la FIV desde posiciones ideológicas diferentes y enfrentadas. Colomer denuncia, en última instancia, la cosificación y la violencia médica, así como el control que sobre el cuerpo de la mujer y sobre el cuerpo de su esposa en concreto se tiene. De hecho, denuncia «que nuestra civilización se alza sobre el deseo de controlar las funciones biológicamente asignadas al cuerpo de las mujeres». Además, prosigue y afirma, «la religión ha sido el principal instrumento para llevar a efecto este anhelo». Esta última cita podría entenderse mejor si consideramos que, en el caso de la Iglesia católica, no solo se antepone la dignidad del embrión y el acto conyugal y por tanto, del hombre y la mujer, sino que promueve la defensa de la vida desde la concepción, y el desarrollo del hijo que nace del amor conyugal. Pero más que de la iglesia, y es aquí donde disiento con Colomer, ha sido el hombre el que, en una aspiración continua y en un intento histórico, ha querido arrebatar y dominar la maternidad mediante la ciencia. El mismo autor denuncia ese papel pasivo de la mujer cuando corrobora lo que decía Aristóteles cuando ponía el siguiente ejemplo: «Si las mujeres son como árboles que proporcionan madera, los hombres son como los carpinteros que transforman esa materia prima en muebles». La iglesia, en este caso la Iglesia católica, denuncia la usurpación del papel de Dios como único creador de vida humana, asunto que de alguna manera también menciona Colomer cuando trae a colación los ejemplos de Mary Shelley y su eterno Prometeo y El hombre de arena, E. T. A. Hoffman. No obstante, hay un lamento final, que nace de la humildad y de la finitud humana, un lamento que es una débil voz, una afirmación, un pensamiento que se convierte en una especie de sentimiento de culpabilidad cuando el autor concluye, frente a su esposa, que existía «la posibilidad de que fuera Dios quien no quisiera que nos reprodujéramos».

"Colomer ha tratado de visibilizar el tabú masculino, que está refrendado por una tradición cultural en la que el hombre busca ser como Dios"

Junto a lo expuesto, he de señalar que Colomer nos recuerda constantemente cuáles han sido las figuras de referencia que ha utilizado para armar este ensayo, para dialogar con la historia y exponer (e imbricar) lo que les iba sucediendo con lo que les había sucedido a otros escritores y personajes de la historia, real o literaria. Así, por ejemplo, cita el embarazo de Zeus por parte de Metis, a Pigmalión, a Filis (del que derivará la sífilis), la Eva repulsiva, los autómatas y la muñeca de Descartes. Frente a estas, o junto a estas, mejor, se suman las referencias fundamentadas, cómo no, en el Dios de la Sagrada Escritura, la ley natural y los mandamientos.

En definitiva, concluimos que la experiencia que soportaron Álvaro Colomer y su mujer en un «laboratorio» ha hecho que este, al final del relato, aparezca y se haya configurado en un abominable espacio moderno donde permanecen latentes los viejos mitos de dominación y opresión del hombre sobre la mujer; son estos mismos centros médicos los que considera la Iglesia católica como centros donde se «producen» seres humanos que más tarde se congelan o se destruyen en forma de embriones sobrantes. Embriones sobrantes, eufemismo de «pérdida del feto», que es otro tabú transformado en expresiones eufemísticas tranquilizadoras: «huevo roto» y «pájaro abatido». Ninguneada así la palabra feto, es natural que In vitro solo muestre una única y directa víctima: la mujer que es sometida a unos procesos médicos muy invasivos en los que el laboratorio asume un curioso rol sobre el cuerpo de la mujer (incluso símbolo): el de perseguidor de vaginas con el fin de abrirlas, como ya quiso hacer Abimelec. Solo espero que alguien, horrorizado ante la destrucción (y violación) de tantas mujeres, clame a una diosa como Astarté para pedirle piedad y esta, ante tanto horror y clamor, convierta de nuevo en piedra a quien era de carne; y que lo haga mientras el laboratorio del hombre tenga su pene dentro.

Colomer ha tratado de visibilizar el tabú masculino, que está refrendado por una tradición cultural en la que el hombre busca ser como Dios, tratando de crear vida al margen del poder biológico de la mujer. Y lo quiere hacer mediante la fecundación in vitro, que altera el proceso natural. In vitro nos demuestra que se ha permitido tratar a la mujer, destruir a la mujer como si fuese una muñeca, como si de un autómata, al servicio de un ansia masculina, se tratara: ser madre.

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Autor: Álvaro Colomer. Título: In vitro: Una historia cultural de la destrucción de las mujeres. Editorial: enDebate. Venta: Todostuslibros.

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