Cuando uno lee el subtítulo de Nunca mires bajo el césped, del autor mallorquín Jaime Roig de Diego, Con la presentación de los inspectores Fuentenebro y Coll, se le ilumina la carilla, le brota una sonrisa y piensa “he aquí otra para el lote”, pues, efectivamente, el género policial, la novela negra o como se quiera llamar, ha adquirido hoy una profusión similar a la de los libros de caballería en tiempos de Cervantes, hasta tal punto que en nuestros días constituye no la única, pero sí la principal vía de acceso al pináculo de la fama de escritores incipientes, y quien no construye su carrera sobre investigadores de todo tipo es como sustituir la malvasía de los dioses del Olimpo por un refresco azucarado. Otra fuente inagotable de consolidación de la fama la constituyen las novelas sobre nuestra guerra civil, pero esto no es lo que nos ocupa en estos momentos.
1.- Las casi infinitas posibilidades editoriales, en las que caben textos electrónicos o audiolibros, permiten hoy día tal proliferación de títulos que resulta imposible conocer a todos los sabuesos que se dan cita en estas páginas. Amadís, Palmerín, Esplandián, etc., constituían, efectivamente, un corpus importante de superhéroes protorrenacentistas, pero finito, mientras que los investigadores, públicos o privados, de hoy aspiran al infinito.
2.- La obligación moral de construir una saga. Es como si nunca se pusiera el punto y final a una serie de narraciones en la que cada detective repite ad aeternum una serie de manías más o menos divertidas. La serie no se acaba nunca y es probable que, harta ya de tanta finura, Agatha Christie decidiera acabar con la vida de Hercules Poirot. O puede que la escritora inglesa estuviera demasiado impresionada por la brutalidad de la Segunda Guerra Mundial y pensara que aquello era el fin del mundo.
Existen, como hemos comentado, determinados clichés fácilmente reconocibles en cada investigador: mayor exquisitez y complejidad en el caso de la escuela británica, mucho burbon, sexo, sangre y jazz en el de la americana, donde afloran dos nombres por excelencia a mediados del siglo XX, personajes de cartón piedra, en todo caso, perfectamente predecibles en sus reacciones, pero con algunos epigramas para la eternidad: «Desconfío de los hombres de pocas palabras. Normalmente eligen el peor momento para hablar; y suelen decir cosas inconvenientes. Hablar no es algo que pueda hacerse sensatamente sin el debido entrenamiento» (Sam Spade, en la saga de Dashiell Hammett); «Hay lugares en donde no se odia a la Policía, comisario. Pero en esos lugares usted no sería policía» (Philip Marlowe en la serie de Raymond Chandler).
Sobre ese planteamiento básico, nuestro siempre admirado Manuel Vázquez Montalbán aportó, gracias a su personaje por excelencia, José Carvalho, un ingrediente básico: el componente social, mientras que el sueco Henning Mankell nos introducía en el tortuoso mundo de un inspector moralmente frágil en Kurt Wallander.
No quiero alargarme más en estas cuestiones, pero cuando uno lee el subtítulo de Nunca mires bajo el césped, del autor mallorquín Jaime Roig de Diego, Con la presentación de los inspectores Fuentenebro y Coll, se le ilumina la carilla, le brota una sonrisa y espera la típica novela de amores y desamores entre sí (Fuentenebro es inspectora y mujer, mientras que Coll es subinspector y hombre, lo que permite inferir una tórrida historia de subordinado con jefa), personalidades renqueantes por traumas acumulados, un sedimento de derrota, etc.
Mas no es así, queridos lectores: Coll, en efecto, es licenciado en Psicología y un foodie, como el recién mencionado Carvalho, mientras que Fuentenebro está felizmente casada, sin grandes problemas domésticos, ni alteraciones afectivas, por lo que nada hay en esa pareja de policías que induzca al morbo de los amores imposibles.
Por otro lado, cuando uno ha leído la anterior novela de Roig de Diego, Cristóbal Cool-On: Viajero esp@cial (Málaga, Ediciones Azimut, 2019), espera una secuencia vertiginosa de acontecimientos, pues en eso consiste Cristóbal Cool-On: un disparate sideral, una desenfrenada road movie cósmica. Nada más lejos de la realidad, pues Nunca mires bajo el césped constituye una novela serena, coherente y bien argumentada, lo que nos permite un primer punto de apreciación estética, dado que resulta admirable que un mismo autor se mueva con idéntica solvencia en dos registros radicalmente diferentes.
Sin embargo, a pesar de tan esencial disparidad, existe un elemento que aúna ambos textos: Cristóbal Cool-On recorre una serie de galaxias en su periplo estratosférico, pero en cada una de ellas recala en determinados hitos de la historia y la cultura de las islas: Quinto Cecilio Metelo, Ramón Llull o el rey Jaime I son algunos de los moradores de las galaxias de este libro, mientras que en Nunca mires bajo el césped la trama discurre en un ámbito mucho más limitado: el barrio de Establiments, en Palma, lo que permite colegir un idéntico amor por la cultura balear en el autor que nos ocupa.
Y si hemos establecido ya lo que de común tienen esas dos novelas conviene deslindar las características que individualizan Nunca mires bajo el césped, de Jaime Roig de Diego, un artista polifacético, que ha hecho carrera en la pintura, motivado principalmente por la estética pop (digamos como ejemplo que la portada del libro es también suya), o el mundo de la creatividad publicitaria, pero también autor de jugosos monólogos escénicos o novelista, según estamos comprobando en estas líneas.
Así, tres son las coordenadas en las que podemos inscribir este libro, como tres son las coordenadas que definen el espacio según la geometría euclidiana:
1.- Es una novela policial, ya lo hemos comentado, pero una novela policial con investigadores de carne y hueso, personas normales que no van por la vida arropados por un halo de listillos sabelotodo con pose tipos duros y un pasado desgarrador, sensación de derrota vital ad hoc, sino que son personas como las que nos podemos encontrar cada día en la calle, que piensan, sienten y, sobre todo en el caso de Coll, comen, como cualquier hijo de vecino. La siguiente conversación es lo suficientemente ilustrativa de la relación entre ambos policías:
“─¿Y tú?, ¿cómo lo has visto? Ya sabes que no tenemos por qué estar de acuerdo.
─Sí, sí, lo estoy casi al 95 por cien, por decir algo. Yo he podido percibir todo eso desde la piel, con la sabiduría que te da el oficio, pero no de una manera tan analítica como tú. Es normal. Además de policía, tienes una licenciatura en Psicología y sé que te sigues formando. De cualquier manera tienes un instinto natural para ver“.
Cursiva en el original y que a mí se me antoja como una charla normal entre dos compañeros normales de trabajo, sin que se hallen devorados por la angustia o la genialidad.
2.- El hilo conductor de la historia es un niño, Lucas, o Lucky, como le llama su padre, que padece una enfermedad de las llamadas raras, aunque sería mejor decir poco frecuentes, es decir, una de esas con escasa prevalencia. El historiador Joan Josep Matas, autor del prólogo de la novela que nos ocupa y padre de una niña, Victoria, que padece una de esas enfermedades, nos aclara la mejor actitud al respecto: «Los padres reaccionamos con una tendencia a la sobreprotección, la cual no permite desarrollar al máximo su autonomía, y también podemos ser propensos a su infantilización. Debemos ser conscientes de que el objetivo es que lleguen a ser lo más autónomos y autosuficientes posible». Es decir, procurar que todo sea lo más normal posible. Pero lo que quiero destacar es que este eje de coordenadas a la hora de comprender Nunca mires bajo el césped aporta un fuerte componente humano a la historia.
3.- El tercer eje sería el de la presencia de los nazis en Mallorca, algo que también sucedió en la Costa del Sol, como refugio dorado o como escala para huir a otros lugares. En su momento, para que la cosa no fuera tan descarada, los llamaban “los holandeses”, pensando que los naturales de la piel de toro e islas adyacentes no distinguiríamos entre el neerlandés y el alemán, pero esa fue una cruda realidad que se prolongó en España hasta que todos esos jerarcas del horror murieron poco a poco de manera natural. Léon Degrelle, por ejemplo, entregó su alma al diablo en Málaga en 1994 con ochenta y siete años de edad, después de haber disfrutado durante medio siglo de los placeres costasoleños en Benalmádena. Pues bien, este eje de coordenadas aporta un componente histórico a la novela que nos ocupa.
Y quiero cerrar mi análisis con un cuarto eje, que no es tal, sino una especie de bajo continuo en la música barroca, o una cuarta dimensión si nos acercamos a los postulados básicos de la Teoría de la Relatividad. Es algo que permea a lo largo de todas las páginas del libro, y consiste en la dinámica de vecinos, personas que viven cerca, se conocen entre sí, se ayudan entre sí, los hijos comunes juegan juntos y, en definitiva, se respira calor humano, algo que se ha perdido en estos tiempos tan tecnificados que padecemos, pero contra lo cual se alza la obra de Jaime Roig de Diego, como un quijote contemporáneo que nos anima a seguir siendo personas, respirar como personas, relacionarnos como personas, etc.
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Autor: Jaime Roig de Diego. Título: Nunca mires bajo el césped. Editorial: Azimut. Venta: Todostuslibros.


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