Sorprende que Farallones sea una primera novela, no porque las primeras novelas deban cargar con ese habitual exceso de voluntad, deseo de demostrar o impaciencia por decirlo todo. En este libro ocurre casi lo contrario. Hay ambición, pero no ansiedad; hay una arquitectura simbólica muy sólida, pero no rigidez; hay intensidad, pero casi nunca énfasis. Farallones se lee como una novela largamente trabajada, decantada durante mucho tiempo y corregida hasta encontrar una forma propia. Así, la trama de la novela, a grandes rasgos, se concentra en Quima, una mujer que vive en una isla apartada con su hijo Mey y con Leo, su hermano mellizo y enfermo de cáncer. Quima espera. Espera la decisión de un hombre con quien mantiene una relación suspendida y asimétrica, siempre a punto de concretarse, pero siempre aplazada. Esa espera no es un accidente sentimental, sino una rutina que organiza sus días y coloniza su imaginación. Quima mira el móvil aunque falle la cobertura, como si la ausencia de señal fuera también una forma de vacío emocional. No espera solo un mensaje: espera que otro, desde fuera, le dé a su vida una dirección que ella no termina de darse.
La casa familiar es el punto donde convergen todas estas fuerzas. No es solo una propiedad o una herencia familiar que les une, es un refugio para la memoria y para cada uno de ellos. Leo, por ciertos motivos, quiere venderla; Quima, sin embargo, imagina conservarla y transformarla en un ideal: una casa abierta al otro, pero la presión inmobiliaria y la gentrificación que acechan la isla desdibujan esta meta. Porque el conflicto dista de ser únicamente económico, la autora entiende que los lugares heredados contienen a quienes los habitan y habitaron, y que de alguna forma los retienen. Uno nunca vende solo una casa, vende los que aconteció en ella.
Y la isla, que parece una extensión de la casa, se refleja como un organismo vivo, que respira: el mar, el calor, la humedad, las algas en descomposición, los silencios cargados de chicharras y las tormentas que se anuncian y cuya espera marca el compás que tensiona la novela. En este sentido, Ferrere evita la tentación del paisaje idílico y construye con estos elementos una belleza física e incómoda, pútrida a veces, una belleza que el lector casi puede respirar y padecer. Rodeada por el mar, Quima parece al mismo tiempo protegida y cercada, un farallón indolente. El horizonte siempre le promete una salida, pero también le devuelve la evidencia de que ninguna solución puede venir únicamente de fuera.
Es cierto que la enfermedad de Leo podría haber arrastrado la novela hacia el sentimentalismo, pero Ferrere lo evita. No parece este un personaje edificante, ni reducido a su fragilidad, tiene lucidez y cansancio, humor a veces, irritación también, ira. Si Quima se aferra a una posibilidad futura, Leo ha perdido el derecho a sostener narrativas de permanencia, su deseo de vender la casa no nace solo del pragmatismo, sino de la comprensión brutal del tiempo. Mey, por su parte, representa una zona de sombra. Es hijo de Quima. La novela acierta al no convertir la maternidad en un refugio sentimental. Entre madre e hijo hay amor, pero también desconocimiento, sospecha, silencios, todos ellos convertidos en aristas para alimentar la intriga creciente de la novela.
El título de la novela convoca una imagen precisa. Un farallón es una forma mínima de tierra que resiste las batidas del oleaje, como la isla, como la casa, como la propia Quima. Siguen en pie, pero van mermando y perdiendo fuerza y materia. La novela parece interrogarse sobre hasta qué punto vivir consiste en soportar la erosión sin confundirse con ella, en aceptar que nada permanece intacto y que permanecer, a la vez, no significa salir indemne.
Como primera novela, Farallones impresiona por su conciencia formal. La prosa de Ferrere tiene una cualidad envolvente y sensorial, por momentos modernista al estilo de V. Woolf; su lirismo, en general contenido, no procede del adorno, sino de la precisión atmosférica y sensorial. Hay confianza y promesa en su estilo. La mayor parte de las escenas avanzan por sedimentación, como si la novela imitara el trabajo del mar sobre una roca-Quima y, por tanto, el ritmo no es, ni pretende, ser el de la acción trepidante, sino el de la presión acumulada. Leemos para saber qué ha pasado con La Italiana, pero sobre todo seguimos leyendo para entender qué está pasando con Quima, si acaso ambas no son la misma cuestión. Ferrere no juzga a Quima ni la absuelve. La novela es especialmente lúcida al mostrar las cárceles, las de la isla y las interiores. Así, al cerrar el libro, uno tiene la impresión de que los farallones nunca vencerán al mar, de que solo pueden aspirar a la intemperie, pero que esa es precisamente su condición. La verdad melancólica que sostiene la novela: todo lo que vive resiste, pero nada resiste sin perder algo. Marta Ferrere ha escrito un estupendo debut novelístico que augura ambiciosas aventuras narrativas que habrá que seguir muy de cerca.
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Autor: Marta Ferrere. Título: Farallones. Editorial: Coleman ediciones. Venta: Todostuslibros.


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