Desgraciadamente, pocos podrán decir que “el arte da de comer”. En un mundo tan precario y carente de inquietudes culturales como éste, la creación artística parece que cada vez tiene menos que decir. O, mejor dicho, aparentemente cada vez tiene a menos público que la escuche. Y eso que el arte siempre tuvo su componente minoritario o elitista, aunque en muchos casos estuviese destinado a una mayoría —de las “biblias de piedra” de las catedrales a la música pop—. Por todo ello, el hacedor de toda lírica fácilmente sentirá que ha fallado en su deseo de exteriorizar su talento, buscando darle forma para que sea reconocido y recompensado. Así, el guionista y cineasta colombiano Simón Mesa Soto (1986) se pregunta si él mismo es un “artista fracasado”, a imagen del personaje de su segundo y último filme Un poeta. De algún modo, su historia es la de la criatura a la que ha dado forma en este sorprendente largometraje, donde el humor, la ternura y la crueldad hacen acto de presencia.
Será cuando no le quede más remedio que ejercer de docente el momento en que todo parezca cambiar. Durante una de sus clases —donde acompañado de una petaca rellena de alcohol soltará peroratas existenciales ante un alumnado imberbe y ojiplático— descubrirá que una de sus pupilas, Yurlady (Rebeca Andrade), posee aptitudes para la poesía. Sintiendo que ha encontrado un alma gemela y pensando que puede ayudarla en un prometedor futuro como escritora, Restrepo busca incentivar la vena lírica de esta alumna proponiéndola para la escuela de poesía que frecuenta —y cuyos responsables y amigos han propuesto dentro de la fundación un premio económico y prestigioso con el que descubrir a una joven promesa de la poesía colombiana—. Para ello, nuestro protagonista comienza a tutelar a Yurlady presentándola en la escuela, acompañando a la muchacha a las sesiones, ayudándola económicamente y, en fin, sacándola del ambiente de pobreza familiar en el que vive —compartiendo piso de un barrio humilde con su numerosa familia—. A pesar de que Yurlady parece no mostrar mucho interés en participar en este plan, se deja llevar por las facilidades que le brinda su profesor. Su esfuerzo parece comenzar a dar resultados cuando, en la escuela de poesía, su responsable Efraín (Guillermo Cardona) se sienta fascinado por el talento de la chica. Todo ello anima a Óscar a encarar también su vida personal, principalmente como padre, buscando mejorar a ojos de su hija Daniela (Alisson Correa). Cuando parece que la vida empieza a sonreírle, sucede algo inesperado que amenaza con convertir los sueños de este pobre hombre en auténticas pesadillas.
Con la historia de Un poeta se coloca un espejo ante nosotros para comprobar desde su reflejo nuestra derrota como sociedad. No obstante, también el azogue muestra destellos luminosos y esperanzadores dentro de la oscuridad proyectada. Desde la apariencia de farsa grotesca o tragicómica planteada en la película, la humanidad triunfa en la figura del antihéroe. Con él empatizamos mucho más que con el triunfador —tal vez Efraín, antítesis de Óscar—, viéndole fácilmente sus pies de barro. Se cumple así la verdad de la frase “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Quien no se pavonea con palabras sino que construye desde hechos tendrá la aprobación del público, a pesar de que en su actitud positiva encuentre no pocos problemas e, incluso, sea injustamente castigado por un mundo cruel, ignorante, interesado y lleno de prejuicios.
De Un poeta llama la atención esa moraleja tan bien explicada, el modo en que la verdad es trasladada a través de un efectivo guion y de unas extraordinarias interpretaciones —todas ellas a cargo de intérpretes no profesionales—. La fotografía de Juan Sarmiento tiene gran fuerza a pesar de su sencillez —posee a su vez una plástica analógica, incluyendo esos bordes de fotograma comidos por lo efímero del material y lo rudimentario de la historia contada—. La música de Matti Bye y del Trío Ramberget incide, con su carácter improvisado y jazzístico, en lo frívolo de la poesía que se consume de apariencia y muere de auténtica falta de contenido —la poesía insincera, en definitiva—, así como refuerza el absurdo día a día del personaje y su parte humorística. La canción final, “Corazón de poeta”, de Jeanette, remarca aún más la parodia de ese sinsentido, arrancándonos una sonrisa con la que combatir la faceta amarga de lo planteado.
En definitiva, Un poeta es una fábula inteligente, capaz de aunar con su fórmula una moraleja crítica y una narrativa ágil y entretenida, con lo difícil que resulta hacer reír desde el drama. Y, lo que es más importante: transmite el mensaje de que el arte sirve y mucho, aunque solo sea por su capacidad para conectar a las personas y rescatarlas de su propio naufragio. Su carácter humano será lo que salve a quienes desde la honestidad se sientan afines a ella.


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