La Segunda Guerra Mundial generó una devastación sin precedentes en la historia de la humanidad, culminada con las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hirosima y Nagasaki. En una suerte de compensación poética, ha inspirado infinidad de relatos que en su momento ayudaron a cauterizar heridas, superar traumas y que todavía hoy, ochenta y un años después de los hechos, intentan desvelar las claves que lo motivaron, explicar lo que el sentido común y la razón juzgaría inexplicable. El sinsentido de persistir en la mutua matanza. Historias protagonizadas por personajes históricos o imaginarios; épicas, heroicas o dramáticas concebidas a pequeña o gran escala, a vista de pájaro o a ras de tierra, incluso desde el subsuelo.
Producida por Channel 4, Traidores es el típico producto británico de buena factura firmado por Bash Doran, que recrea un determinado contexto histórico, cuando surgen grietas entre los aliados y se propaga el pánico al comunismo, que abona la semilla de la CIA sucesora de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS). El creador de Los vencidos, el sueco Måns Mårlind, autor de Bron (El puente), utiliza la ciudad herida y fragmentada como telón de fondo de una doble intriga, un drama familiar y una investigación policial en las que el poder ruso también está presente. Mientras Traidores es un relato realista, fiel a los hechos y de tono morigerado, Los vencidos apuesta por lo imaginativo, con escenas locas y excesivas, y también alguna poética. En cierta manera se complementan, pues una apela al cerebro y la otra a lo mágico y visceral.
Enamorada de un apuesto americano destinado en Gran Bretaña, una joven inglesa de buena familia venida a menos y espíritu aventurero, Fiona “Feef” Symond, se presta a espiar a su propio gobierno para descubrir la identidad de un espía ruso infiltrado en la cúpula del poder. Bajo la guía de su mentor, Rowe, logra acceder a la oficina del Gabinete y ganarse la confianza de una funcionaria de alto rango, una mujer de aspecto anodino y mediana edad que cuida a su padre enfermo de Alzhéimer y oculta oscuros secretos. La serie evoca algunos de los conflictos a los que se enfrentaba el nuevo gobierno laborista, como el rechazo de un sector a la ayuda económica americana, que supondría una deuda gigantesca, o el dilema provocado por la cuestión judía; cómo instalar a los refugiados en Palestina sin cabrear a los árabes suministradores de crudo.
Los que hayan leído las novelas de Graham Green o John le Carré encontrarán el argumento algo endeble y predecible, pero las actuaciones de Emma Appleton como una Feef de expresiva mirada y Michael Stuhlbarg (Rowe), imagen del perfecto espía de gabardina, bigote y sombrero, confieren verosimilitud a una trama, pese a algunos cabos sueltos. Posee momentos brillantes, como el elocuente discurso que dirige Rowe a un grupo de magnates yankees sobre la urgente necesidad de tener ojos y oídos en todos los rincones del mundo para evitar que la «idea» concebida en un cuchitril por un don nadie se propague como un reguero de pólvora y haga estallar la revolución. O la impulsiva reacción de la refinada Feef al enterarse de que ha sido engañada. Porque espiar por amor sin amor no compensa. Es un trabajo sucio y arriesgado. Lo que empieza como excitante aventura muda en pesadilla, y aunque intenta zafarse se ve atrapada en un juego de engaños, una jaula de barrotes invisibles en la que la lealtad brilla por su ausencia y todos traicionan a todos.
MAX Y MORITZ
Max y Moritz: Una historieta en siete travesuras es el título de un cuento satírico ilustrado y en verso que cuenta las trastadas con las que unos hermanos gamberros atormentan a sus vecinos. Una obra de Wilhelm Busch publicada a mediados del siglo XIX que se considera antecedente del cómic y de historietas humorísticas como nuestros Zipi y Zape. Max y Moritz McLaughlin se llaman también los protagonistas de Los vencidos, cuya introducción dedica un homenaje al clásico alemán, dos chicos nacidos en Brooklyn, de madre alemana, marcados por una tragedia vivida en su infancia, que convergen en el Berlín ruinoso de la posguerra. Max (Taylor Kitsch) es policía estadounidense con la misión de organizar una comisaría del sector americano a cargo de un grupo heterogéneo de personas dirigidas por Elsie (Nina Hoss). Pero su auténtico propósito es localizar a su hermano Moritz, que sufre trastornos mentales desde la adolescencia, desertor del ejército tras el impacto que le causa la visión de un campo de exterminio nazi, que se consagra en solitario a una venganza contra sus verdugos.
La tensión entre los hermanos McLaughlin se combina con la trama policial, la búsqueda de un criminal al que llaman Engelmacher (Hacedor de Ángeles) que ayuda a mujeres en su condición de ginecólogo para luego reclamar un pago cosechando información en un burdel. Durante sus pesquisas Max se tropieza con un diplomático en el que, bajo un fino bigotillo y apariencia atildada, reconocemos a Michael C. Hall, el protagonista de Dexter. También aparece un general ruso que resulta no ser tan malo como parece al principio y un músico que toca el cello entre ruinas a la luz de las velas. El vago desenlace hace pensar en una segunda temporada, pero ya sabemos que eso dependerá del dictamen del público y los intereses de la plataforma.
Mientras tanto, ahí quedan estas dos pequeñas pero entretenidas lecciones de historia que recuerdan lo que por desgracia muchos parecen haber olvidado: que hay algo todavía peor que la guerra: las secuelas que deja en quienes consiguen sobrevivir al horror.

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