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Cuando la historia te obliga a ser personaje de tu novela

Cuando la historia te obliga a ser personaje de tu novela

Tras toda una vida dedicada a la investigación de los secretos de estado, Fernando Rueda publica un thriller inspirado en la historia real del único espía español acusado de ser agente doble al servicio de Rusia.

En este making of Fernando Rueda explica cómo escribió No me llames traidor (HarperCollins).

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Conocí el suceso en el momento de saltar la noticia a los medios de comunicación. De una forma inusual, nunca vista y nunca repetida, en 2007 el director del CNI, Alberto Saiz, anunció la detención del ex agente Roberto Flórez durante una rueda de prensa celebrada en la sede del servicio secreto. Le imputaban haberse vendido al espionaje ruso. Una acusación negada una y otra vez por el espía: nada de entregarles documentos y nada de cobrar por ello.

Hace unos años, días después del envenenamiento de Sergei Skripal en Londres, una noticia en The Times acusaba a Flórez de tener las manos manchadas de sangre por haber contado a los espías de Putin que el agente del GRU era un agente doble al servicio del MI6 inglés. De nuevo, el agente español lo negó todo. En ese momento me hice una pregunta: ¿sería posible que existiera una verdad material diferente a la establecida en el juicio en el que fue condenado? Planteado de otra manera: ¿pudo existir una conspiración para inculparle? A partir de ahí construí un relato que partió de la versión exculpatoria de Flórez, convertido ahora en mi personaje Beto Romero.

"La historia me apasionaba cada vez más, aunque no tardé en descubrir que ambos relatos tenían mentirijillas, puntos negros, verdades a medias"

No tardé mucho en darme cuenta de que necesitaba incluir en mi relato una segunda mirada, la de los altos mandos del servicio secreto español. En mi investigación previa había detectado el sentimiento de impotencia y tensión extrema al que les había llevado el descubrimiento de albergar en su seno a un traidor al servicio de su gran enemigo, los rusos. Imaginé su drama: descubrir entre sus 3.500 agentes, especialmente preparados para mentir, manipular y hacerse pasar por otros, a uno que utilizaba esas cualidades y preparación para vender al servicio y a su país.

La historia me apasionaba cada vez más, aunque no tardé en descubrir que ambos relatos tenían mentirijillas, puntos negros, verdades a medias. Necesariamente tuve que incluir una tercera versión, la del periodista de investigación, alguien con capacidad para aportar nuevos datos a la historia y ayudar a comprenderla, aunque sin quitarle al lector la potestad de decidir quién es culpable y quién inocente, quién es leal y quién traidor.

La decisión de construir una historia vista cada una de las partes desde un ángulo distinto no fue la última decisión compleja que debí adoptar. Mientras estaba escribiendo, un día me topé con un grave revés para Romero, mi protagonista inspirado en Flórez. Noté que el argumento real que llevaba a ese dramático golpe no se justificaba suficientemente en la vida real, y decidí parar e investigar. No me gustó nada lo que descubrí: yo había sido responsable directamente de esa historia. Treinta años antes, en mi libro KA: Licencia para matar, sobre los James Bond españoles, daba datos sobre un agente destinado en El Salvador que utilizaba la misma tapadera que mi supuesto traidor.

"No me parecía bien haber tenido una responsabilidad en hechos destacados en la novela y escurrir el bulto, con lo malo y bueno que pudiera tener. Por eso aparece Fernando Rueda. Por eso aparezco yo"

Me quedé noqueado. No había imaginado en tantos años que eso pudiera haberse producido. Fue doloroso pensar que, aun sin quererlo, había perjudicado al protagonista en el que estaba inspirada mi novela. Por suerte, no tardé mucho en enlazar esa historia con otra que recordaba bien. En la Nochevieja de 1997, sospeché que alguien había entrado en mi ordenador, lo que me confirmó el informático del semanario en el que trabajaba. Yo escribía aceleradamente y sin analizar si debía publicar cada uno de mis descubrimientos o era mejor que no. La decisión la tomaría al final. Unos días después de publicarse KA: Licencia para matar, el director del servicio secreto, Javier Calderón, se reunió en el palacio de la Moncloa con un grupo de periodistas políticos. Allí un compañero de Tiempo le preguntó qué opinaba de mi libro y Calderón se quejó de que me metiera con dos de sus hijos. La realidad es que en el manuscrito que tenía escrito en Nochevieja sí que hablaba de la ayuda que el servicio secreto les había prestado cuando tuvieron problemas, pero en el libro publicado decidí suprimirlo. Por lo tanto, disponían del texto. Y lo que me interesaba para No me llames traidor: sabían que aparecía ese dato que podía perjudicar a su agente Romero y no me pidieron que lo quitara porque no podían justificar cómo habían obtenido una copia del libro sin entregársela yo.

La siguiente decisión fue complicada: ¿Cómo lo contaba en No me llames traidor? Decidí hacer autoficción y convertirme en personaje con mi propia identidad. No me parecía bien haber tenido una responsabilidad en hechos destacados en la novela y escurrir el bulto, con lo malo y bueno que pudiera tener. Por eso aparece Fernando Rueda. Por eso aparezco yo.

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Autor: Fernando Rueda. Título: No me llames traidor. Editorial: HarperCollins. Venta: Todos tus libros.

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