Creo que el primero que me lo contó fue Benigno, el marido de Encarnita, una tarde de hace muchos años en la que me lo encontré paseando por Manuel Llaneza, a la altura de los jardines del Aniceto. No sé cómo salió el tema, porque seguro que la conversación empezó a propósito de cualquier otro asunto y fue adoptando diversos derroteros, como ocurría siempre con él, y es posible que entonces creyera que se lo había inventado o simplemente se limitaba a repetir habladurías sin fundamento y aquella francesina que era cantante y que según él había pasado en Mieres un verano o bien no había existido nunca o bien no era la que él aseguraba. Me parece que mi incredulidad tenía disculpa: en Mieres, a finales de los noventa, rara vez pasaba algo importante ―y lo poco que pasaba, me refiero por ejemplo al accidente del Pozu Nicolasa, era mejor que no pasase―, y aunque las referencias que tenía por entonces de Françoise Hardy eran bastante vagas ―la mencionaba Aute en una canción que me gustaba mucho, en alguna parte había escuchado el estribillo de «Tous les garçons et les filles» sin prestarle una atención excesiva― me costaba aceptar que una estrella tan rutilante hubiese elegido un destino vacacional tan improbable como era la cuenca minera asturiana en la década de los sesenta. En el tiempo en el que tuvo lugar aquella conversación todavía estaba en pañales Internet y desde luego no existían las redes sociales, así que aquella historia terminó confinada en ese limbo de la memoria al que van a parar las cosas que nos parecen interesantes, pero a las que no concedemos gran importancia, y me desentendí hasta que al cabo de los años, pero no puedo decir cómo ni cuándo, alguna mención vi por ahí y volvieron a resonar en mi cabeza las palabras de Benigno, tal parece que lo estuviera oyendo ahora, «sí, ho, aquella mocina tan guapa que cantaba, nun me sal el nombre ahora».
La cosa es que hace unos pocos años, a raíz de su muerte, recordé en Twitter el paso de Françoise Hardy por Mieres y a raíz de mi publicación fueron apareciendo fuentes que aportaron más detalles al relato, y cuando mencionó el asunto Víctor Manuel el otro día, antes de cantar «Adónde irán los besos» en su concierto memorable del Pozu Barreo, volví a ellas para revisar los pormenores de una historia que me interpela de un modo especial porque conozco bien sus escenarios. Porque da la casualidad de que la Hardy, en el lejano 1964, no recaló en un lugar cualquiera de Mieres, sino que fue a parar al barrio de Santa Marina, donde vivieron mis abuelos y nació y vivió mi padre, el mismo en el que pasé yo mis tres primeros años de vida y cuyas fiestas pregoné hará cosa de una década, y que se instaló en un piso que no estaba muy lejos del de mi familia, en lo que siempre se ha llamado La Placina y es en realidad el espacio abierto que deja la confluencia de las calles que rodean lo que una vez fue el mercado. Allí vivía una familia a la que ella había conocido el verano anterior en Salas ―desde 1962 pasaba las vacaciones en Asturias por prescripción facultativa, al parecer su psiquiatra le recomendó que buscase un lugar relajado para descansar, y se refirió de manera explícita a esa provincia española que él debía de conocer― y con la que decidió alojarse en aquella ocasión. Si ya resulta extraño que una figura internacional eligiera Mieres como retiro, lo es más que recalara en aquel barrio, un reducto proletario de viviendas modestas, desprovistas de cualquier lujo y cuyas dimensiones eran mucho más reducidas que las de cualquiera de las suites donde ella acostumbraría a pernoctar durante sus giras. Acaso viera desde la ventana el campanario de la iglesia, un edificio de ladrillo rojo que armoniza perfectamente con las casas de su alrededor y cuya historia ilustra bien el espíritu del territorio: cuando el Arzobispado decidió ponerlo en pie y comenzó a entregar al párroco, un buen pastor que respondía por don Luis, los fondos necesarios para acometer las obras, éste decidió repartir ese dinero entre las familias del barrio ―era pleno franquismo, eran los años de las grandes huelgas―, y aunque su altruismo lo llevó a caminar por el alambre ―el arzobispo o algún adláter comenzó a mosquearse al ver que llegaban los billetes, pero la iglesia no se hacía―, en justa correspondencia los vecinos comenzaron a ir por allí a excavar y construir los cimientos del templo; quizá sea ésa una de las causas de que la iglesia esté ahora cerrada y haya incluso quien proponga derribarla alegando que su estado no es el idóneo, lo cual sería una pena porque con ella se desmoronaría una historia que no merece quedar en el olvido.
No sé si cuando anduvo por allí Françoise Hardy tenía abierta ya su librería Carlos Clarín, al que alguna que otra vez molieron a palos las autoridades de nuestra encantadora dictadura por su afición a despachar libros prohibidos y cuyo nombre preside hoy con todo merecimiento una plaza junto al Puente de Siana. Bien pudo cruzársela mi padre, que era entonces un zagal de doce años, sin darse cuenta de que tenía delante a todo un mito. Fue, más o menos, lo que les ocurrió a todos los que de manera accidental se tropezaron con ella. El actor Pedro Civera la vio sentada en una de las terrazas de Requexu, y aunque le escamó el parecido de aquella muchacha con la Hardy ni por asomo imaginó que se podía tratar realmente de ella. También Víctor Manuel la vio en un banco del Parque Jovellanos, una tarde que pasó por allí con uno de sus amigos de La Cucaracha, y no sé si llegó a reconocerla a ciencia cierta o también creyó que se trataba de una semejanza razonable. La cosa no terminó del todo bien, porque parece ser que alguien en Santa Marina se fue de la lengua y de pronto apareció por La Placina una nube de periodistas. Tan insistentes fueron que la pobre Françoise tuvo que saltar desde la ventana trasera de la vivienda ―doy por hecho que se trataba de un bajo, así que no fue una maniobra complicada; sé de lo que hablo, alguna que otra vez hice lo mismo― para darles esquinazo. Se subió al coche con su acompañante ―el batería Michel Miroux, que debía de ser su novio en aquella época― y pusieron rumbo a Oviedo, donde al fin fueron interceptados por fotógrafos y reporteros. Ignoro si regresó a Mieres después porque su rastro se pierde en ese preciso instante. De todo aquello no quedan hoy más que un reportaje de la Lecturas y una rumorología que se ha ido abriendo paso a través de las décadas. No sé si Françoise Hardy encontró lo que buscaba. Su psiquiatra le recomendó un lugar tranquilo y ella acabó en uno en el que los hombres bajaban a sacar carbón al pozo y el cura daba a las familias el dinero que le enviaban a él para construir la iglesia. A lo mejor eso era para ella la tranquilidad, un sitio en el que los vecinos tenían problemas lo suficientemente importantes como para pararse a reconocer por la calle a una cantante francesa. A veces hay lugares así, uno no sabe explicar por qué le gustan, pero nunca los olvida. O tal vez sí; quizá ella no volvió a pensar en Mieres. Quizá le habría hecho gracia saber que, pese a su paso fugaz, todavía muchos años después se acordaba Benigno de ella.


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