(Viene del asiento del 6 de marzo)
Jean Becker, René Clement y otras brillantes aportaciones al género
Lo bueno abunda en el apogeo del polar. Un cineasta tan inclasificable como Pierre Schoendoerffer, corresponsal de guerra, en la batalla de Dien Bien Phu (1954) saltó sobre el campo del honor, cámara en mano, con el 5º Regimiento de Paracaidistas Vietnamita. Hecho prisionero por el Viet Minh, fue enviado a reeducación. Mientras sus compañeros destruían el armamento para que no cayese en manos del enemigo, nuestro reportero hizo otro tanto con su tomavistas y sus filmaciones. Puede que lo único que toque a Schoendoerffer con el polar, partiendo de la base de que nosotros consideramos El ejército de las sombras (Jean-Pierre Melville, 1969), la obra maestra del género, sea su admiración por el autor de la novela original, Joseph Kessel. Pero Schoendoerffer también cultiva brillantemente el género en Objectif: 500 millions (1966), una cinta tan magnética como insólita —el guion es de Jorge Semprún—, y nos cuenta la historia de uno de esos atracos perfectos que, finalmente, como todos, resulta no serlo. Inolvidable la secuencia de Marisa Mell —Yo, era el nombre al que respondía su personaje— entrando en el gimnasio donde entrenan los boxeadores para tratar con el Capitán (Bruno Cremer).
Acaso sea José Giovanni —y no Jean-Pierre Melville, quien indiscutiblemente lo sublimó— quien de verdad acuñó en sus novelas la mitología de los hampones del polar: amistad, lealtad, virilidad… y sin nombrarlo, ese sino fatal que, en esencia, es aquello que hemos ido a llamar el fatum: casi siempre la muerte a tiros, como le espera a aquel que a hierro mata… Probablemente, una mitología ajena a lo que en verdad ha de ser la realidad del mundo de los malhechores al otro lado de los Pirineos. A buen seguro que los integrantes del verdadero Millieu —la mafia parisina— eran —o son— mucho menos fieles a sus códigos. Así, sobre la marcha, se antojan más próximos a los protagonistas de Diario de un ladrón (1949), la autobiografía de Jean Genet.
Al mismo Giovanni, en esa actividad criminal que le ocupó antes de convertirse en el más auténtico de los cultivadores del polar —de la que sabemos por las fichas y expedientes policiales, puesto que él nunca habló de ella—, se le conocen algunas traiciones en las que nunca hubieran caído los protagonistas de sus novelas.
En fin, de una u otra manera, el primer filme de Jean Becker es una de las mejores adaptaciones del irregular y siempre sobrevalorado —como cineasta, que no como novelista— José Giovanni. Basada en L’Excommunié (1958), la tercera de las ficciones que integran su extensa bibliografía, el joven Becker tituló su primera cinta Un tal La Brocca y llegó a la cartelera en 1961. En ella nos refería una de esas amistades que Giovanni mitificaba: La Brocca (Belmondo) y Xavier (Pierre Vaneck), amigos de la cárcel, quieren cambiar de vida y reintegrarse en la sociedad una vez puestos en libertad. Pero su suerte ya está echada, el fatum obra sobre ellos: no hay redención posible para los criminales. Quieran o no, han de volver a las andadas.
Corre 1964 cuando, al socaire del aplauso que recibe en la cartelera internacional Al final de la escapada, el joven Becker vuelve a reunir a Belmondo y a Jean Seberg en A escape libre —hasta el título del primer largo de Godard resuena en el del segundo del joven Becker—. Filme exótico donde los haya —se trata de una coproducción con Benito Perojo, y en su reparto menudean los intérpretes españoles—, su cosmopolitismo nos aparta de los escenarios habituales del género —París de noche, los clubes nocturnos con coristas donde los malotes beben whisky; los espacios desolados donde se cometen los crímenes—, para llevarnos de Suiza al Líbano, donde nuestra pareja intenta introducir oro de contrabando. El metal va camuflado en la carrocería de un potente coche que embarcan en el puerto de Barcelona.
Habida cuenta de la misoginia del polar, cumple señalar la iniciativa de la chica, Olga Celan: Jean Seberg, naturalmente, en su mejor momento. Cinta en verdad notable, A escape libre nos merece el mayor de los encomios.
Hijo de la diáspora armenia, como Charles Aznavour —el pianista de Truffaut en la adaptación del azote de Cahiers… de David Goodis—, Henry Verneuil venía cultivando el género que nos ocupa, como poco, desde Tres momentos de angustia (1952). Fue aquel un filme que se anticipó a todas esas cintas de episodios, tan en boga unos años después. En aquel título de Verneuil, los tres fragmentos que lo integraban daban noticia de otros tantos casos resueltos respectivamente por Monsieur Wens (Raymond Roleau), Maigret (Michel Simon) y Lemmy Caution, el G man creado por el inglés Peter Cheyney, que en el polar tuvo el rostro de Eddie Constantine, aquí recreado por John Van Dreelen.
Verneuil fue un cineasta irregular, a menudo parece mostrarse más a gusto en géneros como el drama bélico —Fin de semana en Dunkerque (1964), La hora 25 (1967)—, o el thriller —El serpiente (1973), I… Como Ícaro (1979)—, pero otras deja buenos polares —polars acaso— que aún recordamos en la cartelera de su tiempo: El furor de la codicia (1971), El cuerpo de mi enemigo (1976), así como algunos de los referidos con anterioridad. Una de sus mejores propuestas es Gran jugada en la Costa Azul (1963), la cinta en la que Delon y Gabin coincidieron por primera vez. Su asunto giraba en torno a uno de esos golpes perfectos, que no pueden fallar, y sin embargo se tuercen. Habría de ser el último para Charles. Y aquel papel, interpretado por Gabin, nos hizo ver que Pépé le Moko, inexorablemente, ya era un anciano.
En buena lógica, dada su admiración por el Hollywood clásico y por los realizadores que lo pusieron en marcha, Alain Corneau, como sus colegas estadounidenses, fue un mercenario de la puesta en escena que se adaptaba con acierto a cualquier género. Sus dos películas más recordadas por los espectadores españoles son tan dispares entre sí como Policía Python 357 (1976) y Todas las mañanas del mundo (1992). Aquélla era un polar canónico; ésta, un ejercicio estético basado en la experiencia de un violinista barroco, que constituyó uno de los grandes éxitos del circuito de la versión original en la cartelera española de su tiempo. No obstante su decidida voluntad de variedad, Todas las mañanas del mundo fue un filme que tocó a Corneau muy de cerca, no en vano la música fue su primera vocación. Nacido en Loiret en 1943, estudió dirección y montaje en el prestigioso IDHEC parisino. Licenciado en 1968, su primer empleó fue como batería de jazz, y a esta música dedicaría su primer cortometraje, Le jazz est-il dans Harlem? (1969). Ya en la siguiente década fue ayudante de dirección de realizadores como Michel Drach, Marcel Camus y Nadine Trintignant, quien con el tiempo llegaría a ser su esposa. Ayudante asimismo de Constantin Costa-Gavras en La confesión (1970), durante su rodaje trabó amistad con el actor Yves Montand, quien sería el protagonista de Policía Python 357 y La amenaza (1977), sus dos primeros éxitos. Admirador igualmente del gran Jean-Pierre Melville, el maestro del polar, Corneau se afianzó en el género con Serie negra (1979), sobre un original de Jim Thompson y con una Marie Trintignant, en estado de gracia. A todas luces, una de las cumbres del polar y del relato criminal allende las fronteras y los formatos. Hablando en plata: una obra maestra, aunque su título chirríe por caer en la evidencia. Lechoix des armes (1981) fue una nueva colaboración con Montand y la primera con Gérard Depardieu, otro de sus actores más frecuentes. Tras participar en el filme colectivo Lumière y compañía (1995) y rodar alguna de sus cintas más destacadas, volvió al polar en El primo (1997), sobre un confidente de la policía con cuyas delaciones va sacando a su familia adelante. Me descubro ante tanto buen cine.


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