Los grillos no suenan en las ciudades. Dicen que habitan entre los setos de los parques y que a menudo buscan refugio en los recodos de las tuberías. Pero, ni siquiera en las cajas de resonancia de la oscuridad consiguen el volumen mínimo para llegar a nuestros oídos.
Por solsticio, menudean las orquestas de verano, donde ya no hay amor o soledad bajo los farolillos, sino camisetas blancas que saltan bajo los neones, como los remolinos de agua se agolpan en torno a un centro vertiginoso y se ensordecen pletóricos en la afirmación de un logaritmo.
Los grillos, en los confines de sus refugios, no pueden oírse unos a otros. Las hembras confunden a los machos con pegotes de betún y los machos siguen friccionando sus alas a una velocidad cada vez mayor y más inútil.
Así los ciudadanos emiten ondas en sus guaridas que solo son entendidas a través de repetidores wifi. Las otras ondas, las que navegan libremente entre dos cuerpos, siguen buscando receptor.
Por eso me entusiasman los grillos que, en la noche del olivar, emiten su clamor al cielo. No hay paredes en la sima y las vibraciones circulan en completa libertad, mientras cada grillo continúa empeñado en friccionar sus alas, una sobre otra, igual que si manejara un guiro incorporado a sus espaldas o todo su ser se hubiese convertido en una negra zanfoña que se maneja desde las tripas.
Riman uno con otro, se conciertan en multitudes que se pierden en la estepa bajo el resplandor lunar. Y esta festiva armonía que sucede en la tierra se orquesta con las pulsiones de luz que provienen desde la misteriosa altura.
Las estrellas son espejos gigantescos de lo grillos, insectos de ingente energía concentrada donde las alas de fuego también friccionan una sobre otra, grillando otro ritmo secreto, un cri-cri de fulgores de una intensidad capaz de borrar cien mundos y de crear otros cien.
Por supuesto, cuando las estrellas no escuchan a los grillos se vuelven perezosas, comienzan a contener sus ganas de cantar; y esa abulia se transmite al mismo orbitar de los planetas, que quieren encasquillarse en sus raíles invisibles.
Todo el cosmos sucede en el latido de cristales de los grillos.
Los escucho dispersos en las sombras, y me parece percibirlos repetidos en los doscientos mil púlsares que pueblan nuestra galaxia y custodian la materia superdensa.
Esa materia ha caído dentro de mí. He germinado en ella.
Como escucho, puedo ser.
Cuando estoy sordo, me he metido en el tubo.
Cuando soy ruido, me convierto en un cuerpo que solo espera la muerte.
Por eso me alejo hacia el silencio, donde todo el que escucha puede cantar.
En multitudes. Una fiesta hasta que amanezca.


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