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El abejaruco

Viene a verme el emisario del fuego, se posa en la baranda y emite un aviso suave y tubular: las estaciones andan desbocadas y, a principios de mayo, el verano se acerca. No hace calor, llueve a menudo, de noche conviene encender la chimenea. Pero el abejaruco tiene la urgencia de ser. Su plumaje de furiosos colores ensamblados como en un cuadro de Kandinsky reclama todo el tiempo para sí.

Reclama, más bien, que las estaciones sean simultáneas y que el puzzle del verano y la primavera se pueda resolver en un solo cuerpo. El color de los atardeceres incendiados y ese primer turquesa de las noches tardías. El color de las tardes que exigen la sombra de la higuera, y exactamente el sol que se filtra a través del verde palmípedo de sus hojas. El color de la tierra. El poder del cielo. Todo en un plumaje. Todo en un vuelo puntiagudo.

"El amarillo y negro de las avispas pasará a formar parte del plumaje de Kandinsky"

Ahora el emisario vuela en soledad y se posa en un rama solitaria como él, aguardando a los que vienen de África sin más pasaporte que el aire. La bandada pronto llegará en amalgama de isósceles encendidos, tintineando entre ellos como triángulos de orquesta que desperdigan en el aire campánulas de luz.

Van a los taludes para horadar sus nidos, cosiendo la oscuridad con la tierra en un enjambre de túneles. Se ayudan en parejas para picar más hondo, hasta un metro de profundidad, arrojando al suelo las piedras sobrantes con ese pico que se va limando con cada golpe y que acaba reducido a la mitad.

De dos en dos, se turnan en el trabajo y en el alimento. Uno caza para el otro abejas, avispas, saltamontes. Y, una vez que los túneles están listos, cazan en grupo en las horas más calurosas del día cuando las avispas zumban sobre los tejados y la higuera. Entonces viene el clamor que avisa de que unos colores serán devorados por otros: que el amarillo y negro de las avispas pasará a formar parte del plumaje de Kandinsky.

"Cómo ser la luz que estalla en las miradas que, cualquier tarde, nos descubren en el camino. Cómo ser sin procurarlo"

Eso sabe el abejaruco que aguarda solitario en su rama. Porque, igual que sus colores se superponen en masas de contraste estridente, también lo hace su experiencia de lo que ha sucedido y sucederá. Lo sabe su ojo de color rojo capaz de detectar una abeja a muchos metros de distancia, y que ya ha incorporado a su garganta casi en el momento de verla.

Todo está a mi alcance si no soy sin el otro. El espacio no existe sin las alas y las alas abren todas las cárceles. Vuelo dentro de un reloj. En el invierno, en el sur dan las seis. En el verano, en el norte dan las doce. El planeta es la esfera del tiempo. Pero saber esto no basta. Cómo ser la luz que estalla en las miradas que, cualquier tarde, nos descubren en el camino. Cómo ser sin procurarlo. Avispa. Pico. Canto. Cruzar el mar. Haber sido plenamente el ser que me esperaba. El que entra y sale de los túneles.

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