En México prepondera un populismo disfrazado de progresismo que desde hace años ha precarizado las instituciones culturales en favor de la rentabilidad inmediata y el control social, como hacía la tecnocracia neoliberal cuando le interesaba un bien de esta naturaleza. Es lo que está ocurriendo en estos días con la Casa del Poeta Ramon López Velarde. Inaugurada en 1991 tras la expropiación del predio donde se ubica en el corazón de la Colonia Roma para generar un centro cultural en homenaje al poeta zacatecano, quien falleció en uno de los departamentos de ese inmueble, a las autoridades culturales de la Ciudad de México, y en concreto a la secretaria de Cultura de la CDMEX, Ana Francis López, se les ocurrió la peregrina idea de cambiarle el nombre y sus funciones por un pretendido y neopopular cabaret, menospreciando la poesía y la memoria del autor de uno de los poemas más emblemáticos de las letras mexicanas: La suave patria. Según se había anunciado, se quería que el espacio albergara las oficinas de Procine CDMX y la Bienal Internacional del Cartel en México, además de “trabajar para sumar una librería del Fondo de Cultura Económica”, y se destacaba con bombo y platillo que ahí tendría su sede el primer cabaret “público” de la ciudad, de modo que se tiraba a la basura la difusión de la memoria poética de López Velarde y su legado, así como el emblema de ser una casa de la poesía. El asunto encabronó de inmediato a la comunidad cultural chilanga, que organizó movilizaciones y protestas para que el recinto de la Avenida Álvaro Obregón 73, no sufriera dicho despropósito. Pasaron unos días de incertidumbre, en los que todo parecía indicar que los populacheros se saldrían con la suya, pero he aquí que la protesta tuvo eco en el corazón de la mismísima presidencia de la República, y uno de sus asesores en materia cultural, Alfonso Suárez Del Real, salió al paso declarado públicamente que la casa siempre había sido considerada patrimonio cultural urbano de la colonia Roma, pues fue uno de sus primeros espacios culturales, por lo que la demanda de los grupos culturales sumada a la de los propios vecinos de generar más cultura y menos “giros negros” como un cabaret, era totalmente legítima. Suárez del Real, ex titular de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, expuso que la mismísima Jefa del Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, le aseguró que la Casa del Poeta Ramon López Velarde se quedaría “con el nombre, la vocación y la revitalización, y no con el uso de la palabra “cabaret”, sino de “café concierto” (¿?), lo cual, no obstante, sigue provocando dudas. Pero en principio el entuerto se está deshaciendo, ya que la instalación ahí de un cabaret era considerada un “proyecto personal” de la titular de Cultura del Gobierno capitalino, que para quitarse el muerto de encima ha tenido que entregar la cabeza de turco del que fuera director del recinto, Andrés Carreño, quien será sustituido por una persona con “trayectoria y experiencia vinculadas al ámbito de las letras, la poesía y la gestión cultural”, según un comunicado oficial de la institución chilanga. También se ha anunciado que la dependencia gubernamental formalizará la instalación ahí de la Cátedra Permanente Ramón López Velarde, y ha convocado una mesa de diálogo para el “intercambio de información y construcción de acuerdos en torno al presente y futuro del recinto”, cosa que hasta el momento no ha ocurrido, lo que hace sospechar que las autoridades tienen más miedo que vergüenza. En ese contexto, la directora general del Instituto de Cultura de Zacatecas Ramón López Velarde, María de Jesús Muñoz Reyes, difundió una carta donde se reconocía desconcertada por el anuncio de lo que iba a ser la Casa de las Palabras, como se pretendía renombrar la Casa del Poeta, que bajo el nuevo rubro dejaría de ser un espacio de encuentro dedicado a la poesía. Muñoz Reyes añadía que la obra y la figura de Ramón López Velarde constituyen uno de los legados literarios más importantes de México y de su identidad cultural, por lo que es de vital importancia que los espacios vinculados con su memoria continúen reconociendo y proyectando dicho legado. A la vista de todos estos acontecimientos, el periodista Javier Aranda Luna escribió con acierto que hoy, “cuando el éxito de una gestión cultural se mide en la numeralia del Zócalo —cuántas cabezas llenan la plaza para un concierto masivo, cuánto ruido genera el festival en turno, cuánta clientela se consolida—, la infraestructura cultural profunda agoniza”. La burocracia, acusa Aranda Luna, “sufre de miopía crónica frente a la cultura. El amago de las autoridades por alterar la identidad del recinto no fue un simple tropiezo administrativo: fue un síntoma de la alarmante ligereza con la que desde el poder institucional se gestiona la memoria artística”, pues “pretender diluir el refugio del autor de La suave patria, espacio que resguarda el pulso de nuestras letras, revela un preocupante analfabetismo funcional vestido de falsa vanguardia”. Por otra parte, crítica Arnada Luna, la respuesta de la secretaria de Cultura capitalina, atrapada en su propia narrativa binaria, fue predecible: acusar a las voces críticas de alinearse con “la derecha”, un reduccionismo que como lo califica con cierto el articulista, es cuanto menos lamentable, pues “atribuir filiación conservadora a quienes defienden la pluralidad y el rigor estético ha sido el recurso predilecto (de este y el anterior Gobierno mexicanos) ante la falta de argumentos”. Así que, como señala Aranda Luna, mientras los museos mexicanos languidecen sin presupuesto, con infraestructura deficiente y personal mal remunerado, mientras las instituciones culturales y académicas de todo tipo se mueren de pobreza y no pueden aspirar ni siquiera a existir, los recursos públicos se destinan a un efectismo de chichinabo, donde prevalece la grandilocuencia de los grandes actos en plazas públicas que tanto parecen hoy gustar no solo al populacho, sino a las más altas autoridades culturales mexicanas, que se llenan la boca con taco placero y desprecian los chiles en nogada si se sirven en mesas con servilletas y manteles blancos, aunque esta vez se les ha atragantado el bocado en el cogote.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: