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Del fútbol como arma política

Del fútbol como arma política

Por simple que parezca, nadie se hace una idea cabal de la influencia que tiene una simple pelota. Aunque no se puede establecer con exactitud cuándo comenzó a rodar un balón para ser pateado con el fin de incrustarlo entre tres palos, desde que el fútbol se convirtió en deporte a partir de la redacción de su primer reglamento oficial, ocurrida en 1863 en una taberna de Londres, el esférico se disparó hacia todos los confines del planeta, primero a bordo de naves comerciales (o guerreras) con bandera británica, luego por tren y por carreta desde los puertos hasta las localidades más al interior, y ya a principios del siglo XX no solo se había constituido en el pasatiempo más popular del mundo, con sus reglas sencillas, su accesibilidad universal, sus símbolos y rituales, sino en un concepto mucho más profundo, llegando a ser un verdadero idioma universal y, como pensaba el escritor Manuel Vázquez Montalbán, en una de las religiones más extendidas del planeta.

El escritor Luciano Wernicke —autor de obras como Historias insólitas de los Mundiales de fútbol e Historias insólitas de los Juegos Olímpicos— sostiene que los líderes gubernamentales y sociales, legitimados por la voluntad popular o impuestos por la fuerza, descubrieron pronto en el fútbol un aliado muy conveniente como medio para acortar las distancias con las clases populares. El fútbol, escribe Wernicke en su libro Goles sangrientos (Altamarea, 2026), se ha convertido en un modo sutil de exponer la virtud del héroe individual y, al mismo tiempo, reforzar el valor del esfuerzo colectivo, y ha sido utilizado como herramienta “para estimular el sentido de pertenencia local, regional o nacional, robustecer la identidad, adoctrinar, exacerbar el patriotismo o la xenofobia”.

"Protagonistas de señalados episodios de la historia mundial del siglo xx, encontraron en el fútbol un socio magnífico para manipular a las masas"

Como expone el autor con minuciosa documentación en este libro, personajes como Benito Mussolini, Adolf Hitler, Juan Domingo Perón, Augusto Pinochet, Emílio Garrastazu Médici, Jorge Rafael Videla o Pablo Escobar, protagonistas de señalados episodios de la historia mundial del siglo xx, encontraron en el fútbol un socio magnífico para manipular a las masas, prolongar su estancia en el trono, justificar actos aberrantes, aventajar a un enemigo o, simplemente, recrear el “pan y circo” romano (en muchos casos sin pan), aunque algunos de ellos lo detestaran como deporte.

“La receta para que the beautiful game se transformara en the useful game consistió”, apunta Wernicke, “en teñir la pelota con los colores apropiados y hacerla rodar hacia el arco conveniente. Pero los codiciosos tiranos no tuvieron en cuenta tres factores: uno, que hay que tener una buena puntería; dos, que a veces el balón se rebela y rebota donde se le antoja; tres, que todos los partidos tienen un final”.

No resulta fácil precisar quién fue el primer gobernante o la primera figura pública en utilizar el fútbol con fines políticos. La investigación desarrollada por Wernicke para la redacción de su libro orienta la respuesta hacia Sudamérica. Según los historiadores, indica el autor, uno de los primeros jefes de Estado que presenció un partido en un estadio fue el argentino Julio Roca, quien asistió a un encuentro de exhibición en Buenos Aires el 26 de junio de 1904 entre el mejor conjunto criollo de la época, Alumni FC, y el Southampton FC inglés, equipo profesional que realizaba una gira por tierras americanas. “Diez años antes de que Jorge V se consagrara como el primer rey británico en asistir a una cancha, Roca comprobó personalmente el entusiasmo que este deporte despertaba en la gente y aprendió una valiosa lección, a la que recurriría tiempo después”. Así, en 1912, cuando Roca estaba retirado y las relaciones diplomáticas entre Argentina y Brasil naufragaban ante la posibilidad de una guerra entre ambas naciones, fue requerido como embajador plenipotenciario para estrechar lazos a partir de acuerdos comerciales muy provechosos para ambos pueblos. En ese contexto, Roca mandó organizar una gira de un seleccionado argentino de fútbol por São Paulo y Río de Janeiro, donde el balompié era también muy popular. Tras una serie de encuentros, llegó el partido estelar, ante la selección de Brasil. El astuto Roca deseaba que su selección perdiera, confiado en que la travesía y la intensa actividad deportiva desplegada en pocas jornadas mellarían la capacidad de los albicelestes.

"El fútbol se metería de lleno en el entramado de la política y los dictadores fascistas de la primera mitad del siglo XX serían los que con más determinación lo utilizarían"

“Llegó el gran día y el escenario montado por Roca y [Manuel Ferraz de] Campos Sales estaba perfecto. Siete mil espectadores, que conformaron una extraordinaria multitud para la época, abarrotaron las tribunas de Das Laranjeiras, muchos de ellos con una banderita de Brasil en una mano y una de Argentina en la otra. Antes del partido, un locutor recordó la gesta del “Grito de Ipiranga” —la declaración de la independencia de Brasil—, de la cual se habían cumplido noventa años una semana antes, y destacó el cálido apoyo recibido desde la República Argentina durante todo el proceso que culminó con la emancipación del Estado americano del Reino de Portugal. La multitud cerró el acto político cantando el himno nacional. Los equipos salieron al césped envueltos en aplausos y vítores. La escuadra visitante formó frente al palco oficial para dar tres hurras por la nación anfitriona, lo que desató una ruidosa aclamación de los asistentes. Roca, sentado junto al presidente Rodrigues Da Fonseca, disfrutaba de su logro. Pero pocos minutos después del pitido inicial, unos negros nubarrones comenzaron a oscurecer la obra del diplomático argentino. El delantero Juan “Harry” Hayes abrió el marcador con un potente disparo. La conquista fue celebrada por todos los espectadores… excepto por Roca, quien apenas ensayó un tibio aplauso, temeroso de ofender a las autoridades brasileñas. Al rato, Maximiliano Susan anotó el segundo tanto albiceleste, recibido con menos entusiasmo por el público. El “ministro plenipotenciario”, incómodo, se quedó quieto. Ni siquiera sonrió. Cuando Hayes elevó a tres goles el casillero visitante, un silencio embarazoso se apoderó de las tribunas. Las banderitas argentinas desaparecieron y solo quedaron algunas verdeamarelas. Roca hervía sobre su asiento. Apenas el árbitro dio por terminada la primera mitad, Roca salió disparado hacia los vestuarios. Echaba chispas. Debió esforzarse para que los futbolistas no le notaran el disgusto. Dentro del vestuario, el ministro saludó afectuosamente a los jugadores, los felicitó y hasta comentó alguna acción. Pero, antes de regresar al palco, suplicó a sus compatriotas que, en la segunda mitad, contuvieran el ímpetu: “Los brasileños festejan hoy el aniversario de su independencia y sería diplomático que ustedes se dejaran ganar. ¡Háganlo por la patria y por la paz de América, muchachos!”. Roca retornó a su sitio en el palco para comprobar que la arenga había sido inútil. Antes de regresar a la cancha, los jugadores discutieron sobre las palabras del expresidente y resolvieron que ellos eran futbolistas, no políticos. Su compromiso era con el deporte, no con cuestiones que debían solucionarse en otro lugar. Hayes metió dos tantos más y Argentina ganó por 0-5. Al día siguiente, no obstante el abrumador resultado, Roca firmó un protocolo de amistad con el canciller brasileño, Lucio Müller. La goleada no había dañado su tarea diplomática, pero en la actitud de Roca comenzó a obrarse un cambio, hasta adquirir un oscuro hábito que, con el paso del tiempo, se iría ampliando y perfeccionando: la insolente intromisión de la política en el fútbol. Años más tarde, el periodista argentino Dante Panzeri sentenció que Roca se constituyó en “el instigador del primer acto oficialmente conocido en materia de falsificación de resultados, hoy llamado soborno”.

El fútbol se metería de lleno en el entramado de la política, y los dictadores fascistas de la primera mitad del siglo XX serían los que con más determinación lo utilizarían. Como cuenta Wernicke, “el concepto de deporte, en el sentido de competición entre adultos, avanzaba rápidamente desde finales del siglo anterior de la mano del proceso de industrialización y expansión de las masas urbanas, con una particularidad: muchos jugaban, pero muchísimos más disfrutaban de ver jugar a otros. Poco a poco, las canchas comenzaron a rodearse de tribunas, cada vez más altas a causa de un público que crecía en número al ritmo de su apetito de goles”. Y sería Benito Mussolini, el Duce, quien percibió que ese juego llegado desde Gran Bretaña —como solía llamarlo, con desprecio, antes de llegar al poder— se había transformado en un fenómeno social que despertaba las pasiones más ardientes a partir de un espectáculo condimentado con valores locales y regionales que contribuían a afirmar una identidad colectiva y exacerbar antagonismos.

"La coronación de Italia como sede mundialista solo encarnó una parte del plan fascista. Faltaba otra mitad, la más importante: armar un equipo que derrotara a todos sus rivales"

“El fascismo”, apunta Wernicke, “decidió que el fútbol ayudaría a regenerar una nación física, moral y espiritualmente y, al mismo tiempo, a promover un sentido de unidad social. El emblema del partido, el fasces, nacido en el Lacio unos veinticinco siglos antes, consistía en treinta varillas atadas que representaban esa anhelada unificación. El fútbol encarnaba ese concepto con once tipos que corrían y pateaban en la misma dirección, y que movilizaban el interés popular sin pasar por los moldes desgastados del ejército o la Iglesia. En su libro Sport e fascismo, Felice Fabrizio precisa que “Italia fue el primer Estado, junto con la Unión Soviética, en organizar una política deportiva que llevaría al país a convertirse en una nación deportista”. Según el historiador inglés Simon Martin, en 1926 el fascismo intervino en el calcio porque era la principal actividad de ocio del país, en la cual los futbolistas daban ejemplo a las masas mediante la importancia de la aptitud física y mental individual y de su aplicación en beneficio de un grupo. Los deportes “nobles”, como la equitación o la esgrima, no brindaban tensión y alegría a los corazones de la multitud”.

El autor relata que desde la creación de la FIFA en 1904, sus dirigentes intentaron organizar un campeonato para selecciones nacionales. La primera iniciativa surgió a pocas horas de conformarse el organismo, cuando representantes de Francia, Bélgica, Dinamarca, Holanda, España, Suecia y Suiza aprobaron organizar un torneo para el año siguiente. “Los delegados diseñaron un sistema de competición y hasta evaluaron la posibilidad de que Suiza fuera sede de las semifinales y de la final. El Gobierno helvético incluso ofreció donar el trofeo. No obstante, esta propuesta fracasó por problemas económicos y logísticos. A partir de este revés, la FIFA decidió unir fuerzas con el Comité Olímpico Internacional (COI) y, a lo largo de varias ediciones, el torneo futbolístico de los Juegos resultó, de facto, un Mundial: Londres 1908, Estocolmo 1912, Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928 (los Juegos de 1916 no se celebraron a causa de la Primera Guerra Mundial). En mayo de 1928, mientras se desarrollaba el campeonato olímpico de fútbol, se llevó a cabo en Ámsterdam un congreso de la FIFA, donde representantes de federaciones nacionales de países de Europa, América y África aprobaron la creación de la primera Copa del Mundo para 1930. La sede de ese torneo fundacional se decidió un año más tarde, durante otro cónclave de la FIFA que tuvo lugar en Barcelona. Italia se postuló para ser el país anfitrión, pero sus aspiraciones naufragaron ante la candidatura de Uruguay. La nación sudamericana no solo tenía el apoyo de los demás países de su continente, sino que presentó inobjetables laureles deportivos —bicampeón olímpico en París 1924 y Ámsterdam 1928—, una emotiva justificación política —en 1930 festejaría el centenario de su independencia— y una propuesta económica definitiva: el Gobierno oriental, por ese entonces rico gracias a sus grandes producciones de lana, carne y cuero, ofreció pagar el traslado, el alojamiento y la alimentación de todos los equipos participantes, y dividir los ingresos de taquilla con la FIFA. Los italianos habían planteado un reparto diferente, más apropiado para la realidad económica que aplastaba a Europa, que otorgaba la tajada principal del dinero recaudado por la venta de entradas al país anfitrión, con el fin de destinarlo a cubrir los gastos que exigía el torneo —por ejemplo, los derivados de la construcción de nuevos estadios—. Una versión afirma que, asimismo, varios de los delegados del Viejo Continente no querían entregarle la organización de la Copa a Mussolini, algo que cambiaría unos años más tarde, cuando finalmente y tras maniobras del régimen, Italia se convirtió en sede de la Copa del Mundo en 1934”.

"Aquel duelo entre mexicanos y estadounidenses en la Ciudad Eterna tuvo un espectador muy particular: Benito Mussolini"

La coronación de Italia como sede mundialista solo encarnó una parte del plan fascista. Faltaba otra mitad, la más importante: armar un equipo que derrotara a todos sus rivales. Conocedores del poderío de los futbolistas uruguayos y argentinos, los líderes del Gobierno fascista promovieron la contratación de jugadores de estos países que nutrieran las filas de los equipos italianos y, de paso, la del seleccionado azzurro. “Tras el triunfo de Uruguay sobre Argentina, en la primera final mundialista en Uruguay en 1930 por 4-2, el Gobierno italiano aprovechó que los jugadores rioplatenses competían en ligas amateurs para ofrecer contratos extraordinarios. Las principales estrellas cobraban algo de dinero por debajo de la mesa, pero de todos modos debían trabajar en otras actividades para reunir una suma que les permitiera mantener a sus familias. El éxodo de jugadores argentinos y uruguayos hacia los principales equipos del calcio, si bien había comenzado unos años antes, se intensificó tras el Mundial de 1930 (…). La migración de futbolistas, auspiciada por el Gobierno fascista, benefició a Italia por partida doble: enriqueció a los clubes y también a la selección, ya que varios se nacionalizaron y representaron al equipo azzurro en los siguientes Mundiales”.

En esos años seminales, el entrenador italiano Vittorio Pozzo, brillante y perspicaz, sacó provecho hasta de la eliminatoria correspondiente a los países de América Central y del Norte, que otorgaba una sola plaza para el torneo. Después de que la selección mexicana venciera a Cuba, que a su vez había eliminado a Haití, los dirigentes aztecas y los estadounidenses se enzarzaron en una serie de discusiones. Una versión recogida por Wernicke asegura que, en el momento de expirar el plazo estipulado, solo se habían inscrito tres participantes. “Algunos periodistas e historiadores del fútbol mexicano certifican que, cuando la vacante ya correspondía a su equipo, en el último momento apareció la representación de Estados Unidos. La FIFA y la FIGC —aseveran los investigadores— aceptaron obsecuentes la solicitud de los yanquis, un poco para congraciarse con la pujante potencia económica y otro tanto por la gran colectividad italiana asentada en aquel país. Otras versiones manifiestan que el enganche de los estadounidenses no fue extemporáneo y que les favoreció la deserción de Canadá, lo que les permitió avanzar a un desenlace con su vecino del sur sin tener que jugar. Lo cierto es que, en el momento de decidir dónde disputar la eliminatoria que definiera cuál de los dos países participaría en el Mundial, México y Estados Unidos no fueron capaces de ponerse de acuerdo ni de pactar una sede. Según un artículo publicado el 12 de mayo de 1934 en el periódico turinés La Stampa, redactado por el propio Pozzo —quien no dejó de lado su trabajo como columnista especializado en fútbol durante el torneo—, el “arreglo” no fue posible. En medio de las fuertes presiones emanadas de Mussolini para que la nación anfitriona ganara el torneo, Pozzo confesó a los organizadores su preferencia por arrancar la contienda contra un rival débil —o, al menos, más endeble que selecciones como las de Austria, España o Hungría—, temeroso de sufrir las consecuencias de quedar fuera en la primera ronda. El entrenador, uno de los primeros en diseñar estrategias de juego basadas en la debilidad de los rivales, habría convencido a los dirigentes de la federación para que se invitara a México y Estados Unidos a jugar en el estadio del Partito Nazionale Fascista en Roma, y luego se manipulara el sorteo e Italia debutara contra el ganador de ese duelo clasificatorio. El partido —en el que Estados Unidos se impuso por 4-2 con un póquer de un delantero con sangre italiana, Aldo Donelli— le permitió a Pozzo estudiar de primera mano al que sería su primer oponente mundialista”. Curiosamente, aquel duelo entre mexicanos y estadounidenses en la Ciudad Eterna tuvo un espectador muy particular: Benito Mussolini.

"Iniciada la Segunda Guerra Mundial, deporte y propaganda volvieron a unirse en un ámbito mucho más dramático"

Más tarde, iniciada la Segunda Guerra Mundial, deporte y propaganda volvieron a unirse en un ámbito mucho más dramático. Durante el conflicto bélico, que comenzó el 1 de septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia, Hitler, Goebbels y Himmler evaluaron que el fútbol, muy popular en toda Europa, podía ayudar a mostrar una imagen que disfrazara lo que los alemanes realmente hacían en los territorios que habían ocupado, como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Ucrania, Francia, Bielorrusia, Estonia, Países Bajos o los Balcanes. A lo largo de la contienda, mientras las ligas locales y la Copa de Alemania continuaban con “normalidad”, la selección germana disputó varios partidos amistosos contra homólogas de países aliados o neutrales. Los partidos amistosos de la selección germana quedaron suspendidos en 1942, a partir de una serie de derrotas que enfurecieron a Goebbels. La primera afrenta tuvo lugar ante Suiza: en Berna, el 20 de abril de 1941, día del cumpleaños de Hitler, Alemania perdió por 2-1. La victoria helvética se repitió un año más tarde, con el mismo marcador, en Viena. Pero la gota que colmó el vaso llegó el 20 de septiembre de 1942, cuando Suecia venció al equipo de la cruz gamada en el Olímpico de Berlín. El ministro de Propaganda escribió en su diario: “Cien mil personas han abandonado el estadio deprimidas. Para la gente, ganar un partido de fútbol es más importante que capturar una ciudad en Europa Oriental”. La desilusión de Goebbels provocó la disolución del equipo nacional dos meses más tarde. La escuadra nazi disputó su último encuentro en Bratislava, frente a Eslovaquia, donde se despidió con una victoria por 2-5. Tras el pitido final, todos los internacionales alemanes fueron enviados al frente.

"Los jugadores de la selección de Irak fueron torturados tras su participaron en la eliminatoria de clasificación para el Mundial de Corea del Sur y Japón en 2002"

Las historias que narra el libro de Wernicke sobre la relación del fútbol y la política deslumbran al lector, que repasa episodios de la historia mundial mezclada con las anécdotas futboleras, pasando por asuntos de espionaje en España; los caprichos de doña Eva Perón y sus maniobras para que los equipos que ella elegía fueran campeones; la rendición del dictador español Francisco Franco ante el deporte rey; la furia de Stalin al perder su selección; cómo el dictador Emílio Garrastazu Médici, cuyo Gobierno es considerado por muchos historiadores como el más sangriento de los años de plomo que sufrió Brasil entre 1964 y 1985, creó el mejor equipo del mundo, con el que Brasil ganó el Mundial de México en 1970; de qué forma los éxitos de un equipo de fútbol, el Coló-Colo de Santiago, retrasaron el golpe militar del general Augusto Pinochet en Chile; la labor en Italia como “embajador” deportivo de Diego Armando Maradona; la vez que el entrenador argentino Carlos Bilardo escuchó, de labios nada menos que de Pablo Escobar, la siguiente amenaza contra el rival del jefe del cártel de Medellín, Miguel Rodríguez Orejuela, jefe del cártel de Cali: “Yo le mato a usted el papá, la mamá, los tíos, a su esposa, a sus niños y hasta a su abuelita. Y si su abuelita ya está muerta, yo se la desentierro y se la vuelvo a matar”. O por qué los jugadores de la selección de Irak fueron torturados tras su participaron en la eliminatoria de clasificación para el Mundial de Corea del Sur y Japón en 2002, de la que quedaron apeados por haber cometido un pecado imperdonable: perder dos veces ante Irán, en ese momento el principal enemigo de Irak.

El autor da cuenta, así, con un estilo narrativo digno del mejor comentarista de fútbol, cómo este deporte ha sido, una y otra vez durante más de un siglo, utilizado por dirigentes políticos y militares con fines espurios. Es, no cabe duda, el juego del hombre. Pero si bien, como escribió Eduardo Galeano, “el fútbol y la patria están siempre atados, y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad”, Wernicke señala que el balompié no es la lámpara mágica de la que sale un genio con los bolsillos cargados de soluciones. “Su finalidad como espectáculo consiste en entretener, emocionar, dar un respiro de la rutina y las preocupaciones cotidianas. De ninguna manera su función es promover la producción de alimentos, la construcción de viviendas o generar empleos. Eso corresponde a los gobernantes”. Porque “con la pelotita se podrá engañar a algunos hinchas durante un tiempo, a otros un poco más, pero nunca a todos para siempre. Jamás a quienes no gustan del fútbol. Además, el balón es incorruptible. El Poder podrá comprar algunos gajos de cuero, pero nunca la dignidad que lo infla”. Y el político que intente dominarlo a patadas, concluye, terminará metiéndose un gol en contra.

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