Imprescindible que, antes de empezar estas líneas, haya leído usted «Destierro», página conmovedora de la escritora y periodista Enriqueta Antolín, casada con el también periodista y también escritor Andrés Berlanga y madre del actor y narrador oral que se anuncia como Juan Gamba.
Y si pienso en números se me vienen directos a la memoria estos dos. Ciento cincuenta y tres es uno. El otro, un dólar y ochenta y siete centavos. Cifras que salen al final y al principio de un par de textos que me sacuden por dentro siempre, aunque me sé ya el desenlace.
Ciento cincuenta y tres peces grandes recogen Pedro y seis de sus compañeros en la segunda pesca portentosa, casi amaneciendo, según escribe Juan en el capítulo 21 del libro en que resume los hechos de Jesús el Nazareno. «Al despuntar el alba», la peor hora, decían, para capturar ejemplares de las aguas, cuando se ven más las redes y las argucias y artes de pesca. Siguiendo las indicaciones de alguien a quien no distinguen con claridad, han obtenido una pesca abundante, tras meses sin apenas ejercer ese oficio, y posiblemente cuando la aurora y su contraluz, con esos rayos primerizos desdibujando, en la orilla galilea del lago de Genesaret, el cuerpo rehecho de su Maestro, a quien habían despojado de la vida días antes. Esos siete seguidores suyos están cansados, toda la noche inútil para pescar, y encima los peces solo se acercan a estribor de la barca principal, donde se concentran. Reconocen a ese Jesús nuevo, resucitado, que les prepara brasas y alimento caliente. Juan testimonia que es la «tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos». Y ciento cincuenta y tres peces, y no pequeños. Los han contado uno a uno.
Y esos casi dos dólares, con muchos centavos en monedicas de calderilla del inolvidable cuento de O. Henry «The Gift of the Magi» («Regalo de Reyes»), publicado a principios de diciembre de 1905, en un dominical neoyorquino de amplísima tirada. Es Nochebuena, y Della Dillingham Young, una muchacha recién casada — el matrimonio se quiere apasionadamente—, solo ha podido ir ahorrando esa modesta cantidad, menos de dos dólares. Por el alquiler semanal del apartamento pagan ocho. Pero tienen dos tesoros: el pelazo castaño de Della y el reloj de oro de bolsillo, resto de herencia familiar, de su marido, Jim. La chica le quiere regalar una leontina, una cadena valiosa. Los que hayan leído este cuento recordarán que el narrador desmenuza la conclusión: quienes sacrifican algo suyo por la persona a la que aman tienen la sabiduría de aquellos Magos de Oriente que llevaron presentes a Jesús Niño y que encabezan la tradición de demostrarse afecto entregando regalos en Navidad.
La segunda cuestión a la que quiero aludir se refiere a obras fragmentarias que cobran por sí mismas, desgajadas de su original, vida propia. El ejemplo preclaro del pasado de nuestra literatura quizá sea el romance. El Romancero viejo (siglos XIV y XV) lo forman piezas anónimas y compuestas por la colectividad que provienen de haberse desprendido de los cantares de gesta medievales y que se difundían, con muchas variantes, de forma oral y cantada. «¡Quién hubiera tal ventura / sobre las aguas del mar / como hubo el infante Arnaldos / la mañana de San Juan!».
Célebre caso es el del poema que empieza «Un soneto me manda hacer Violante». Violante es nombre de mujer. Pertenece a una comedia de Lope de Vega, La niña de plata, escrita en plena madurez. Lo recita en el tercer acto el criado Chacón, que ejerce el papel de gracioso, en una digresión, una noche en una calle de una Sevilla del gótico. A Dorotea, una hermosísima joven hispalense, llena de virtud, la conocen como «La Niña de Plata». De ella se ha enamorado don Juan, el caballero a quien sirve Chacón. Pero también el infante don Enrique de Trastamara, hermano de Pedro I el Cruel, siente por la muchacha amores. Chacón compuso este soneto para un certamen y ganó unos guantes de premio. Los guantes eran auténticos artículos de lujo más que de abrigo y piezas de ostentación social. Para entretener al disgustado don Juan, Chacón habla de poesía y va hilvanando los catorce versos burlones del «soneto sonetil».
¿A qué viene todo este rollo mío sobre números y fragmentos que alcanzan estatuto de totalidad? A que tengo que confesar una verdad de dos filos. «Destierro» no es exactamente un microrrelato, sino un capítulo de una sugerente novela de Enriqueta Antolín Gimeno (1941-2013), Kety, maestra, periodista, narradora, experta en la literatura y talante de don Francisco Ayala. Nacida en Palencia capital, cuando tenía seis años su familia se trasladó a la ciudad de Toledo, «donde vivió buena parte de su vida. Allí estudió Magisterio, aunque después predominó su vocación por el periodismo y la literatura», se lee en Wikipedia. A pesar de ser escritora muy precoz, tardó en publicar su primera novela, La gata con alas (1992), ambientada en la España de la posguerra, abrió una trilogía formada por Regiones devastadas (1995) y Mujer de aire (1997) caracterizada por la sutileza, el análisis penetrante de la psicología femenina y el artístico entrecruzarse realidad y ficción, confesión y alguna máscara literaria. Ella misma habló, llena de sinceridad, de su trabajo de escritora: «Escribo porque me gusta. Y para los demás».
Vamos a lo nuestro. ¿Por qué tantas cifras en este relato de Enriqueta Antolín? Dan, sí, esa fisonomía de lo científico y lo objetivo, como saben quienes aprendieron a argumentar y a convencer. En concreto, tantas aproximaciones numéricas —«2,4 millones de kilómetros por hora», «670 kilómetros por segundo», «195.000 años luz»—, vertiginosas, hacen que esos párrafos del principio suenen a un informe astronómico real. Crean verosimilitud. Credibilidad. Y además expresan inmensidad, distancia. Esas cifras sugieren la grandeza del universo, la extensión infinita fuera de todo límite, la imposibilidad del regreso, a la vez. Quizá, sobre todo, logran contrastar objetividad y emoción. Mezclar ese lenguaje frío y matemático con la profundidad del sentimiento que recorre el espinazo de vértebras desencajadas resuelto en las últimas palabras, en las dos últimas palabras. Ese contraste intensifica el impacto final. Aunque que la intención inicial fuera precisamente tapar la emoción, ese interior dolido. Proteger al narrador. A la narradora, más bien. Porque se siente expulsada, arrancada de su sitio, separada de alguien, condenada a la soledad o al abandono o a las calamidades del exilio o las incertidumbres de la migración y el desarraigo. La joven narradora —sabemos o adivinamos quienes leímos la novela— se protege detrás del discurso científico. Habla de una estrella para no hablar directamente de ella misma… hasta el final de su meditación y su contemplación. Las cifras funcionan casi como una máscara racional.
¿Qué ocurre exactamente en esta narración titulada «Destierro»? Lo que parece al principio una noticia científica, la divulgación sobre una estrella expulsada de la Vía Láctea, funciona además como un reflejo —una metáfora— de alguien. De la persona que cuenta, que se ve identificada. El último enunciado, dos palabras —«Como yo»— cambia por completo la dimensión de la lectura. El caso de una estrella «desterrada», expulsada de la galaxia por la fuerza gravitatoria de un agujero negro, y que viaja a una imponente velocidad, parece condenada a vagar sola por el espacio intergaláctico. La explicación, aparentemente astronómica y objetiva, una lección de Astrofísica Elemental, revela, más bien, la propia experiencia de exilio, expulsión, soledad o desarraigo de quien escribe. Y parece Pamela, la gran voz de una novela, Qué escribes, Pamela. Ya lo he dicho antes. La última novela que Enriqueta Antolín publicó.
La equiparación entre esa estrella y el personaje de la narradora se da en la dimensión de los hechos: al astro lo han expulsado de su hogar galáctico y a la narradora de su propio mundo. El destierro y el exilio. El título, “Destierro”, ya orientaba la lectura hacia algo humano y existencial. Hacia una separación que puede ser definitiva.
Y como permite la literatura, planea la violencia invisible. Porque la expulsión no es voluntaria, una fuerza inmensa la arranca de su órbita, el agujero negro destruye el sistema doble. ¿Se puede interpretar como metáfora de una ruptura amorosa, una guerra, el exilio político, una pérdida devastadora, cualquier acontecimiento que desplace a alguien de su vida anterior?
La pequeñez humana, qué grandeza.
«Como yo» implica que a mí también me han expulsado, que yo también he perdido mi lugar; que también yo me alejo sin retorno; que llevo una condena posible hacia la soledad. Que hubo ciento cincuenta y tantos peces, que Della piensa en el corazón de Jim. Que los fenómenos del universo reflejan experiencias verdaderamente humanas. Que Kety nos ayuda a vivir más. Andrés Berlanga, su marido, vivó algunos años más que ella. Su hijo Juan recuerda que tarareaba la canción de Víctor Jara «Te recuerdo, Amanda». «La vida es eterna en cinco minutos» le hacía tener presente «la buena vida» vivida con ella.
***
DESTIERRO
Una de las aproximadamente 100.000 millones de estrellas de la Vía Láctea se está escapando. Va a una velocidad vertiginosa: 2,4 millones de kilómetros por hora o 670 kilómetros por segundo, y está ya en las afueras de la galaxia.
Sus descubridores han preferido llamarla «estrella desterrada», ya que dentro de 80 o 100 millones de años abandonará la Vía Láctea y vagará en solitario por la oscuridad del espacio intergaláctico para no volver jamás.
Ahora está a unos 195.000 años luz del centro de la galaxia y a una distancia similar de la Tierra.
El motor que impulsó a esta estrella acelerada debió ser el agujero negro que reside en el corazón de la Vía Láctea. Al menos esa es la explicación que encuentran los científicos autores del descubrimiento.
La estrella desterrada probablemente tenía una compañera con la que formaba un sistema doble en órbita del centro galáctico.
Pero hace algo menos de 80 millones de años ambas debieron de pasar demasiado cerca del agujero negro y este atrapó a una de ellas, colocándola en una órbita estrecha alrededor del centro de la Vía Láctea y lanzando a la otra hacia fuera a gran velocidad, como una piedra propulsada por una honda.
Sólo el poderoso efecto gravitatorio de un agujero negro muy masivo podría impulsar una estrella suficientemente como para echarla de la galaxia. La velocidad que lleva la estrella desterrada es el doble de la velocidad de escape necesaria para abandonar la Vía Láctea.
Como yo.
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En Qué escribes, Pamela, Menoscuarto, 2012, pp. 133-134


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