Como columnista, siento una enorme simpatía por Jacques Marinelli. Era un francés hijo de emigrantes italianos, ciclista sin triunfos, que en la primera semana del Tour de 1949 se metió en todas las fugas porque lo apremiaba una obligación angustiosa: debía escribir una columna diaria en ‘L’Èquipe’. No ganó ninguna etapa, pero a base de meterse en tantas escapadas, acabó vistiendo el maillot amarillo en Rouen y me lo imagino saltando de alegría: “¡Ya tengo tema!”. Con sus relatos, las ventas del periódico se duplicaron hasta los seiscientos mil ejemplares. Marinelli recibía trescientas cartas diarias y una lluvia de contratos para correr critériums por toda Francia. Fue un bisabuelo de los ‘influencers’.
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