Alrededor de Valencia de Alcántara se elevan los berrocales, colinas de bloques grises redondeados como huevos de dinosaurio: son las formas salvajes del granito. Subimos y bajamos, pedaleando entre los muros que delimitan las dehesas, muros de piedra trabajados por los campesinos: son las formas prácticas del granito. Y en La Aceña de la Borrega encontramos ocho losas verticales hincadas en círculo, con otra gran losa plana como techo y dos horizontales como pasillo de entrada. Hace cinco mil años unos humanos acarrearon las rocas y construyeron este dolmen: son las formas simbólicas del granito. Enterraron cenizas, huesos y ajuares de los muertos, los cubrieron con un túmulo de tierra de tres metros. Ahora el dolmen queda a la vista, estructura racional entre amontonamientos rocosos, transformación de la geología en arquitectura.
Solo es uno de los 43 dólmenes de Valencia de Alcántara. Parece que a los habitantes prehistóricos de esta comarca les entró una fiebre constructora, levantaron docenas de monumentos funerarios como si Cáceres fuera una base de lanzamiento de almas al más allá. O eso, o los construyeron con un material resistente en una tierra poco poblada, donde se conservaron mejor que en otras partes. Los autores murieron hace cinco mil años pero en estos círculos de losas quedan flotando sus mentes, quedan sus ideas estéticas y espirituales, sus inquietudes parecidas a las nuestras. Esa es la huella de la mente humana: un poco de geometría en medio del caos.


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