Lo siento, pero no. Puestos a setas o a Rolex, a hoteles de lujo cuando las circunstancias lo imponen, esto se nos va de las manos. Hasta los grandes establecimientos de toda la vida, que mantenían el decoro y maneras serenas de la noble hotelería europea, practican hoy una mal entendida modernidad. Anduve más de medio siglo por esos mundos, y sé lo que digo. Antes llegabas a un hotel habitual, el que fuera, y el mozo, el recepcionista, el conserje a los que conocías de siempre, saludaban con sobria y amable corrección, haciéndote sentir como en casa. Envejecían contigo, por así decirlo, con una complicidad hecha de años, conversaciones y propinas adecuadas. Más que empleados eran tus amigos.
Me ocurre hace tiempo; ayer llegué a un hotel del que soy cliente desde hace más de cuarenta años y fui de la calle a mi habitación sin ver un rostro conocido. Sólo muchachos de ambos sexos, muy atentos y serviciales, a los que no había visto nunca y a los que, estoy seguro, no volveré a ver cuando vuelva a alojarme allí: joven personal de paso, bajos salarios, contratos temporales y luego a la calle; chicos exprimidos como limones de paella por las grandes empresas antes de quitárselos de en medio y contratar a otros, sin darles tiempo a aprender y ejercer un delicado oficio en el que sus antecesores podían pasar dignamente toda una vida.
En algunos hoteles los obligan, además, a comportarse con inaudita cursilería. El nuevo estilo renuncia al trato sereno y confortable, al principio básico de dejar en paz al cliente mientras éste no pregunte, para agobiarlo con deferencias que sin duda deslumbran a los partidarios del nuevo estilo, pero que al viajero de siempre, al profesional curtido en aviones, ferrocarriles y maletas, acaban tocándole las narices. Desde que llegas te ves prisionero de una desaforada hospitalidad, atrapado en una red de sonrientes jóvenes provistos de tableta electrónica, que parecen entrenados en una academia de Singapur especializada en inculcarles cierto irritante plural: «¿Cómo hemos pasado la mañana?». Y lo hacen con un aparente y automático interés; con una intensidad emocional superior a la de muchos matrimonios.
Sortearlos es imposible. Están en cada vestíbulo, cada pasillo, cada ascensor. Nada más bajar del taxi asoma el primero: abre la puerta con solícito entusiasmo, cual si fueras lo mejor que le ha pasado ese día, y pregunta qué tal el viaje. Acto seguido surgen otros: esta joven te ofrece una copa de champaña; aquél, agua perfumada con limón, y un tercero parece practicarte una resonancia magnética por si detecta fatiga o aburrimiento. Todos parecen consagrar su existencia a averiguar si descansas bien, si eres feliz, y a prevenirte de que mañana va a llover. Luego está la muchacha de recepción, también joven y de sonrisa inalterable; siempre una nueva, pero que siempre hace la misma pregunta aunque lleves yendo a ese hotel toda tu vida: «¿Es la primera vez que se aloja con nosotros, señor Pérez?».
Que me disculpen los amantes del estilo pijocursi –al fin y al cabo, ellos tienen lo que buscan–; pero añoro al sobrio personal de los antiguos grandes hoteles. Aquello era más civilizado, más austrohúngaro, más de verdad. Soltabas discretamente buenas propinas al conserje o empleado idóneo –Maurizio, Mustafá, Schultz, Felipe, Marcelo, el Grüber de El Club Dumas, bigote impecable y mirada de conspirador vienés– y ellos, como si todo quedara entre nosotros, movían con delicadeza los hilos del universo: la mejor habitación, la mejor mesa del restaurante, el taxi de confianza, la botella imposible en según qué ciudad o qué guerra. Había soborno elegante, tranquilizador, eficaz según las viejas reglas. Nacían de eso, con el tiempo y según cada cual, afectos mutuos que resultaban auténticos. Eran hoteles como Dios manda, no escaparates del buen rollito.
Sólo en esa clase de establecimientos, o en los que conservan ciertas maneras, era o es todavía posible una escena como la que tuvo lugar hace pocos años en la puerta del hotel Colón –que sigue siendo mi casa cuando estoy en Sevilla y que, remozado y puesto al día, conserva algún personal y el estilo impecable de los viejos tiempos–. Mientras conversaba en la puerta con Santiago, Rafael y otros mozos veteranos del hotel, unos animales ingleses con camisetas futboleras, hijos de la grandísima puta, estaban burlándose de un pobre vendedor callejero. Sin pensarlo, por mero instinto, quise intervenir; pero sentí que me sujetaban por los brazos y oí la voz de Rafael: «No, por favor, don Arturo. Si se mete usted, tenemos que meternos nosotros. Y a nosotros nos echan». Y, oigan. Aquel «si se mete usted tenemos que meternos nosotros» valió más que todas las sonrisas y todas las copas de champaña y todas las neogilipolleces hoteleras del mundo.
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Publicado el 5 de junio de 2026 en XL Semanal.


Sí, don Arturo. Esto se nos va de las manos a un ritmo frenético. A mí mismo me maltrataron cuando trabajaba en un hotel de cinco estrellas y casi termino a hostias con el jefe de recepción cuando me “despedí”. Ya decía Irvine Welsh que en el futuro no habrá tíos ni tías, sólo gilipollas. Demasiada neogilipollez en este estúpido siglo XXI.
Me hizo recordar mi Escuelita, hace más cincuenta años atrás, donde se aplicaba la Regla de Unamuno: “¡O vamos todos, o no va ninguno!”
Y casi lo olvido: hoy, 18 de junio, se cumplen 211 años de Waterloo.
Me lo celebraré con esa magnífica película con Rod Steiger y Christopher Plummer y recordaré a ese antepasado de don Arturo que salió apenas de la carnicería y dejó su semilla en tierras lejanas.
Gracias por recordarlo. Usted sí que sabe celebrar efemérides como es debido.
Gracias por sacarlo a colación don David; porque hablando de Waterloo y de hoteles, hay uno por los Madriles (a donde suelo acudir todos los meses a una tertulia enriquecedora entre amigos) con el nombre del general británico que resistió a Napoleón en esa batalla crucial, que mantiene en gran parte, en mi opinión, ese estilo clásico y afable que don Arturo señala perdido en otros establecimientos. Un hotel donde festejar los cuernos es algo habitual…
Hotel, dulce hotel…
Hotel, dulce hotel, Joaquín…
Hotel con glamour, Arturo…
Yo sólo quiero decir:
En casa como en ninguno.
Ya sea por el trabajo,
Por un viaje o por “placer”…
El que suscribe debajo
No disfruta en un hotel.
Y es que en casa, amigos míos,
Es donde mejor se está…
Dejémonos ya de líos,
Busquemos tranquilidad.
Por eso no es de extrañar
Que me aferre yo a “mi casa”
Y así lo suelo explicar
Con carta a la militancia.
Moncloa, Junio de 2026.
Fdo:
Antonio.
PD:
Me dicen que hay un hotel
Cerquita de Alcalá Meco
Y otro por Santander,
Que llaman Penal del Dueso…
Mas no me quiero mover,
Nunca viajo yo en exceso…
No vaya a ser que, tal vez,
No garantice el regreso.
Quizá Soto del Real,
Que no parece mal pueblo,
Sea un destino ideal…
Aun así, sigo sin verlo.
Usted mismo se ha contestado, los chavales no tienen culpa, hacen lo que les mandan, échele las culpas a los empresarios mojigatos y horteras, que veranean en yate y bailan en Ibiza. En toda la hostelería pasa mas o menos igual, gente que empieza en su primer trabajo, echando mas horas que un Casio, por una mierda de sueldo y dé gracias de que encima le tratan amablemente, yo en esas circunstancias, estaría encabronado y no tendría una sonrisa de anuncio, se lo aseguro.
Y el tuteo…
Terrible!
Leo el artículo de don Arturo y no puedo sino asentir en silencio; no es un asentir cortés, sino mi reconocimiento sincero y, por qué no decirlo, un poco triste. Su mirada de viajero muy curtido, es un espejo fiel de lo que muchos hemos empezado a sentir al cruzar los vestíbulos de los grandes hoteles.
En lo esencial, tiene toda la razón. No hace falta ser una nostálgica recalcitrante para añorar ese saber estar que se fue con los mozos de librea y los conserjes con bigote. Lo que denuncia don Arturo no es un cambio estético; es la pérdida de un pacto de confianza. Antes, el hotelero no era un sonriente vendedor de experiencias, sino un guardián de tu intimidad. Te conocía, sabía tus gustos y tus manías y, con una propina y una mirada cómplice, orquestaba tu estancia con elegancia y entera discreción.
Hoy, en cambio, nos reciben con coreografías de tableta electrónica, preguntándonos por el viaje o por nuestra felicidad con la misma intensidad emocional con la que un comercial te pregunta si tienes seguro de hogar o seguro anti okupas. Es simplemente la escenografía que les imponen sus jefes.
Y aquí, me permito añadir mi propia experiencia, que no hace más que certificar su tesis. Como don Arturo, he viajado y vivido el esplendor del viejo mundo, pero hay un caso que me caló hondo por su perfecta contradicción, fue en el Hotel María Cristina de San Sebastián.
Lo conocí en 1990. Era una recién estrenada adolescente entonces. Mi madre, que era directora de cine, fue invitada al festival y nos llevó a toda la familia (padre, hermana y yo) a hospedarnos allí. Recuerdo la alfombra, el silencio y elegancia de los pasillos, pero sobre todo recuerdo a su personal. No había servilismo, sino una dignidad de oficio. El conserje no te preguntaba qué tal estaba el tiempo; te recordaba que a tu padre le gustaba leer Le Monde Diplomatique o que prefería el café solo y sin azúcar. Eran personas que habían hecho del hotel su vida, y de los huéspedes, sus conocidos. Era un lujo sin pretensiones de ningún tipo.
Treinta y tres años después, en 2023, volví al María Cristina, esta vez como invitada al mismo Festival de Cine. Y ahí estaba el golpe. El edificio seguía siendo majestuoso y confortable, pero el alma se había esfumado por completo. Me encontré con el mismo ritual mecánico y agobiante que describe Pérez-Reverte. Un séquito de jóvenes, sonrisas perfectas y frases ensayadas que, como él bien dice, parecían salidas de una academia de Singapur. La calidez se había convertido en un protocolo impostadísimo. Eran eficientes, sí, pero ya no eran mis «amigos». Ya no eran mis «cómplices». Ahora el dinero sigue pagando el lujo, pero ya no compra la confianza.
Esa es la clave. Don Arturo habla, y con razón, de la «neogilipollez», y tras ella se da un dolor más evidente, el de la cosificación del servicio. Se ha despedido a la veteranía para contratar juventud desechable, y se ha confundido el trato humano con el marketing de la felicidad.
Por eso, y porque estamos de acuerdo en casi todo, y añado un matiz, el problema no son los jóvenes, el problema es el sistema que los convierte en piezas intercambiables. El fallo está en la dirección que privilegia la estadística de la sonrisa antes que la memoria del huésped. Don Arturo tiene mucha razón, sí, pero no le demos rostro a su queja. No es culpa de esos chicos y chicas que nos reciben hoy. En mi opinión, es culpa de quienes les robaron el tiempo para aprender el oficio y la dignidad para quedarse.
Al final, como bien sentencia él con su anécdota del hotel Colón, el verdadero lujo no está en el champán de bienvenida, sino en esos «Rafaeles» y «Felipes» que, con cuatro palabras, te recuerdan que hay una familia que te protege de verdad y no de boquilla.
Y por pedir, pues ojalá alguien, en algún hotel, vuelva a leer esta Patente de Corso y recupere el oficio. Mientras tanto, ustedes y yo seguiremos viajando, echando de menos a los que se fueron. Y dándole la razón a don Arturo.
Vayan mis disculpas por la extensión de este comentario, pero es lo que tiene toparse con un artículo que me ha devuelto a los pasillos de la propia vida.
Alucino leyéndoles. Sus testimonios me parecen de Las Mil y Una Noches. Esas alfombras, esa memoria de esos cordiales y discretos conserjes y, sobre todo, esas generosas propinas que los ricos dan por doquier. Claro, yo fui “viajante de comercio” y me hospedaba donde podía, y propinas?, ninguna. Muchas noches la cena era un “bocata” que yo mismo me hacía!. Hoy, con 88 años, los leo y los ojos me salen de las órbitas. Sigo a don Arturo y muchos de sus libros han sido mis compañeros en esas noches fuera de casa donde leías sus novelas y, entre página y página, no dejaba de pensar en “mí santa” y se me humedecían los ojos. Hoy, con poco más de mil euros de pensión, cuido su alzheimer y somos relativamente felices porqué al menos estamos juntos. Y, si les digo la verdad, no sé la razón por la cual les digo todo ésto… Ah, sí, sus generosas propinas!
Cuando la familiaridad mas pueril y hortera se instala en la recepción del hotel, en su restaurante, en su consigna, en sus ascensores o en el personal de limpieza de cámara, llamándote cariño sin conocerte ni haber cruzado antes media palabra, entonces algo no funciona debidamente en la gerencia del hotel de marras. Y ese personal no tiene culpa alguna. Cuando el empresario de hosteiería no paga debidamente, ni da consignas adecuadas, ni enseña mínimamente al personal tras contratarles, ni les ofrece la oportuna posibildad de promocionarse, ni les permite una merecida oportunidad de estabilidad laboral, entonces no puede esperar de sus empleados respeto, motivación, dedicación y esmerado trato. Y entonces pienso que ¡ojalá! algún suceso externo -o interno- nos quite la tontería e ilusión desmesurada de querer ser el primer destino turístico mundial. Ni de coña se lo merecen esos “ausentes” y ambiciosos empresarios.
Soy un gran defensor del turismo, pero una cosa es vender más litros de vino y otra, vender mejor vino. Lo segundo puede dar mayores beneficios y menos perjuicios añadidos, lo cual no quiere decir que defienda un turismo para ricos. Defiendo un turismo para gente que sepa apreciar España y no la considere un producto de consumo. Se pueden producir menos botellas y obtener mayor beneficio, económico y social. Si apostamos por un turismo de masas, tendremos cadenas hoteleras sin olor ni sabor, y turistas de selfie y crucero. Si apostamos por un turismo gran reserva, tendremos turistas que vienen a España sabiendo muy bien lo que quieren y volverán el próximo año al lugar donde se han sentido mejor que en casa. Si vienes a casa a pasar unos días con nosotros, bienvenido. Si vienes a insultarme, emborracharte y a armar gresca, patada con huella y a la p. calle. Ahí ganamos todos. Por ahí va lo que pienso del turismo.
Así es la cosa, querido Arturo. Un zarandeo a la inteligencia y a las emociones. Justamente lo que debe hacer la buena literatura.
Excelente apreciación, ya las cisas no son como antes, es una triste realidad esperemos que regresemos a lo auténtico a lo real, nada como aquello ,hoy en este mundo de lo desechable y superficial, sin educación, sin estilo, en un mundo de manual de superficialidad
¡Cómo se aprende leyéndolo! Aquí tenemos una frase rutilante, que arma la crónica, artificio bien reservado para cerrar: «Si se mete usted tenemos que meternos nosotros», que exalta una relación humana fuerte, nada protocolar, sin “masa” amorfa.
Da gusto seguirle cada una de las sagacidades estilísticas que lo caracterizan.
La extraña dignidad de ser dignos y saber el espacio que cada cual debe ocupar. Es maravilloso caminar por el enjambre de miradas, gestos, posturas, ademanes. Ver que todo es una maravillosa sinfonía que ejecuta hasta la camarera fantasma al doblarnos las sábanas o dejarnos aquellos coquetos chocolates, en equilibrio perfecto, al borde de una almohada.
La Hotelería es eso. Un sutil rumor perdido entre breve olor de una sabrosa fragancia. Es tener el rocío perfecto de pimienta y la carcajada de un merlot a media tarde.
“No puedo leer un texto sin emoticono” le escuché, con cierto estupor, a una colega de unos veintipocos años. “Si un texto no los tiene”, continuó “creo que la persona que escribe esta de mal humor”
A confesión de partes…
PS: Trabajo en el medio turístico y, don Arturo, usted se quedó corto.
El mundo que conocimos está desapareciendo porque así va siempre la cosa, y este nuevo mundo también tendrá su fin cuando le toque, Así que mejor no darle muchas vueltas ni ponerse nostálgico…
‘Los putos enrrollados’, los llamaba un amigo. La primera norma de educación y saber estar es la naturalidad. Ergo, quien confecciona ese trato marciano al cliente es un maleducado, amén de gilipollas integral. Mala educación corporativa. Deberían inventar otro de esos oficios chorra con nombre anglo para redescubrir el Mediterráneo en ese asunto. Siempre me han hecho gracia los cascarrabias de natural. Recuerdo a un empleado de gasolinera que tenía una mala leche tan natural que hacía reír hasta a las víctimas de sus invectivas. Una especie en extinción, por lo visto.
Estas cosas, en los Airbnb, no pasan.
Jajajaja. Sutil ironía.
Y en los ciento y pico apartamentos turísticos vandalizados en Madrid hace una noche, según las noticias…tampoco pasa.
«No, por favor, don Arturo. Si se mete usted, tenemos que meternos nosotros. Y a nosotros nos echan», Aún quedan de la vieja guardia.
Parecido a “acudirán todos y, con razón o sin ella, defenderán..”, sabías donde te metías y lo mal qué acabaría para tí sin comerlo ni beberlo, pero el honor lo obligaba.
«¿Es la primera vez que se aloja con nosotros, señor Pérez?». Esta habrá sido una triple o cuádruple puñalada.