Viejos amigos

Recuerdo que era tarde ya cuando estaba ordenando el estante correspondiente a la letra “P” en una biblioteca de barrio donde yo trabajaba por aquel entonces, en el año 2004. Ahí estaban con sus lomos crema, bastante ajados por su zarandeada vida, los Alatristes. Pensé que la primera parte de la serie sería una buena compañera de viaje para ir a Soria al día siguiente. Y fue allí, en la ciudad del frío, donde vi rescatar nuestra historia novelada sin ninguna clase de complejo, y sacando del hieratismo las figuras de Velázquez, para que un rey luciera un jubón amarillo y un poeta alternara letras con estocadas. Nuestro Siglo de Oro, vivo a través de un Capitán, no el hombre más honesto ni piadoso, pero sí valiente, y su pupilo e hijo adoptivo, Iñigo Balboa. Veintidós años y siete libros después, tras haber pasado por Madrid, Sevilla, Breda, Nápoles, Cartagena, Túnez, Argel, el Mediterráneo y Venecia, en esta última aventura estamos en París, y nuestros amigos se dirigen a dar su soporte a las tropas francesas para acabar con la rebelión calvinista de la Rochela, que cuenta con el apoyo de las tropas inglesas. Pero no todo es lo que parece, como suele suceder en los lances y como acostumbra a estas alturas nuestro Capitán, ya resabido de la naturaleza hispana de sus validos en el tablero de alianzas y traiciones de las futuras guerras europeas.

A los hombres como vos, capitán, no os faltará faena. Seréis quienes sostengan, con vuestro coraje y vuestra sangre, esa España universal a la que el mundo odia por arrogante y peligrosa.

Sonrío al identificar sus gestos, sus dejes, que ahí siguen, a pesar de los años transcurridos. He visto cómo se hacían mayores y me alegra estar presenciando esta medianía espléndida de sus vidas, a pesar de los avatares. Diría que su crecimiento está ayudando, en cierto modo, a liberarse de alguna que otra coraza y a reconocer sus fantasmas. Iñigo ya no es ese niño que se libró por los pelos de la Inquisición, pues se ha convertido en un joven con un futuro prometedor como cartero real, dotado de la bravura y destreza con las armas, y la inconsciencia romántica propia de su edad. En cuanto al Capitán, tan acostumbrados nos tiene a sus silencios que cualquier leve variación en ellos nos cuenta de qué están hechos y, en esta ocasión, se entreven los pasajes que los fueron construyendo. La imponente arquitectura de París y el hervidero de vida y revolución que allí se cocía regalan nuevos verbos al fiel Copons, sin que falten los desafíos en peligrosos callejones oscuros con soldados que están a la altura de nuestros viejos tercios, nada menos que los tres mosqueteros –Athos, Porthos, Aramis–, y un villano sin precedentes encarnado en el cardenal Richelieu, con permiso de Malatesta. Sin duda los más emocionantes son los duelos –dialécticos, o con aceros– que se fraguan junto al trío más famoso de Dumas y su cuarto compañero, D’Artagnan, quien comparte con Iñigo la savia imparable de la juventud. Pero en esta historia hay, además, una tregua. Una hecha de camaradería, dignidad, y nostalgia. Hay hasta un espacio para el romance entre Iñigo y su diablo enamorado de evocadores ojos zarcos, Ángelica de Alquézar. No se obvia ni la sombra de Malatesta, quien está presente en el recuerdo de las recientes aventuras en Venecia. También asisten Olivares y Guadalmedina, de modo que, en esta reunión de viejos amigos y enemigos, no falta nadie o casi nadie.

Y entonces me pregunto si a fugitivas sombras damos abrazos […] Si Richelieu será el futuro y Olivares, o sea, los españoles, seremos el pasado.

Mi sensación personal es que su creador, Arturo Pérez-Reverte, ha decidido tomarse un descanso en esta aventura para deleitarse en un mundo muy querido por él y sus lectores. Parece agradecerles a sus personajes el hecho de haber existido. Y ellos, por su parte, le dedican sin dobleces su ingenio, su incorrección y su sentido del honor y dignidad. Aquí la amargura de saberse olvidado en la ingrata España se convierte en una peculiar ventaja, pues ¡cuán tediosas hubieran sido sus vidas de no haberse medido en tierra hostil, en busca de la ansiada paga, de ver mundo, de vivir al límite! Mas, como en las aventuras del personaje recreado por Hergé, sabes que tus héroes están a salvo, y el Lochmond vendrá servido gracias a su osadía. A la resignada aceptación de las cartas, y a los muertos que todos fueron dejando en los arcenes, le sobreviene una poderosa fuerza vital. Hay una verdad despojada de adjetivos en todos ellos. Sabemos que llegará Rocroi, y el hasta aquí hemos llegado, pero estos protagonistas —cuya historia rescata Iñigo en sus memorias cuenta lo que fuimos— echarán la vista atrás y podrán decir que realmente estuvieron vivos. No es un mal final. De hecho, es esperanzador. Iñigo es ese soldado cuya suerte fue acaso menos aciaga porque otros le quisieron. Quevedo con sus versos. Copons como un padrino. La Lebrijana como una madre adoptiva. Angélica a su manera. Y Alatriste en sus desvelos.

Lo que siempre acude primero a mi recuerdo es la estampa que esa noche en París, igual que tantas en otros lugares, registraron mi ojos: Diego Alatriste desabrochado el jubón un poco inclinada la cabeza, estiradas las piernas aún calzadas con las viejas botas, sentado junto a una mesa con una botella en frente y un vaso en la mano, absorta en el vacío la mirada turbia por el vino de sus iris glaucos; allí donde se veían danzar como diablos familiares su áspera vida, su fría soledad, sus crecidas muertes y sus innumerables remordimientos.

Hay razones personales y sentimentales por las que he disfrutado tanto leyendo Misión en París (Alfaguara, 2026). Este libro me transporta a un tiempo que extraño, donde un grupo de fieles manteníamos flameante un foro dedicado a la saga de Alatriste y a su adaptación cinematográfica, así como a toda la obra de Arturo Pérez-Reverte. Nos reuníamos diariamente en nuestra virtual Taberna del Turco para comentar las patentes de corso, y cada nueva obra que aparecía de nuestro admirado escritor, que la cual analizábamos a conciencia, con pálpito vehemente. Y así, entre ocurrentes comentarios de colegas, el tiempo se dilataba, muchas veces a altas horas de la noche, con la ilusión de un nuevo artículo, de un nuevo tema sobre el qué pensar. Fueron tiempos emocionantes, en los que se celebraba una cena con nuestro capitán en su célebre taberna de la calle Grafal, en el más añejo Madrid. La ocasión era preparada durante meses, de modo que se vivía con entusiasmo durante, mientras y después del gran encuentro, en el que todos nos poníamos al fin rostro. Ese fue mi mundo y aquellos mis camaradas durante más de una década, así que voto a tal que, sin aquellos años, mi particular siglo de oro, no habría conocido la sensación de pertenecer a algo grande.

Todo gran artista tiene a su hijo, aquel por el que será recordado siempre. El Capitán Alatriste se llevará consigo lo mejor y lo peor de lo que fuimos, y explica también por qué este país, lleno de Quijotes y Sanchos, se fagocita por extrañas razones cuando los vientos son favorables. Nuestra hispana naturaleza contradictoria, pero sin par, será recordada gracias a nuestro tan querido Arturo Pérez-Reverte, con una sonrisa.

Qué diablos dirían de nosotros y nuestros bríos, en el futuro, los libros de Historia.

Esta obra es un derroche de talento, y de nostalgia. Una gran aventura como las de antes. Gracias Capitán.

4/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios